26 de diciembre de 2011

París en mi moleskine

En la Rue Lepic hay un café. Marta se sienta en él, pide una copa de vino, y observa los carteles que cuelgan de sus paredes. Sabe que Amelie nació allí, y no piensa en ella como en un personaje de ficción, simplemente imagina al creador de tan dulce mujercita sentado en el sitio en el que ella está sentada ahora. Quiere encontrar la inspiración para inventar también ella un nuevo personaje, o para al menos inventarse a ella misma una vez más. Saca de su bolso la moleskine recién regalada por una amiga, y acaricia sus virginales hojas durante un rato. Deja de escuchar las voces de la gente, la música, los coches e incluso el sonido del vino al caer sobre su copa. Decide entonces que lo intentará hacer bien, que esta vez hablará con el corazón, y que todo lo que cuente en este cuaderno será real. La realidad de su ilusión utópica: su realidad, al fin y al cabo.

París. Escribe. Levanta la mirada al cielo, ¡vamos allá!, suspira al aire. Y se inclina sobre el cuaderno sin levantar la mirada de sus letras. Luce el Sol cuando empieza. Brillará la Luna cuando termine. París es sin duda una historia infinita.

Marta nunca eligió París. Fue París quién siempre la eligió a ella. No camina nunca por sus calles, flota por ellas subida en su alfombra mágica. Pasea a orillas del Sena aunque el camino se haga más largo, pero al zambullirse en el agua, descubre los secretos y las penas lanzadas antaño en él por almas deseosas de verlas ahogarse con rapidez, ¡ay corazones rotos que siempre encuentran en el olvido la mejor de las respuestas! Observa la Catedral desde abajo, y mira al cielo imaginando las manos que la construyeron, siente envidia de las razones que movieron a aquéllos hombres a levantar un templo con la única ilusión de verlo terminado. Se pregunta cuántos secretos se guardarán entre los muros de Notre Dame, y cuántos pecados habrán sido tragados por las gárgolas, protectoras de las eternas amenazas de los que no ven más allá del cielo. Pasea jardines, acaricia flores, y a lo lejos ve como la Torre asoma y se esconde constantemente. Se pregunta cómo puede tanto hierro moverse con tanta facilidad. Sonríe al pensar en esto, y mientras se dirige hacia ella, elige el lugar en el que sueña ser otra persona. La librería que cubre sus paredes con libros manoseados y leídos por conocidos y desconocidos; y escucha en sus rincones el eco de voces que antaño crearon las letras que hoy decoran nuestras librerías. El tiempo corre, Marta quiere quedarse, pero quiere irse, quisiera estar en todos los rincones al mismo tiempo. Se despide con un hasta pronto, y sigue buscando el espíritu de las almas inmortales vagando por los suelos empedrados hasta llegar al café donde el calvados volvía locos a los que en realidad, nunca se sintieron cuerdos. Una gran dama luce un gran sombrero, un gran collar y un gran cigarrillo, observa a su alrededor sin mirar a nadie, y en su mirada nostálgica se presume el anhelo de un tiempo pasado. Un tiempo que para ella, seguramente fuera mejor.

Deja edificios, monumentos, puentes, puentes y más puentes, hasta pisar el suelo que sostiene la férrea Torre que todos buscan y a la que es imposible no saludar con una sonrisa. El Mundo desde allí, es sin duda diferente. La belleza está en lo alto, enfrente, detrás… desde allí, no se puede ni siquiera presumir un rincón vacío. Marta se pregunta si no será todo un escenario, y si no será ella el personaje de una obra que alguien escribió para ella, para ellos, para todos…
El Sena bajo sus pies, ya flota sobre él. Deja el Arco del Triunfo, el Obelisco regalado, hurtado o prestado, según quién cuente la historia, y dirige sus pasos hacia el lugar en el que ahora disfruta de su copa de vino, de su moleskine y de su propia historia.
La escalera del Sacre Coeur, está repleta de gente, personas que como Marta se sientan a observar, a sentir, a pensar, o a no pensar por fin, a soñar… y hay un instante, efímero pero real, en el que todas sus almas se conectan. Y entonces la Magia vuelve a recuperar su vida.
En Montmartre los artistas desconocidos observan a todos los que admiran sus cuadros, sentados en sus vetustos tronos envidiados, ven pasar a la gente que busca en sus pinturas el lugar soñado para decorar las paredes de sus hogares ¡Cuántas caras nuevas verán cada día!, se dice Marta asombrada, ¡cuántas historias que contar!... y desaparece por uno de los callejones dispuesta a despedirse del día sentada en uno de sus rincones favoritos. La ciudad está a sus pies, por un instante ha estado en lo más alto, y piensa que ahora es el momento de volver a la realidad…

Callejea como si en un laberinto estuviera, observa a muchos que arrastran los pies encaminándose a sus hogares después de un largo día de trabajo, intuye sonrisas en muchos rostros que, como ella, han dejado que sean sus imaginaciones las que los saquen a pasear, observa las buhardillas que empiezan a iluminarse, y se pregunta acerca de los que allí viven. Amantes eternos, artistas bohemios, desconocidos solitarios, sueños rotos, putas resignadas, árboles caídos, ilusionistas en paro, Juana de Arco… imagina si alguno de ellos también inventará una historia al verla a ella. Sin quererlo forma parte del escenario que alguien elige fotografiar, e imagina el revelado de aquélla foto, ¿quién será esta mujer?, se preguntará él. Y Marta, al escribir ahora acerca del fotógrafo desconocido, se pregunta ¿quién será este hombre? La vida no es tan diferente para unos y otros.

París es un buen lugar para empezar un capitulo. París es un buen lugar para vivir una historia. París es un buen lugar para decir adiós… La historia termina, la moleskine se cierra y Marta emprende su marcha. Desaparece al final de la calle, deseosa de descubrir nuevos rincones para volver mañana.

La felