24 de julio de 2014

Los vuelos perdidos


Hace más de dos años que no paso por aquí. Y hoy, caprichos del destino, decido volver.

Empecé a escribir en este blog alentada por algunos amigos y compañeros, con la única intención de meter al lector en mi maleta de azafata, TCP para los entendidos, y contar todo lo que nos pasa en el día a día.  Por suerte, normalmente casi todo lo que se cuenta es divertido, y mucho, anécdotas que no crees reales hasta que te toca vivirlas. Pero por desgracia, no siempre sonríes cuando te pasas la vida viajando por este mundo nuestro…

El otro día alguien me preguntó acerca de todos los comentarios de Spanair que había en una red social en la que estoy, y yo contesté con seguridad y orgullo, porque yo volé en Spanair, y él, no contento con mi respuesta me replicó ya, ya, pero esa compañía cerró, ¿no? Y entonces dejé de hablar. No me enfadé, ni mucho menos, simplemente entendí que hay cosas que sólo se entienden cuando las vives en primera persona. Con mayor o menor intensidad, pero vivencias que sólo tú conoces al fin y al cabo.

Spanair fue una experiencia, un primer trabajo, un me voy de casa, un primer encuentro con futuros amigos del alma, una familia, una emoción, un hacerse mayor por cojones, un sentimiento de tener miedo por primera vez, y respeto, y… y una lista infinita, me temo.

Volar no es un trabajo, es una forma de vida. Elegimos enfundarnos en un uniforme para pasear por el mundo, para conocer a personas tan diferentes como iguales a nosotros, y en nuestra aventura muchos compartimos la experiencia de empezar a descubrir quiénes somos realmente.

Hoy me siento triste. Tristeza por las últimas noticias. Tristeza por haber elegido esta fecha del calendario para volver. Pero creo que se lo debo a ellos. A todos. A los que están y a los que no. Les debo mi capacidad de emocionarme, de añorar y de indignarme. Porque cuando ocurren accidentes, cuando se pierden almas por el camino, entonces te descubres vagabundeando por tu memoria, encontrando esos ratos compartidos, y no puedes evitar sonreír. Y piensas ¡joder, qué suerte!, yo estuve allí. En ese día, en ese vuelo… sí, yo estuve allí.

Soy hija de piloto. Piloto de los antiguos, que no viejos, de los que han perdido a casi todos los compañeros de su promoción por el camino. Y desde hace mucho he escuchado la tristeza en sus palabras cuando algún accidente fatídico se ha llevado a algún compañero para siempre. Ahora lo entiendo. Comprendo su aparente tranquilidad, su resignación y su aceptación. Entiendo que él sabía que esta vida que elegimos tiene sus riesgos, y que vivir a veces es apostar con el destino. Y que el destino a veces gana. Me apena mucho que ocurran catástrofes como las que están ocurriendo, me apena poner cara, nombre y voz a aquellos que han desaparecido, pero de repente un instante de lucidez me visita, y me digo que no pasa nada. Que es la vida. Y que somos privilegiados si nos marchamos de este mundo haciendo lo que más nos gusta hacer.

A veces tengo miedo. Y confieso, algo que nunca he hecho, que cada vez que el avión toma tierra hay un instante en el que me pregunto si será hoy. Pero una voz secreta me habla antes de que el miedo se apodere de mí, y me dice que no, hoy no será… y sonrío, y pienso ¡joder! Soy una privilegiada, veo el Mundo desde allí, desde aquí, paseo, me pierdo, hablo, callo, floto, me aterro, disfruto… soy una privilegiada, porque no todos pueden vivir la vida con la misma intensidad. Porque no todos tuvieron la suerte de vivir lo que yo he vivido. Y seguiré viviendo. Aunque Spanair ya no exista, porque aquella vida fue una de las más importantes de las muchas vidas que he vivido.

Y sí, soy una privilegiada, porque no conozco a muchos que, fuera de esta vida nuestra, hablen con la emoción con la que hablamos los que caminamos en el aire. Es magia. Ni más, ni menos.

Espero que el periodismo no escriba con tinta amarilla ahora, que no se busquen culpables, que no se castigue a los que no pueden defenderse. Al menos esperen, esperen un instante, porque al final la verdad siempre sale a la luz, y hay daños que son muy difíciles de reparar. 

Gracias a todos. A los que seguís cerca, aunque a kilómetros de distancia de este país que os dejó marchar, y a los que estáis lejos, muy lejos, allí dónde un avión nunca nos podrá llevar. De momento. Gracias por todo lo aprendido.
Eternamente agradecida.

6 de febrero de 2012

Ser tripulante, visitar USA y regresar con vida a casa.

En esta semana ha habido más de una persona (creo que han sido tres exactamente), que me han preguntado por qué razón no escribo con más asiduidad. Pues verán ustedes a veces trabajo, a veces descanso y en ocasiones incluso tengo vida personal, raro, lo sé. Pero lo que es, es. Y todo esto limita mucho mi tiempo de escritura. Pero yo siempre vuelvo, los que me conocéis lo sabéis y los que no pues ya lo aprenderéis…

En estos últimos días de tristeza contagiada he intentado hacer lo único que sé hacer: hablar y abrazar para animar, dar fuerzas para intentar convencer de algo en lo que creo firmemente: hay que mirar de frente a la vida, cara a cara, y no tener miedo a dar un paso más, sino seguir creyendo en nosotros sin dejar de hacer lo que nos gusta hacer. Y por eso estoy aquí, haciendo lo que me gusta hacer e inventando palabras para intentar regalar una sonrisa virtual, para intentar alejar a la tristeza de nuestros despertares. Todo pasa, todo, y mientras tanto nos hacemos personas…

He llegado de Estados Unidos, de USA para ser más exacta (es lo mismo, lo sé, ¿pero no queda mejor?), y durante el vuelo tuve un largo rato para escribir, no es que no cumpliera con mis obligaciones, un respeto por favor, simplemente aproveché el ratito en el que los pasajeros, léase pax, dormían para darle al papel y al boli. Y lo digo literalmente, pues en el día en el que partí rumbo al Nuevo Mundo estaba algo acelerada (no pregunten, no pregunten), y me olvidé el ordenador en mi casita. No tendría importancia este hecho sino fuera porque la consecuencia directa de esto es que ahora tengo delante de mí el folio escrito durante aquélla noche y cuya redacción estoy segura que no entendería ni el último Premio Nobel en Medicina…
Culparé a la inestabilidad de mi pulso allá arriba…

En más de una ocasión me han pedido que hable más de aviación y menos de gilipolleces (me rodeo de personas sinceras), pues aquí está Daniela para servirles a ustedes, a los pasajeros y a mi País, ¡Viva España, caramba! (¡maldito Jet Lag, abandona mi cuerpo!). Sigo leyendo el folio en cuestión y veo un párrafo en el que parece que mi letra sufrió un leve desmayo, pienso en las turbulencias, pero soy honesta conmigo misma: tengo un boñigo de letra que no descifrarían ni los más entendidos. Entendidos en caligrafía no en boñigos, está claro.

Si tengo que hablar de nuestro Mundo, y de algo ocurrido en mi último vuelo, imagino que lo único que a ustedes les puede interesar (¿por qué hablo hoy de usted?, ¿tanto me he distanciado de mis lectores?), pues no es otra cosa que la tranquila experiencia de volar como tripulante, viajar a USA y no morir en el intento. No ser ejecutado, vaya.

Tenemos visados especiales de Tripulantes (con mayúsculas porque me estoy viniendo arriba), previa cita en la Embajada (con mayúsculas porque sino recibo un toque de atención), entrevista, otra entrevista y después de hacerte quince fotos hasta que una de ellas sirva, conseguimos ser bienvenidos en los Estados Unidos de América (God bless us all!). Y así aterrizamos en suelo americano, con más papeles escritos, firmados, sellados y autorizados que en cualquier otro lugar del Planeta, con todo en regla y aún así sintiéndonos unos criminales sólo por la tierna mirada del Officer al que encomendamos nuestras almas nada más aterrizar. Prohibido abrir la puerta del avión hasta que nos autoricen a ello, prohibido hablar por el teléfono móvil en su presencia, prohibido mostrar en el pasaporte una foto con una sola oreja a la vista o con pendientes llamativos, prohibido sonreír, prohibido llorar. Allí, no hay excusas que valgan, básicamente a estas personas humanas les da bastante igual que seas hija del Presidente y que pertenezcas a la tribu gótica, dórica o corintia más de moda del momento. No sonrías y punto. Y por supuesto, la regla más importante: prohibido tener comida a bordo después de aterrizar, no, no consiste en zampar como bestias durante el descenso, si queda comida a bordo antes de aterrizar hay que tirarla y punto (una vergüenza, lo sé, pero vaya a ser que traigamos algún alimento “infectado” desde nuestro tercermundista country, estoy siendo irónica, of course). Todo a la basura. Y cuando digo todo: es todo. Porque puede ocurrir lo peor en caso de que algún alimento se quede bailoteando en algún rincón olvidado. A mí me pasó, otra vez soy protagonista de lo que escribo. Olvidé un limón en la nevera, me tocó el Officer más tocapelotas de todos los States, y volaba aquél día con un comandante que nos hacía cantar el himno americano mano en pecho nada más llegar a ese país. Y no estoy exagerando… era un motivado del american way of life…

Resumo, todo lo que pueda resumir aquélla experiencia con la única intención de ser leída y aprendida por aquéllos que vuelen a partir de hoy. Cualquier precaución es buena… y aquí llega mi historia: subió el Officer después de aterrizar aquélla noche, investigó mi galley (cocinita por si aún no lo he aclarado) y cuando ya mostraba yo mi sonrisa orgullosa de “no me vas a pillar”, ¡zas!, ahí estaba, observándonos desde un lejano rincón de la nevera, tembloroso diría yo, allí estaba aquél limón luciendo brillo y color como si acabara de ser arrancado del limonero. El Officer me miró de reojo, miró el limón, miró al Comandante que me miró a mí con cara de haba (ya que hablamos de comida), mientras el segundo le ponía caritas de play-boy de tres al cuarto a una azafata con uniforme y piernas inspirados en la ya comentada serie de Pan Am, que paseaba por la pista con la seguridad de ser la dueña del aeropuerto. Yo miré al limón con naturalidad, como si fuera lo más normal del Mundo entrar en los States con un limón procedente de Spain… ¡qué cosas tengo!
Después de este instante todo sucede muy rápido en mi memoria, pero en aquél momento fue leeento, muuuuy leeeento… el Officer miró a su colega que esperaba a pie de avión vigilando la entrada y salida al aparato, con un sutil gesto le indicó algo desconocido para nosotros, pero recuerdo pensar ¿cuarentena?, ¡no me jo…!, segundos después llega el colega en cuestión con una bolsita perfectamente organizada, perfectamente profesional y perfecta para hacer de extra en CSI, y saca una bolsa de dentro de la bolsa, y después una funda de dentro de esta segunda bolsa y por fin podemos ver el aparato en cuestión. Si hubiera sido una pregunta del Trivial diría que era una lupa, pero como no se me permitía ni hablar, ni sonreír, ni respirar, no dije ni mu. Miré y me callé. Y sí, el Comandante seguía ahí, hablando en un inglés rarísimo a mi enemigo, que lo ignoraba (o puede que no lo entendiera, no sé yo). Y con su extraño artilugio (¡era una lupa!) empezó a investigar toda la piel celulítica del limoncito indefenso, ¿qué buscaba?, ¡yo qué sé!, un misil Tomahawk quizás… nunca lo sabremos. Pero horas más tarde no consiguió encontrar nada. Y tres horas más tarde, por fín pudimos desembarcar, coger nuestro equipaje libre de sospechas, y pasar el control de pasaporte superando las preguntas de rigor, tales como ¿¿lleva usted más de 10,000 dólares encima??, pero ¿está de coña?, nunca he visto tantos billetes juntos… ¡uff! Empiezo a estar agotada. Sólo me quedaba resolver una cosa: la mala leche del Capi (nombre del Comandante cuando nos sentimos más enrollados), así que aún agotada y aburrida de tanta tontería me tocó seguir sonriendo, decir muchas chorradas, invitarle a tres copas y disculparme unas cuarenta veces hasta que logré que se sintiera el hombre más importante del planeta, aún después de quitarse los galones. ¡Prueba superada!, we love America!, Borned on the 4th of July!, ¿de qué leches estoy hablando?... ¿qué me pasa?

En fín, que me estoy enrollando mucho, y tengo que parar un poco, no sin antes hacer un estudio acerca de lo que puedo sacar en claro del escrito de hoy, imagino que en primer lugar me queda claro que los cuadernos Rubio con los que aprendí caligrafía tienen fecha de caducidad (caducidad por la letra, no por el cuaderno), y que si tengo que ir a Estados Unidos trabajando, mejor pasar antes por Mc Auto, y Mc Menú para todos, la fruta is not welcome

Os dejo. Prometo volver tan pronto como vuelva a pisar mi hogar, porque no, no vivo en el avión… aunque pase la mayor parte de mi vida perdida entre las nubes…


27 de enero de 2012

Spanair tiene nombre de Familia

Hoy es un día diferente. Hoy haré lo que nunca hago, y pondré nombre a lo que nunca nombro. Hoy Spanair es protagonista, no como empresa, sino como Alma de algo que pocos pueden entender. Hoy estas letras os las dedico a todos vosotros…
En este tiempo que a veces parece eterno y que otras parece efímero muchas personas me han preguntado si no echo de menos Spanair. Y mi respuesta siempre ha sido la misma: echo de menos a la gente que allí conocí.
Entré cuando aún era una niña, me despedí cuando aún soñaba con ser una mujer. Me sigo tambaleando entre ambas, nunca quise crecer aunque siempre quisiera hacerlo, mis paradojas y yo, ¡tremenda lucha! Pensamientos de esta loca dama cuerda que hoy escribe, con pocas ganas de sonreír, con pocas ganas de ironizar, con ninguna gana de contar anécdotas del recuerdo para que arranquen una sonrisa al que me lea…

Alguien me dijo en una ocasión que muy pocas personas tienen la suerte de formar su propia familia en el lugar de trabajo. No lo entendí en su momento, lo entiendo ahora. Entiendo que hay personitas que se cruzaron en mi camino, personitas que me ayudaron a madurar, a crecer y a ser mejor persona, personitas sin nombre ni apellido, cuyo único cometido era hacer que cada día contara, que cada día fuera importante, o al menos inolvidable. Y sinceramente, creo que casi todos esos días lo son. Así como lo son casi todas las personas con las que compartí viajes regalados, veladas infinitas e insomnios eternos.

Hoy no me pondré triste, aunque las cuentas, las pérdidas, los cierres y las malas noticias quieran desdibujar esta sonrisa eterna que la ilusión me ha regalado. Hoy me siento a escribir a todas y cada una de las personas que un día se cruzaron en mi camino, para decirles que por alguna razón siempre serán recordados, para demostrar que aquél lugar en el que crecí e intenté madurar tuve el privilegio de toparme con personas únicas, y siempre recordadas. Hoy, queridos amigos, me siento para que mis humildes dedos os hablen, para contaros que todos sois importantes, que todos habéis creado un lugar único, una familia indestructible, y para deciros algo que yo ya sé… nunca os olvidaréis, nunca dejaréis de existir en vuestra memoria, porque algo mágico se inventó en el momento en el que vuestro primer destino se escribió en vuestros meses programados, y ése algo nunca jamás será olvidado. Lo digo porque lo sé. Esto sí que lo sé.

Hoy es un día triste. Hoy empieza a escribirse la despedida. y si desde este rinconcito desde el que escribo algo puedo hacer, sólo os digo que las despedidas sólo son tristes cuando hay en ellas rabia, rencor o desconsuelo, y sé que en esta despedida sólo puede haber lágrimas de emoción contenida… seguiréis con vuestras vidas, muchos volaréis lejos de este lugar en el que parece que nadie quiere ya que sigamos viviendo, y empezaréis de cero. Pero si algo puedo recomendaros es que no intentéis empezar de cero olvidando el ayer. Pues si algo debe marchar con todos vosotros son las amistades a las que les dedicáis este hasta luego obligado, y sobretodo la sabiduría personal y profesional que tan dentro de vosotros lleváis. Esa sabiduría que se quedará con vosotros para siempre…

A todos os di las gracias en una ocasión. A todos os he seguido saludando desde la distancia. Y a todos os digo ahora que ahí afuera hay un Mundo Enorme que está ansioso de conocer a personitas como vosotros…
Desearos toda la suerte del Mundo sería desearos demasiado poco, así que sólo os pediré que nunca olvidéis este lugar en el que muchos habéis crecido, pues al margen de despachos, directivos más o menos competentes, accionistas, ganadores y perdedores, en Spanair hay algo que no he vuelto a ver nunca, y que creo que no volveré a ver en un tiempo eterno: grandes personas, grandes sueños y grandes ilusiones compartidas. Un cariño incondicional y verdadero.

De corazón os escribo, y de corazón me despido.
Hoy, cinco años después, aún os recuerdo  cada día… gracias por haber formado parte de nuestras vidas.
Os seguiré recordando, buscando y sé que seguiré encontrándome con vosotros. Y sé que será un feliz reencuentro.
Puede que hoy fuera un día perfecto para criticar y juzgar lo mal hecho, pero no hablaré de lo que no quiero hablar, no mancharé este lindo folio con palabras rabiosas, porque hoy lo importante son las personas que suspiran sus recuerdos recientes o lejanos en este precioso tiempo compartido...

Gracias por no dejar que los números y las ambiciones ajenas destruyan vuestra ilusión por seguir creciendo.

Hasta siempre, hasta luego…

7 de enero de 2012

Mujer, blanca, soltera y azafata

Me llamo Daniela desde hace trece meses. Rara forma de empezar, pero quiero empezar bien, y nada como la verdad para tener un buen comienzo. Lo que bien empieza…

¿Cómo explicarlo? Durante 35 años he sido Daniel. Y no por estar atrapada en un cuerpo equivocado, sino porque aquél 11 de Enero en el que mi padre fue a inscribirme al Registro, la funcionaria encargada de escribir mi nombre, debía andar algo escasa de letras (malos tiempos para la economía), y olvidó escribir la última vocal de mi nombre. Esta circunstancia, unida a la emoción de mi padre por la llegada de su primera niña (después de tres varones), fueron las razones por las que nadie se percató de mi  “doble personalidad” hasta pasadas unas semanas (sí, he dicho semanas). Así que después de este principio, cualquier cosa puede pasar… yo advierto.

El año pasado, días antes de mi cumpleaños, decidí que después de haber sido mitad mujer-mitad errata durante 35 años, ya había llegado el momento de definirme como lo que realmente era (¿definirme?): mujer. Y aunque podría haber elegido entre muchos nombres (¿Paz, Esperanza, Justa?), tenía claro que parte de mi personalidad se la debía a mi nombre erróneo, así que después de muchas noches de insomnio dándole vueltas al tema, había decidido quedarme con él para siempre, por lo que únicamente tendría que añadir la letra “a”. Y así nació Daniela. Complejo, lo sé.

Las fuerzas de la naturaleza (y de mi familia), parecían haber conspirado para que mi lado femenino jamás despertara. Crecí presentándome con nombre de chico, jugando al fútbol con mis hermanos, y heredando pantalones con rodilleras en lugar de vestidos de nido de abeja. No iba a ser fácil, no importa el nombre, sino la actitud: me gustan los tacones, llorar una vez al mes sin razón aparente, los bolsos, hablar de hombres, pintarme los labios, retocarme el pelo cada vez que paso por delante de un espejo, y cambiar de opinión más de cuatro veces en la misma hora…

Tras un comienzo como este, haré lo posible por mirar hacia adelante y no echar la vista atrás (¡corre Forrest, corre!, me jalean mis personalidades), y rescataré anécdotas del ayer para entender mejor el presente, pero sólo lo haré para encontrar la explicación al hoy, a este tiempo que es el que nos incumbe. Pues como buena sicóloga (que nunca ha ejercido), puedo llegar a encontrar la explicación a mis repentinas crisis actuales en mis años de infancia y/o juventud. Y en las escasas ocasiones en las que no he encontrado una respuesta convincente, ni sentada en el diván de Woody, entonces decido que la funcionaria del Registro es la culpable de mi inestabilidad emocional.  Asumo mis errores, pero no soy culpable de todos ellos… ¿o si?

Estudiar Psicología no fue por casualidad, básicamente era la facultad más cercana a mi casa, y yo tampoco presumía de estar ilusionada por nada en concreto. Ganó la pereza, perdió la vocación. Tremenda frase, tremenda batalla. Me matriculé, aprendí a jugar al mus, me gradué (con media de Notable, he de añadir), y por caprichos del destino, sin saber cómo, meses después estaba vestida con un uniforme, soplando por los tubos de inflado de un chaleco salvavidas en medio del pasillo de un avión. La aviación llegó a mi vida. Empecé a trabajar de azafata de vuelo, que bien escrito sería: empecé a trabajar  como tripulante de cabina de pasajeros (“poteito”, “potato”, leer tal cual). Aún me pregunto cómo llegué aquí… ¿cómo, Dios mío, cómo?...
Lo que sí que entendí a los dos meses de empezar mi nueva aventura, fue que en la vida NO todo pasa por algo, pues cuál fue mi sorpresa al descubrir que lo aprendido en las aulas durante cuatro años, de nada servía en el mundo real. Ni para  lidiar con los retrasos de los vuelos, ni con los pasajeros conflictivos (borrachos, drogados, acojonados, maleducados, famosos…), ni afrontar las huelgas de los colectivos, ni para culpar a las “causas ajenas a la compañía”, ni para convivir con desconocidos… y milagrosamente, catorce años después sigo aquí ¡¡Sigo aquí!! Misterio: sigo dibujando mi sonrisa cada vez que subo a un avión, paseando mis tacones por los aeropuertos de medio mundo, dando tranquilidad a pasajeros más o menos asustados, regalando caramelos a niños desconocidos, y disfrutando de un trabajo que se ha convertido en una forma de vida. Viviendo los martes como domingos, comiendo las uvas en fin de año con personas sin apellido, y empezando una nueva vida el día uno de cada mes.

Soy una mujer soltera por convicción, sin hijos ni ganas de tenerlos; la vida son opciones, y esta es otra opción. La mía. Voy a las bodas y bautizos, llego, felicito, beso, regalo y huyo sin opinar. Son opciones: las otras. Y hablaré de esto, ¡tengo que hablar de esto!, y de lo que pasa a mí alrededor, ya sea en mi mundo real o en mis viajes regalados; y descubriré, para sorpresa de no muchos, que todo lo que pasa aquí, pasa también allí, aunque las explicaciones tengan otro acento. Mientras tanto, diré que Madrid es el rincón desde el que me inspiro, aunque las letras estén escritas desde cualquier otro lugar, desde cualquier café, desde el sitio en el que soñé estar algún día. Y sí, los sueños se cumplen, pero antes hay que tenerlos…

Hoy comeré salchichas, y no lo digo por alimentar el mito azafata-piloto, sino porque estoy en Alemania… los mitos nacen, crecen en bocas chismosas y cohabitan entre nosotros…
Llevo catorce años en este mundo. Sobran las explicaciones. De momento.

(Sonrisa y guiño de ojo.)

Azafata y soltera: la Leyenda de ser una Priviliegiada

Los solteros no tenemos problemas, y las azafatas vivimos fenomenal. No podemos (¿debemos?) quejarnos.

Esta frase no es mía, esta es la frase de todos (o casi). Aquellos que viven en el único mundo que parece ser el real, compartiendo sus vidas con familias a las que no quieren como el primer día, los que no duermen por culpa de niños insomnes en la habitación de al lado, los que no encuentran un hueco para acostarse con sus parejas (let’s talk about sex, babe!), todos los que trabajan en una oficina, levantándose temprano para llegar tarde, todos los que desearían escapar dos días de sus realidades, sólo para respirar.

La soltería es una elección (con L de Libertad), una elección que paradójicamente puede ser voluntaria o no. Y lo digo con conocimiento de causa, pues llevo vinculada a este estado mucho tiempo, y sé que de haber querido, podría estar ahora hablando de mi maridito y de mis niños. Y diré algo que a lo mejor os duele: las parejas no sólo existen por amor, sino también por resignación. Es duro, lo sé. Puede que yo amara en el pasado, creo que sí, pero no fue suficiente, pero sé que la resignación llamó a mi puerta en un par de ocasiones, y yo nunca abrí. No estaba arreglada para la ocasión. Siempre creí que algo mejor llegaría, y no es por creer en los cuentos de princesas, sino porque lo que tenía me parecía mejorable. Y punto.

Llevo días metida en conversaciones (no siempre voluntariamente), en las que se habla de las relaciones, pero también se habla de mí, por ser lo opuesto a sus vidas, soy alguien que no se puede quejar de nada porque lo tengo todo… ¡a la mierda! Pues se equivocan, que asumamos la soltería y convivamos con ella ilusionadas no significa que no sintamos, tengamos problemas o lloremos en silencio de vez en cuando. Pero mejor vivir con esta actitud optimista (MI actitud), que sentarnos cada tarde a beber ginebra, para emborrachar los recuerdos, con la única ilusión de pasar la resaca pensando en lo que podría haber sido…
Ser consecuente: esta es la respuesta a muchas preguntas no formuladas. Una amiga mía a veces habla de los casados que quieren ser solteros, y le robo esta frase para explicar lo que quiero decir, somos muchos los solteros que elegimos este estado pues el miedo a la soledad no es tan grande como para vivir la vida que “se espera” que vivamos, mientras seguimos actuando como si esta no existiera…

El trabajo de azafata no me llegó gracias a un cupón premiado (¿o si?). Lo elegí yo, y por eso lo disfruto. Si me comparo con lo malo siempre seré una privilegiada, pero también tengo que aguantar mucha gilipollez en mi día a día, mucho insulto de desconocidos, vuelos eternos despierta, peticiones absurdas que debo cumplir, y tengo que irme cuando lo único que quiero es quedarme. No, no todo es bueno, ¿lo es algo en la vida? El privilegio de mi trabajo es una cuestión de actitud, no creo tener el derecho de quejarme porque me gusta mi trabajo, me gusta salir y entrar (¿qué frase es esta?), despertar sin horarios establecidos, alejarme de rutinas, y discutir cada día en los controles de seguridad del aeropuerto…
Soy una privilegiada, porque me da la gana a mí. No porque me lo digan los demás. Y si centro mis problemas en no poder comprarme unos zapatos porque no tienen mi número, es mi problema, el que a mí me afecta, aunque no haya hijos, maridos, colegios y bancos de por medio…

No saldré a la ventana a gritar ¡soy feliz! porque tengo vecinos, y pueden tomarme como algo que no soy…
Cuando dices que eres soltera, que no estás separada, que no tienes hijos, muchos miran a lo alto de la cabeza con disimulo, no sé si buscarán antenas verdes o cornamenta regalada, yo de antenas poco, pero de cornamenta… ¡voy sobrada!, algunos intuyen que la rara soy yo, pues sí, puede ser… ¿por qué llevarles la contraria?

Me gusta la soltería, me gusta mi soltería, es el estado en el que me siento más a gusto ahora mismo, aunque a veces anhele las maripositas de colores… me gusta ser azafata, me gusta mi trabajo, porque además de cobrar (dinero, se entiende) y volar todos los meses, tenemos la suerte de lucir un uniforme que lo único que hace es protegernos. Protegernos del mal ajeno, y proteger nuestras emociones de los dardos disparados desde nuestro entorno…

Sé mucho de niños, del primer diente, de los pañales, de colegios, de maridos, de mujeres, de hipotecas compartidas, de separaciones, de menús escolares, de uniformes de colegio, de despertadores rutinarios, de obligaciones y derechos de la familia… sé mucho (pero no todo), porque me interesa la vida de la gente que quiero, e intento entender el por qué de sus quebraderos de cabeza. Me esfuerzo por entenderlos a ellos, y por entender la escala de valores de sus vidas… ¿por qué es tan difícil que nuestra escala de valores sea malinterpretada?, la frivolidad no es cosa de solteros, ni las azafatas somos frívolas… ¡caramba!, es que yo también… se lo pongo a huevo a mi entorno para que crean lo que no es… Mujer blanca soltera y azafata… es el primer artículo de estos que comparto con vosotros, allí encontraréis más respuestas. O no. Yo que sé.


¡Malditos cuentos de princesas!, y yo que me subí a un avión para ponérselo difícil al príncipe y a su caballo blanco… lo sé, puede que la complicada sea yo, ¿para qué creéis que escribo entonces si no es para buscar respuestas?

¿Empiezo a pensar que puede que las preguntas sean inadecuadas?...

6 de enero de 2012

Somos azafatas, ¿estamos de moda?

¡Estoy aquí! Sé que llevo un tiempo con este rincón abandonado, pero como no quiero inventar excusas diré lo que digo siempre: lo siento, he estado volando sin parar.

Sé que la vida es caprichosa, casi tanto como lo es el destino, ¿será que tienen mucho en común vida y destino? Comentaba yo el otro día con unas amigas el estreno de una nueva serie de televisión (no digo el nombre porque la serie es americana y miedo tengo a ser demandada por cualquier palabra mal dicha, sólo diré que empieza por PAN y acaba por AM, no digo más). Se cuentan en esta telenovela (llamemos a las cosas por su nombre) historias acerca de la vida de las azafatas, o sea de nuestra vida. Puede que no tenga mucha semejanza con la realidad de hoy día, pues está ambientada algunas décadas atrás en el tiempo (y en el espacio...), no, algunas no habíamos nacido aún. Y evidentemente poco tiene que ver con la vida que hoy día vivimos on board (¡ay!, estas coletillas tan nuestras…).

Pero por llevar la contraria al resto de mi grupo de amigas, diré que tampoco difiere tanto de la realidad, todo es según de los puntos de vista que tengamos. Algo tiene esta profesión en la que la nostalgia de tiempos pasados siempre está presente en nuestras conversaciones, y soñamos sin querer queriendo (¡tremendo juego de palabras!) con lo que nos gustaría que volviera a ser...
Nos vamos a poner de moda, dije yo con la chulería que mi ciudad me otorga, y no me equivoqué...

No sé si las modelos se enfundarán en uniformes en la próxima semana de la moda que se aventure a experimentar, ni tampoco creo que a estas alturas nos ganemos el respeto de aquéllos que nunca nos respetaron... Pero lo cierto es que en tiempos como éste, en los que todos necesitamos dejar volar (que apropiado) nuestra imaginación, algunas nos miramos de reojo y nos sentimos estrellas por un instante. Me pregunto si los que nos miran harán lo que yo hago cuando miro a mi alrededor, si imaginarán cómo es mi vida. No lo sé, pero lo que tengo claro es que al menos una de esas personas anónimas que nos observa sin disimulo desearía estar metida en nuestros uniformes, despegar de su rutina y volar hacia cualquier destino que le haga imaginar una vida soñada. Esa vida que creen que tenemos gracias a lo que de nosotras cuentan series como ésta de la que hablo...

No pretendo creerme la estrella de la fiesta, pero no nos engañemos, muchos intentamos (me incluyo) encontrar nuestra historia en las vidas ajenas, inventadas o no... Pues si hay que sincerarse confesaré que yo  me imaginé ebria bailando dentro de la Fontana de Trevi (véase mi sueño en la Dolce Vita), y también viajé a Africa para empezar una nueva vida (Memorias de Africa), y no hablo de Pretty Woman porque es complicado de explicar... Las historias se inventan para hacernos soñar con otras vidas, y desde Café, Té o yo, hay un antes y un después en nuestras profesiones.

Esta es la razón por la que creo que debemos creer que somos importantes; por el simple hecho de que hay personas que sueñan con llevar la vida que creen que llevamos (repito: que creen que llevamos), o simplemente porque alguien ha encontrado algo interesante en este mundo para ser contado... Por el simple hecho de lucir un uniforme, entrar en los hoteles como si fueran nuestros, pasear por el pasillo de un avión con seguridad y perdernos por los aeropuertos aún pareciendo que son nuestra segunda casa...
Puede que la ficción nos haya presentado un mundo que ahora parece irreal... Pero no nos engañemos, es un mundo que existió, y no hace tanto de ello, y quiero creer que algo debe de quedar de aquéllos días de glamour y encanto.
A veces creer mucho en algo hace que se haga realidad…

Somos lo que mostramos, así que sigamos mostrando al mundo la esencia de este Universo en el que vivimos, aunque siempre hablemos de él con nostalgia...

26 de diciembre de 2011

París en mi moleskine

En la Rue Lepic hay un café. Marta se sienta en él, pide una copa de vino, y observa los carteles que cuelgan de sus paredes. Sabe que Amelie nació allí, y no piensa en ella como en un personaje de ficción, simplemente imagina al creador de tan dulce mujercita sentado en el sitio en el que ella está sentada ahora. Quiere encontrar la inspiración para inventar también ella un nuevo personaje, o para al menos inventarse a ella misma una vez más. Saca de su bolso la moleskine recién regalada por una amiga, y acaricia sus virginales hojas durante un rato. Deja de escuchar las voces de la gente, la música, los coches e incluso el sonido del vino al caer sobre su copa. Decide entonces que lo intentará hacer bien, que esta vez hablará con el corazón, y que todo lo que cuente en este cuaderno será real. La realidad de su ilusión utópica: su realidad, al fin y al cabo.

París. Escribe. Levanta la mirada al cielo, ¡vamos allá!, suspira al aire. Y se inclina sobre el cuaderno sin levantar la mirada de sus letras. Luce el Sol cuando empieza. Brillará la Luna cuando termine. París es sin duda una historia infinita.

Marta nunca eligió París. Fue París quién siempre la eligió a ella. No camina nunca por sus calles, flota por ellas subida en su alfombra mágica. Pasea a orillas del Sena aunque el camino se haga más largo, pero al zambullirse en el agua, descubre los secretos y las penas lanzadas antaño en él por almas deseosas de verlas ahogarse con rapidez, ¡ay corazones rotos que siempre encuentran en el olvido la mejor de las respuestas! Observa la Catedral desde abajo, y mira al cielo imaginando las manos que la construyeron, siente envidia de las razones que movieron a aquéllos hombres a levantar un templo con la única ilusión de verlo terminado. Se pregunta cuántos secretos se guardarán entre los muros de Notre Dame, y cuántos pecados habrán sido tragados por las gárgolas, protectoras de las eternas amenazas de los que no ven más allá del cielo. Pasea jardines, acaricia flores, y a lo lejos ve como la Torre asoma y se esconde constantemente. Se pregunta cómo puede tanto hierro moverse con tanta facilidad. Sonríe al pensar en esto, y mientras se dirige hacia ella, elige el lugar en el que sueña ser otra persona. La librería que cubre sus paredes con libros manoseados y leídos por conocidos y desconocidos; y escucha en sus rincones el eco de voces que antaño crearon las letras que hoy decoran nuestras librerías. El tiempo corre, Marta quiere quedarse, pero quiere irse, quisiera estar en todos los rincones al mismo tiempo. Se despide con un hasta pronto, y sigue buscando el espíritu de las almas inmortales vagando por los suelos empedrados hasta llegar al café donde el calvados volvía locos a los que en realidad, nunca se sintieron cuerdos. Una gran dama luce un gran sombrero, un gran collar y un gran cigarrillo, observa a su alrededor sin mirar a nadie, y en su mirada nostálgica se presume el anhelo de un tiempo pasado. Un tiempo que para ella, seguramente fuera mejor.

Deja edificios, monumentos, puentes, puentes y más puentes, hasta pisar el suelo que sostiene la férrea Torre que todos buscan y a la que es imposible no saludar con una sonrisa. El Mundo desde allí, es sin duda diferente. La belleza está en lo alto, enfrente, detrás… desde allí, no se puede ni siquiera presumir un rincón vacío. Marta se pregunta si no será todo un escenario, y si no será ella el personaje de una obra que alguien escribió para ella, para ellos, para todos…
El Sena bajo sus pies, ya flota sobre él. Deja el Arco del Triunfo, el Obelisco regalado, hurtado o prestado, según quién cuente la historia, y dirige sus pasos hacia el lugar en el que ahora disfruta de su copa de vino, de su moleskine y de su propia historia.
La escalera del Sacre Coeur, está repleta de gente, personas que como Marta se sientan a observar, a sentir, a pensar, o a no pensar por fin, a soñar… y hay un instante, efímero pero real, en el que todas sus almas se conectan. Y entonces la Magia vuelve a recuperar su vida.
En Montmartre los artistas desconocidos observan a todos los que admiran sus cuadros, sentados en sus vetustos tronos envidiados, ven pasar a la gente que busca en sus pinturas el lugar soñado para decorar las paredes de sus hogares ¡Cuántas caras nuevas verán cada día!, se dice Marta asombrada, ¡cuántas historias que contar!... y desaparece por uno de los callejones dispuesta a despedirse del día sentada en uno de sus rincones favoritos. La ciudad está a sus pies, por un instante ha estado en lo más alto, y piensa que ahora es el momento de volver a la realidad…

Callejea como si en un laberinto estuviera, observa a muchos que arrastran los pies encaminándose a sus hogares después de un largo día de trabajo, intuye sonrisas en muchos rostros que, como ella, han dejado que sean sus imaginaciones las que los saquen a pasear, observa las buhardillas que empiezan a iluminarse, y se pregunta acerca de los que allí viven. Amantes eternos, artistas bohemios, desconocidos solitarios, sueños rotos, putas resignadas, árboles caídos, ilusionistas en paro, Juana de Arco… imagina si alguno de ellos también inventará una historia al verla a ella. Sin quererlo forma parte del escenario que alguien elige fotografiar, e imagina el revelado de aquélla foto, ¿quién será esta mujer?, se preguntará él. Y Marta, al escribir ahora acerca del fotógrafo desconocido, se pregunta ¿quién será este hombre? La vida no es tan diferente para unos y otros.

París es un buen lugar para empezar un capitulo. París es un buen lugar para vivir una historia. París es un buen lugar para decir adiós… La historia termina, la moleskine se cierra y Marta emprende su marcha. Desaparece al final de la calle, deseosa de descubrir nuevos rincones para volver mañana.

La felicidad a veces encuentra en la soledad su mejor definición.

Paseando po NY

El día ha amanecido soleado en NY. Son las 7 de la mañana, y el nerviosismo me mantiene en vela casi toda la noche. Quiero que amanezca ya para lanzarme a las calles como si de mi primera visita a esta ciudad se tratara. Siempre hay que guardar el recuerdo de la primera vez, lo hace todo más emocionante, o tierno, o mágico (¿de qué primera vez hablamos?)  Estoy emocionada y canto sin parar, la, la, la, la (sin que este lalaleo se parezca nada al de Massiel, pero no sé cómo contagiar mi música) Hoy es la primera vez que vengo a este lugar después de decidir convertirme en la Carrie Bradshaw madrileña, puede que algunos crean que el  papel protagonista de Sexo en NY me quede grande; empezando por la talla 34 de ropa se entiende que mejor dicho puede que me quede  pequeño, pero estos son nimiedades. Hoy soy quién me dé la gana ser ahora que veo NY desde la ventana de la habitación de mi hotel, y mis ruegos antes de dormir de algo han servido pues el día ha amanecido soleado; mientras JFK me sonríe desde la pared (¡guapo!), y Jackie vigila celosa desde otro rincón. En un rato me pondré leggins y botitas de colores, rizaré mi pelo al máximo e incluso me atreveré con un gorrito para  caminar por la ciudad al ritmo de la música que Sinatra canta desde algún escondite secreto de mi cabeza. El rincón de las nostalgias, imagino.
Ayer llovió y me dio igual. Paseé y me senté a tomar un café durante 3 horas, aquí los cafés son muy largos; y gracias a ello las conversaciones se hacen eternas. Si hoy llueve otra vez no me importa, pero el día pinta heladito y soleadito, ¡mis días preferidos! Pienso pasear por cada rincón hasta que mis huesos se hielen o se empapen, y pienso disfrutar de ese hot dog que siempre me da la bienvenida desde la entrada de Central Park. Me faltan dos amigas para ser las cuatro de la pandi. Pero Rocío me basta y me sobra, vale por dos o por tres diría yo. Se ha convertido en mi paseante en mis días aquí perdida, me lleva y me trae como si yo fuera una persona importante,  y yo pues me dejo querer. 
Cada dos frases la palabra shopping se cuela en mi conversación, no entiendo muy bien la razón por la que nada más pisar suelo americano empiezo a meter palabras yanquis en mi vocabulario  y a adquirir actitudes yanquis (por ejemplo consumismo, ¡un, dos, tres responda otra vez!);  aunque el fast food se resista, le damos al sushi y a las salad, los gustos son los gustos. Aunque para no sentirme culpable he encontrado las excusas perfectas (y hablo en plural), para darle a la tarjeta visa sin miedo: en primer lugar la cercanía de las Christmas, después tenemos las recién estrenadas rebajas que ya se pasean por los escaparates (las famosas sales conocidas en todo el mundo), y por último pero para mí la mejor de todas, es que en estas fechas del mes los números de la cuenta corriente aún no han empezado a coger esa tonalidad rojiza a la que últimamente están acostumbrados. Así que, dadas las excusas y consiguiendo sentirme menos culpable aún, no encuentro mayor  placer que irme de shopping y convertirme en Papá Noel antes de tiempo. Aunque esta vez intentaré ser generosa y llevarme algo para mí.
De momento he llenado mi maleta de chocolatinas, puede que sea una catetada, pues sé que en mi querida España, esa España mía esa España nuestra, también venden estas cositas. Pero no voy a engañar a nadie, llego aquí y soy cateta, compro lo que puedo comprar en casita porque no hay mayor placer que abrir la maleta y empezar a sacar el mayor número de gilipolleces posibles perdidas entre la ropa. Y mis sobrinos encantados de la vida. ¡Mas gilipolleces tía, más gilipolleces!, parecen gritarme desde algún lugar mientras me paseo por los pasillos repletos de bolsas gigantes llenas de todo tipo de dulces. Y yo, ante esos gritos, pues no me puedo resistir.
(¡Oh, shit!, ¿estoy motivada o estoy motivada) Me estoy quedando sin batería, tengo que comprar el adaptator para el enchufe. Nunca he entendido porque no se le ha ocurrido a nadie utilizar los mismos enchufes en todo el mundo ¡Qué obsesión con ser diferentes! Así que mi búsqueda de tienda en tienda tiene otro objetivo: adaptator;  compraré mi café y me pasearé por las calles de la city como si de los pasillos de mi casa se tratara, no sé por qué,  pero eso de pasear  con café en mano es algo necesario. Vital, diría yo, para que las compras salgan bien. Me convierto en otra persona, es algo raro. Pero me encanta, porque se me pone una sonrisa de tonta en la cara que incluso algunos me miran por la calle y me devuelven el guiño… ¡he ligado en NY!, (¿no queda súper  chic esto?). Luego me iré al Soho a cenar y entonces se desatará mi locura, empezaré a hablar en inglés y a disfrutar de mi dry Martini como si fuera algo que hago todos los días. Para llegar a la habitación y empezar a hacer malabarismos para meter todo en la maleta, llegando a la conclusión una vez más, que mañana me tengo que ir a comprar una bolsa de viaje, creo que ya acumulo unas diez en mi hogar. Intentaré traerla la próxima vez, lo de comprar es muy divertido pero comprar cosas innecesarias y repetidas es algo estúpido.
Me voy a elegir el modelito del día, enchufo el Ipod y pongo a Sinatra mientras me contoneo por la habitación con un té recién hecho en mano rebuscando en mi maleta el conjunto perfecto para ir de shopping con my friend¡aghhh! ¿Se puede ser más Carrie en este momento? Me voy corriendo, mañana os cuento qué tal me ha ido…
I want to be a part of you, New York, New Yooooork……
(Parte II)


Está decidido. Me vengo a vivir a NY para montar un restaurante en el Soho, y está claro que no será un restaurante cualquiera, porque el mío estará montado súper mono y además será un sitio al que vengan todas las celebrities a tomar el brunch; y huelga decir que por supuesto se comerá súper bien (hay que pronunciar mucho las eses para que este absurdo párrafo tenga algún sentido). Y como me irá fenomenal pues no tendré problemas para irme de visita a Madrid una vez al mes… ¿He dicho que además iré vestida súper fashion?, ¿y que mis amigas serán súper guays?, (de repente tengo ganas de vomitar, ¿qué me pasa doctor?)… y hasta aquí mi frívola versión moderna del cuento de la lechera. Así soy yo. Soñando mi vida al ritmo de la música que toca mi imaginación. Mañana me iré a ver una exposición de arte ecuestre a Cuenca (¿quería decir rupestre?) y decidiré que quiero abrir una galería en el rincón más recóndito de la ciudad; y me viene Cuenca así de repente, sin pensar, podría haber dicho Kuala Lumpur, pero no, he dicho Cuenca. ¿Será por lo de las colgadas?, las casas digo. Y sin tener muy claro cómo he llegado hasta Cuenca cuando empecé hablando del Soho neoyorkino, retomaré el hilo de la historia con disimulo mientras entono una canción... I want to be a part of you, New York, New Yoooork…
Si algo he sacado en claro en esta nueva visita a NY es que las actrices de las películas cuando se pasean cargadas de bolsas en realidad no llevan nada en ellas. ¡Ahí queda eso!, y ahora es cuando sin ser preguntada debo explicar esta extraña conclusión a la que mi inteligencia ha llegado sin necesidad de ser ayudada (¿inteligencia emocional?). He de confesar que yo hoy he sido una de ellas, sí, hoy me he convertido en una de esas actrices gracias a mi lucha por convertirme en estrella de mi propia película; y es así como he decidido transformarme en shopper (¿existirá ya este término?, ¿seré yo la descubridora de tremenda palabreja?). Me he paseado por la city cargada de bolsas, disfrutando al máximo de todos y cada uno de los cargos que me han hecho en la tarjeta, imaginando en cada compra la cara de cualquiera de los destinatarios de todas ellas… ¡bendito invento el de la Navidad!, ¿no es maravilloso regalar? (y el espíritu consumista sigue dentro de mí horas después, todavía sigo algo trastornada). Pues eso, que lo de pasear cargada de bolsas con una sonrisa de felicidad mientras un taxi se para frente a nosotras… todo mentira. Es una falsedad.  Y una gilipollez. La realidad es que los brazos se agotan, las manos se enrojecen y los dedos se ponen morados, hasta que nuestros cuerpos se retuercen para adoptar posturas imposibles con el único propósito de  repartir el peso de las compras por todas nuestras extremidades (¿son extremidades las orejas?);  los taxis no paran, ni los cabs, ni los taxis. Nadie para. Somos ignoradas. Y esta es la razón por la que he llegado a la conclusión de que las actrices que se pasean por las pelis cargaditas hasta las orejas, llevan las bolsas vacías o se han tomado un orfidal antes de lanzarse a las calles. No hay otra explicación para ello, así como tampoco la hay para entender de qué estoy hablando ahora mismo… será que estoy cansada, será efecto de, ¿cómo se llamaba eso?, ¿jet set?... ¡ah, no!, ¡jet lag! (curiosa confusión).
Mi regreso a casa es inminente, mis días aquí se han pasado volando. Y volando me voy a mi hogar. Comentaba con mi querida amiga lo rápido que se pasan los días aquí, será porque estamos pasándolo genial, le dije yo. No digo su nombre porque se enfada, pues nunca digo el nombre de mis amigas en mis escritos, yo intento convencerla de que es para hacerle publicidad, pero nada. No cuela. Así que no la nombraré (¿ves Rocío?, te dije que no diría tu nombre). Anoche cenamos en el Soho (sí, sí, al lado del local en el que voy a abrir mi restaurante, ¿voy?, ¿vamos?, ¿quiénes?... ¡cuántas preguntas!); un lindo lugar de comida italiana en el que faltaba la misma luz que falta en todos los locales neoyorkinos de moda, pero en los que se está muy a gusto. Creo que es porque siempre que se aterriza en esta ciudad venimos acompañados de quienes elegimos nosotros, y por eso siempre se está a gustito. Decidí darme un paseo para llegar hasta allí, la noche era perfecta; así que puse un pie delante del otro al ritmo de la banda sonora de este viaje mío, disfrutando de cada pasito, y cuál fue mi sorpresa cuando miré al cielo y me encontré con la Luna llena y con la puntita del Empire State a punto de acariciarla. Fue sin duda uno de esos momentos mágicos, en los que me sentí la persona más afortunada del mundo. Un instante de entusiasmo. ¡Qué a gustito me sentí por estar dentro de mí!, ¡con qué poco nos conformamos los que nos conformamos con poco!, (se me pone cara de tonta y todo al recordarlo, ¿estaré recuperando la cordura ahora que la locura amenaza con regresar?).
Imagino que muchos de los que me lean (¿muchos de los que me lean?, pero ¿qué me pasa?, ¿mamá?, ¿papá?, ¿hay alguien más ahí?... y luego dicen que no soy motivada) bueno como soñar  sigue siendo gratis, pues yo a lo mío; como iba diciendo muchos de todos los que me leen (¡toma ya!), estarán esperando mi lista de las compras. Así que os adelanto que si seguís leyéndome lo hagáis por placer, pues no habrá comentarios al respecto, porque son sorpresitas que meteré a Papá Noel en el saco el día 24 de Diciembre (Merry, merry Christmas, and a happy new year, la la la…, últimos latigazos en english antes de  entonar un verso en castellano antiguo). Pero lo que si confesaré es que en esta ocasión mi vestidor sí que tendrá nuevos inquilinos. He sucumbido a la tentación.  He caído. He consumido. He gastado. Me he homenajeado. Me he adelantado a mi cumpleaños y a la Navidad y me he hecho un regalo, o dos. Y no, no hablaré de ello… pero ¡cómo me quedan mis modelitos!, ahora es cuando Carrie debería saltar de la pantalla y plantarse delante de mí, asustada por sentirme cada vez más cerca, por sentirse cada vez menos única... ¡¡¡Por cierto!!! Que he olvidado lo más importante, anoche cuando llegué al hotel me puse a ordenar toda mi ropa en la maleta, cuando de repente  escuché una voz que me resultaba familiar… ¡mis chicas!, por fin un capítulo de Sex and the city, y además estando yo en la city… y no era uno de los tres que he visto… ¡era otro! Ahora es cuando alguien me preguntaría que cuál era, y yo avergonzada debería contestar que no me acuerdo, porque me quedé dormida en un instante… ¡aghhh! , no entiendo cómo puedo contar las cosas con tanta emoción si está claro que en el fondo me dan bastante igual (repito, ¿qué me pasa doctor?).
Hablaría del MOMA, del MET, o de la Ópera,  pero  no tengo intención de hacerme la interesante. Mi paseo por la Gran Manzana se ha centrado en mi amiga y en mis compras (por cierto, ¿la Gran Manzana de Apple tiene algo que ver con la de NY?, no es pregunta de Trivial, es que se me acaba de ocurrir) ¡Ay!, que triste me  voy de NY, he disfrutado tanto que hasta me ha dado tiempo a echar de menos a mi familia, ¿¡seré lelita!?; no, no pretendo que vengan a buscarme al aeropuerto con una pancarta, tampoco es para tanto. Y retomando el tono inicial de este monólogo, diría que simplemente lo he pasado súper, gracias a mi amiga sin nombre, gracias a mis compritas pagadas por Santa, gracias a  mis paseos solitarios en compañía de toda la ciudad, y gracias al empacho de tantos Starbucks bebidos sin sed (homenaje a Fito, los fans me entenderán).
Me quedé sin perrito caliente mientras paseo por Central Park en este viaje, y como tengo un poco de ansiedad cuando  esquivo alguno de mis rituales, estoy pensando que en cuanto aterrice en la capital me voy a ir corriendo al parque del Retiro, salchicha en mano, y me daré un paseo como quien no quiere la cosa. Total, si cada dos pasos en NY escuchas a alguien hablando en español, pues mucha diferencia no habrá entonces.
Se acerca mi maleta, me mira asustada, la cremallera está a punto de estallar. Me pregunto quién aguantará más; si ella o la de mi pantalón vaquero. Glub.

25 de septiembre de 2011

Nada empieza hasta después de la Novatada en el primer día

Mi escritorio está delante de una ventana. La ventana está abierta. Así como lo está la de mi vecina del piso de abajo. Esta mañana se ha despertado con ganas de estudiar inglés con su hija. Conjuga los verbos, y lo hace gritando… TO BE, WAS, WERE, BEEN!!!! No sé porque algunos se empeñan en gritar cuando hablan en otro idioma. Soy extranjero, no sordo, pensarán muchos de ellos. Soy española no sorda, he pensado yo en alguna ocasión. Lo mejor es utilizar otro idioma a voz en grito, como si así nos entendieran: ¡¡mi hermano ha estado viviendo en In-gla-te-rra muchos años!!, y el inglés sigue sin entender el grito. Incluso se cambia la entonación para dar más autenticidad. Como dice mi diminuto sobrino: ¿árbol?, arboleishon, ¿piscina?, piscish… y sin gritar.

La vuelta al cole ya está aquí. Y todos, hijos y padres, la empiezan con disciplina, con ganas de estudiar desde el primer día. Emoción que disminuye con el paso de las semanas, emoción casi perdida después de las vacaciones de Navidad. Lo importante no es como se empieza, sino como se acaba…
Parte del encanto de la vuelta al cole, ahora estoy recordando, era el momento del gran salto, del paso de EGB a BUP (siglas que ahora suenan a clásico), y el temido primer día de clase. Novatada inevitable. Caras pintadas o camisetas garabateadas. Nada duro, nada en plan Marines de la US NAVY. No hubo novatada para mí. Imaginé entonces que mi altura por encima de la media me convirtió en persona temida por el diminuto cabroncete de turno, aunque también ayudara tener a un hermano en COU y a una hermana en Tercero. Estaba protegida.

Las novatadas es una tradición que nunca debería perderse. No he visto a niños con las caras pintadas por la calle en estos días. Así que intuyo que hay cosas que pasan de moda simplemente para dar la bienvenida a otras modas nuevas.

En aviación, y aquí es cuando se empieza a entender el por qué de estas letras en este cuaderno de a bordo que escribo, también existía una tradición de dar la bienvenida en el primer día de vuelo. Y una vez más me quedé con las ganas. Mis compañeros de promoción las tuvieron. Yo no. ¿Sería la altura?, ¿sería mi chulería?, ¿sería mi apellido?, me quedé sin ser el divertimento de la tripulación en mi primer dia. Y me dolió… aunque sigo esperando, pues no hace mucho, un Comandante amigo mío me dijo que nunca dejamos de ser nuevos, “cualquier día tendrás tu novatada”, y nerviosita me voy a volar… después de quince años, ¿se llama novatada o putada?...

Puede que sea la ausencia de haber vivido mi propia experiencia la que me hiciera cómplice a la hora de planear las novatadas a los nuevos que llegaron después de mí. De hecho, fui la cabeza pensante en muchas de ellas… con la única intención de arrancar una sonrisa, aclaro.
Una de las más utilizadas fue la de mandar al nuevo en cuestión a pedir leche al avión de al lado, siendo el avión de al lado de la compañía RAM (como la leche), que no es otra que Royal Air Maroc. Los marroquíes acabaron un poco hasta las pelotas de nosotros, puede que esta sea una de las razones de nuestros espontáneos enfrentamientos.
La cubitera de hielo tiene múltiples usos, aunque no lo parezca, pues con ella se puede pedir a la azafata que baje a enfriar los frenos después de un aterrizaje (en boca del Comandante siempre impone más y tiene más credibilidad), también puede servir para bajar a poner hielo a algún cadáver (inexistente por supuesto) que se lleva en la bodega del avión (bodega no es dónde guardamos el vino, sino el compartimiento en el que van las maletas), e incluso puede servir para pasearse por todo el avión ofreciendo más hielo a los pasajeros, “más hielo, quieren más hielo, más hielo”, sobra decir que la cubitera llega vacía, pues hay pasajeros que todo lo quieren, siempre que sea gratis.
Los fingidos enfrentamientos entre piloto y Jefe de Cabina (léase Sobrecargo) eran habituales. Habituales en el campo de las novatadas. Y la azafata nueva, generalmente joven y asustadiza, escuchaba aterrada como la Jefa se peleaba con el Comandante por no querer liarse con ella, o por no dejar a su mujer, o porque no dejaba de acosarla… a veces los enfrentamientos eran tan reales, que después de haber destapado la broma, los actores tenían (teníamos) que pedirnos perdón.
Cuando se mezcla zumo de manzana con un poco de agua en un vaso, se parece mucho a un trago de whiskey, y emborracharse durante el vuelo no es normal. No, no lo es. Así que cuando una azafata nueva sube a un avión, y es testigo de los copazos que se consumen durante el  vuelo se asusta, pero se asusta más cuando se le pide que no diga nada al Comandante. Entonces el Comandante en cuestión (que está al tanto de todo), la llama a Cockpit (que es ni más ni menos que la cabina de los pilotos), para preguntarle. Ella se sonroja se pone nerviosa, murmura, se asusta y acaba confesando. ¡Chivata!, y empieza la segunda parte en la que el Comandante exige una prueba a la Jefa de Cabina de la tripulación, como el botiquín del aeropuerto está cerrado cuando lleguemos haremos la prueba de la uña (¿la prueba de la uña?, la Jefa tiene que fingir saber de qué habla, aunque le moleste no saberse el guión), la nueva mira a la Jefa, la Jefa aprieta las muelas para no reírse, ¡díselo tú, si quieres la maldita prueba se lo dices tú!, dice al final la Jefa para así saber de qué coño habla el Comandante; y éste, metido más que nunca en su papel, mirando al horizonte para no perder el semblante serio, le dice a la nueva que coja un trozo de uña y lo meta en un vaso, que luego los llevará a analizar. La Jefa que escucha todo desde detrás suspira, sabe que para seguir con la broma ella también tendrá que hacerlo. Se reúne la tripulación en el Galley delantero, y antes de empezar a explicar las órdenes del Comandante, es testigo de un momento que no puede enternecerla más: la nueva ha escrito en un vaso su nombre y está mordisqueándose la uña para obtener la prueba de su inocencia. La tripulación no puede aguantar la risa y desaparece detrás de la cortina. El Comandante sentado en su asiento no está presenciando la escena. Están las dos solas. Hay que terminar lo que ha empezado. Vamos a aterrizar. Adiós pasajeros. Adiós avión. Hola oficina. Y es en ese momento, sentados todos en una sala cuando se destapa la broma que no puede sino acabar con lágrimas en los ojos de la nueva. Lo ha pasado mal. Nos hemos pasado. Pedimos perdón. Muchas veces. Ella sonríe al fin. Todos tranquilos.
Las novatadas pueden afectar más de la cuenta, a veces la línea es muy fácil de traspasar.
Dos meses después nos hicimos amigas. Y trece años después ya se ríe de todo. En la vida todo es cuestión de tiempo.

Hay tradiciones que no deberían perderse, y hay días que no deberían olvidarse…

¡¡¡TO BREAK, BROKE, BROKEN!!!... los gritos no cesan, ¿y aún hay que llegar a TO WRITE!!!!?

 Cerraré la window…

10 de septiembre de 2011

Cualquier tiempo pasado, ¿fué mejor?

He estado con una amiga. Hemos compartido mesa y charla, y ha habido un momento en el que me ha confesado que cada día tiene más claro que ha nacido en la época equivocada. Yo siempre lo he creído, no de ella, sino de mí. Son conversaciones a las que llegas sin saber cómo, pero el vino te ayuda a llegar a rincones desconocidos de tu cabeza.
Ahora, al estar sola en casa, disfrutando de una taza de té, y con la única compañía de un silencio que a veces habla más de la cuenta, pienso en ello, y no puedo encontrar ésa época pasada a la que creo pertenecer, no hay un ayer que satisfaga mi deseo de viajar en el tiempo.
No me voy hasta las cavernas, que podría ser, ni tampoco a jalear a los gladiadores (a no ser que Russel fuera la estrella invitada, claro), la verdad es que no dejo de darle vueltas y no tengo ni la más remota idea de la época a la que me transportaría en caso de tener una máquina del tiempo en el salón de mi casa. Pues hay que asumir que aunque todos tengamos una personalidad y un carácter formado por el entorno en el que vivimos, hay algo que nos hace diferentes, un minúsculo detalle que nos convierte en personas conformistas o revolucionarias pasionales. Así que, cuando sigo perdida en mis pensamientos, me voy de paseo por otros Mundos (reales o no), y me imagino paseando luciendo una letra escarlata cosida en mi vestido con los hilos intransigentes del momento (¿quién me ha puesto en este escenario?). O puede que me convierta en la sombra de Manuela Malasaña… o simplemente me tocara ordenar el desorden en el estudio de Virginia Wolf (por dejar de lado el espíritu revolucionario de mis pensamientos). No lo tengo claro. Sabemos de épocas anteriores por lo que leemos, y gracias a los personajes famosos que alcanzaron la eternidad. Nada sé del hombre anónimo de antaño, así como sé que nada se sabrá de mí cuando haya desaparecido.
En ocasiones encontramos la tranquilidad al hablar de los tiempos pasados, pues creemos que fueron mejores, y llegamos a esta conclusión por lo que vemos a nuestro alrededor; por la falta de valores de la que tanto hablamos últimamente, y por la frivolidad egoísta que parece ser la última moda. Son las relaciones personales las que nos hacen querer salir corriendo, de nuestros hogares o de la era en la que vivimos. Parece que cada vez se respeta menos al prójimo, y pensar en uno mismo se está convirtiendo en una característica de la personalidad de los que paseamos por este recién estrenado siglo XXI. Puede que mañana, cuando alguien estudie los días en los que ahora vivimos, haga lo que hago yo, fijándose en personas destacadas de la Historia, en sus decisiones, en el entorno en el que vivieron, y descubran algo de mis años vividos que yo soy incapaz de ver ahora.
Puede que pensar en cualquier tiempo pasado, para encontrar la válvula de escape a este presente que nos ha tocado vivir, no sea más que una salida de emergencia virtual que creamos simplemente por nuestra incapacidad de valorar lo que tenemos hoy, disfrutar de nuestros días presentes e intentar vivir para recordar luego con una sonrisa.
Al final, por mucho que nos empeñemos en hacer de nuestra vida una aventura, tengo claro que no sólo contamos nosotros en nuestra propia historia, pues esta se escribe gracias a los que tenemos alrededor, todo influye en nuestras decisiones y en los caminos que tomamos. Si estuviéramos solos, estaríamos perdidos, pues hablar para escucharnos no nos permitiría ver más allá de nuestros ojos, necesitamos de alguien cerca de nosotros, necesitamos conocer a una persona egoísta para poder definir el egoísmo con certeza, necesitamos del cariño de otros para sentirnos queridos, necesitamos sentirnos importantes para alguien para así sentirnos útiles, necesitamos valores en los que creer para no perdernos en nuestro propio camino, necesitamos amar para descubrir lo grande que es nuestro corazón, necesitamos el abrazo de un ser querido para saber que no estamos solos…
Necesitamos ser consecuentes con las decisiones que tomamos…

A veces, mirando a nuestro alrededor, descubrimos una hipocresía que nos asusta, y en ocasiones intentamos tirar la toalla haciendo de la absurda moda del momento una rutina que ya vemos normal. De nosotros depende el mañana, cada uno de nosotros somos importantes, al margen de ser o no un nombre propio que se estudie en el futuro.

La cordura y la locura pueden ir de la mano (véase el nombre de este libro virtual en el que escribo), pero el secreto está en saber cuando debemos hacer uso de la una o la otra. No doy lecciones de nada, sólo pienso, escribo y comparto. Puede que más de la cuenta (por lo de pensar, digo), pero ayer, disfrutando de una copa de vino con una amiga, sentadas en una tranquila terraza, y compartiendo anécdotas entrañables, no pude sino preguntarme cuál era la razón por la que ambas quisiéramos vivir en un tiempo pasado… ¡lo teníamos todo!, la tranquilidad, la complicidad, el divertimento y hasta el vino… ¿qué faltaba entonces en nuestro presente para querer largarnos al pasado?... sigo sin saberlo. Aunque ahora, cuando mi silencio es el que habla, sólo se me ocurre que nuestra huída estuviera planeada por nuestra incapacidad de asumir que este tiempo en el que vivimos es el que nos ha tocado, y que si algo no nos gusta de nuestro entorno tenemos que intentar cambiarlo. No normalizarlo…

Llevo dos días sin subirme a un avión, puede que no sea bueno pasearse tan cerca de la realidad, pues desde allí arriba todo se ve diferente, todo se ve más pequeño, incluso los absurdos problemas que inventamos son tan diminutos que incluso desaparecen… puede que el secreto de estar allí arriba no sea otro que darnos otra perspectiva de las cosas.

Si cualquier tiempo pasado dicen que fue mejor, me esforzaré en vivir el presente, pues lo que hoy viva será el pasado de mi mañana…

Pensar no es bueno… no ayuda nada.

26 de agosto de 2011

Señores pasajeros, muchas gracias

“Ha sido un placer volar con usted, espero verla más a menudo,” así se despidió un pasajero en una ocasión. Me bajé del avión encantada, ¡bien hecho Daniela!, llegué a casa, me puse mis mejores galas, y un par de horas después ya estaba disfrutando de mi primer gin de la noche con mis amigos. Cuando de repente, ¡sorpresa!, el pasajero en cuestión se planta junto a mí en la barra, me mira de reojo, pide su copazo (hay copas, copitas, o copazos), y me vuelve a mirar… “perdona, pero es que me suena mucho tu cara, ¿nos conocemos?”, fingí la mejor de mis sonrisas, “no, creo que no, lo siento”, y regresé cabizbaja con mi grupo de amigos. Tres horas habían pasado, ¡tres horas!, y ya se había olvidado de mí... ¿espero volver a verla?, ¡mentiroso!...

Moraleja: los pasajeros tienen mala memoria.

Hay un catálogo tan extenso de frases en el Mundo de la aviación que cuesta elegir los mejores momentos (vividos o robados). Este primero es un claro ejemplo de lo poco que dura la emoción de hacer un trabajo bien hecho. Y por trabajo se entiende, servir, sonreír, y seguir sirviendo. A sus pies mi cliente… le haré creer que usted siempre tiene la razón.

Cuando hace unos días hablé acerca de recordar anécdotas vividas en los aviones, una amiga me recordó una que extrañamente no recordaba, “¿te acuerdas de la del murito?”, me dijo… y después de darme un par de pistas, me acordé. “¿Cómo había podido olvidarla?, ¿cómo pude olvidar a aquélla familia?”... viajaban por primera vez a las Islas Canarias, una hora después del despegue nos llaman con cara de emoción, “¿dígame señor?”, y el señor en cuestión, muy educado pide que por favor los avisemos al llegar al murito, “¿murito?, ¿qué murito?” (are we flying to Berlín?), “sí, sí, el murito”, dice convencido, coge la revista del asiento delantero, busca el mapa de España, y señala la delgada línea que se dibuja en los mapas para acercar las mencionadas Islas a la península… sorpresa (no te rías, no te rías, no te rías…), el problema no es si reírse o no, el problemas es cómo le explicas a esa persona el por qué del no-murito… y  yo, profesional dónde las haya, me disculpé y me fui a buscar a la Jefa de Cabina del vuelo para que atendiera al señor de la fila 16… la explicación que le dio no la recuerdo, o puede que no quiera recordarla. Era una familia entrañable, hay preguntas que enternecen a cualquiera.

Moraleja: los mapas tienen trampa.

Tenemos que ser agradables, hasta cuando el insulto se planta a pocos centímetros de nuestra maquillada cara. Puta puede ser un insulto o una profesión, yo considero que es un insulto cuando estás vestida de uniforme, trabajando en un avión. Puta-guantazo. Acción-reacción. Pero no, no puede ser… ¿o sí? En aquél momento la reacción aguantó al guantazo y se conformó con un simple: fuck you! Insultar en otro idioma parece menos grave. Y ser insultado sin razón no merece una respuesta o enfado… somos culpables de lo que no somos culpables, es parte de nuestro trabajo… Me contengo, intento que la última palabra no sea la mía, pero a veces es imposible, nos lo ponen fácil para caer en la tentación, y la respuesta es inevitable.

Recuerdo un vuelo en el que después del aterrizaje, una pasajera abandonó el avión dando tumbos, diría que iba borracha, pero sería más gráfico decir que llevaba un pedo que no se mantenía en pie. Minutos después de abandonar el avión vuelve a toda velocidad (casi rodando creo recordar), “¿olvidó el brindis de la despedida?”, pensé intrigada. Saludó mirando al horizonte, y sin responder a mi interés por saber qué quería, se dirigió a su asiento abrió el bin (maletero-compartimiento superior) y sacó una sillita de bebé (rebautizada por la nueva generación de madres como maxi-cosi), yo recé en silencio porque fuera vacía. Mis plegarias no fueron atendidas, allí estaba su bebé, mirando alucinado a su alrededor… nos quedamos todos tan alucinados que no dijimos nada, el Comandante me miró con cara de pocos amigos (a veces “los de delante” piden explicaciones ilógicas), y la señora se esfumó. Con su bebé y con su pedo…

Moraleja: si bebes, no viajes con bebés.

Lo del zumo de tomate es para escribir un capítulo entero (prometo hacerlo), pues nunca he entendido por qué hay personas que beben zumo de tomate SÓLO cuando suben al avión. “¿Lo quiere preparado?”, preguntamos, “sí”, contestan. Sin saber qué significa la pregunta, pero claro, no se suben a un avión para encima tener que prepararse ellos la bebida…

Moraleja: la mancha de zumo de tomate es difícil de limpiar, yo aviso.

Hay un compañero al que no puedo olvidar por una frase memorable. Fila 25 ó 26, vuelo a Las Palmas de Gran Canaria, pasajera con bandeja de comida, carne estofada con patatas (por definirlo de alguna manera), se gira buscando al compañero en cuestión, “disculpe, es que la patata está mala”, el compañero en cuestión coge la patata, la mira intrigado, y le dice (a la patata): “patata mala, mala patata”, devuelve la patata a su plato anhelado, “ahora patata buena”, añade, sonríe y sigue su camino. No hubo respuesta. Hay situaciones que nos dejan sin palabras…  

Moraleja: ¿somos lo que comemos?

Hay frases que sacadas de contexto son simplemente: extraordinarias… “Disculpe, es que vengo empalmado de Palma y no tuve tiempo… ¿me calentás la mamadera?”, ¿ofende que nos digan algo así?, seamos justos, a nosotros también nos pasan por alto algunos detalles: "Señores pajeros, bienvenidos a bordo..." (hablar por el micrófono a la multitud no es fácil, y menos la primera vez...)

Moraleja: Un fuck you! a tiempo puede ser una victoria…

20 de agosto de 2011

El 20 de Agosto de nuestros calendarios




A veces la vida decide por nosotros. Y nada podemos hacer para llevarle la contraria…

Dicen que es más fácil hacer reír que hacer llorar, yo no intento ni lo uno ni lo otro. Pero sí que sé que es más fácil escribir letras simpáticas que letras tristes, aunque a veces una sonrisa sea tan complicada de dibujar o de describir… hoy es un día triste para escribir, para recordar, para pensar y para sonreír. Hoy volaremos hasta ayer, hasta un 20 de Agosto. Hoy recordaré sin querer recordar…

Recuerdo mucho calor en mi terraza, un zumo de tomate y la música gritando desde mi altavoz, conversaciones infinitas con Anita en mi casa, mucho ruido y muchas palabras… una llamada de teléfono.

Silencio.

…una columna de humo negro a lo lejos manchando el cielo ya entristecido… llamada de teléfono. Grito ensordecedor de mi amiga. Incredulidad, confusión y miedo. Mucho miedo…

Desolación.

Han pasado ya tres años. Y hoy aún parece imposible creer que un día cualquiera el horror decidiera vestirse de azul y naranja, con la única intención de recordarnos que él tiene el control, y que no importan nuestros planes, ni nuestro esfuerzo por ganarle la batalla al destino… somos las marionetas que bailan a su antojo. A veces premiadas, a veces castigadas. Simples marionetas… y todo nos puede pasar. Allí arriba, o aquí abajo, la sorpresa a veces es maldita, y no nos da la oportunidad de abrazar a los seres queridos para despedirnos…

Esta loca dama cuerda que escribe, lo hace con la intención de ironizar y arrancar sonrisas a los que me lean. Intento que muchos se vean identificados con lo que cuento. A veces intento distorsionar la realidad, buscando el lado positivo de cualquier situación. Pero ni siquiera el optimismo es suficiente en contadas ocasiones, y esta es una de ellas… hoy intuyo que el insomnio tendrá una razón para acostarse a mi vera. Y sé que también lo hará junto a muchos de los que me lean…

Recuerdo la primera vez que me subí a un avión, ¡cuánto ha pasado desde entonces!, estaba asustada y nerviosa, hasta que apareció una Jefa de Cabina con rostro de muñeca y voz grave que se sentó a mi lado, para enseñarme mucho de lo que ahora sé. Casi todo. Los principios siempre nos marcan. Recuerdo años después, cuando era yo entonces la jefa de cabina, y senté a una compañera desconocida a mi lado, hablamos sin parar, “no quiero hacerme mayor”, fue una frase suya que se me quedó grabada. Maldito destino, que a veces escucha nuestras plegarias. Recuerdo a una joven compañera de sonrisa eterna, a la que veía dentro y fuera del avión, disfrutando de la noche con sus amigas, hablando de los hombrecitos y de la vida, intentando encontrar su lugar en el mundo adulto. Recuerdo aquél alumno, su primer día de clase, su voz cantante, su simpatía andaluza, su madurez escondida… recuerdo un relevo por Italia con aquél piloto que conocía la normativa casi de memoria, y a aquél otro piloto que siempre aparecía con su sonrisa de medio lado... recuerdo a aquélla que sonreía con su mirada al hablar de su primer hijo, recuerdo incluso a los que no llegué a conocer… recuerdo, recuerdo, recuerdo…

Recuerdo la rabia del día después. La indignación al encontrarme con las portadas de periódicos crueles, que ya empezaban a amarillear. La necesidad de encontrar culpables cuando aún no se había asumido la pérdida… ¡qué cruel puede llegar a ser el ser humano cuando no es víctima de un dolor que afecta a una multitud!

Ha pasado el tiempo. Han pasado los juicios. Y las series de televisión ignoradas. Y a pesar de mi interés por saber, y por aprender siempre algo nuevo, diré que en este caso: no me interesa nada el informe de la Comisión de Investigación de Accidentes, no me interesa hablar del estado de los aviones, ni tampoco culparé a aquéllos que ya no se pueden defender. No quiero leer párrafos y conclusiones que dibujen los rostros de las personas a las que tuve la suerte de conocer. La ignorancia lo hace todo más fácil en ocasiones. En este caso puede que sea ignorante, quiero serlo. Todo está muy cercano. Cercano en el tiempo, cercano en el espacio. En un Mundo en el que un criminal cobarde asesina por la espalda para pasearse después impune por nuestras calles, no creo que sea justo castigar al que nunca tuvo la oportunidad de defender su inocencia. La vida es jodidamente cruel. Jodidamente injusta.

Resignación.

De nada sirven mis letras, lo sé. No necesito un calendario que me recuerde los días pasados. Pero si inventé este lugar para compartir todo lo bueno vivido, día tras día, en este Mundo nuestro de la vida aeronáutica, no me parecía justo obviar esta fecha, y dejar pasar la oportunidad de regalarles unas letras que sé que leerán, estén dónde estén, y sé que sonreirán al recordarnos con el mismo cariño que nosotros los recordamos…

Mi cariño para todos mis compañeros, para los que seguís ahí, y para los que elegisteis tomar otro camino, mi cariño para los familiares de los desaparecidos pasajeros desconocidos. Ellos son parte de nuestras vidas por un instante, y en este caso, ese instante nunca será olvidado.

El recuerdo mantiene con vida a los que perdimos en el camino, y en este caso, su recuerdo además nos regala una sonrisa… Nunca sabemos cuando será la última vez…, nunca debemos dejar palabras sin decir, a veces la vida no da segundas oportunidades. Hoy aprovecharé la inevitable melancolía del momento para dar las gracias a todos los que me regalasteis recuerdos imposibles de olvidar…  

Sé que cuando la vida lo decida, volveré a veros… a vosotros y a Ellos…

Y ahora, me tomaré un Dry Martini a Tu salud… te prepararé uno, por si acaso…

Hasta siempre. Hasta pronto…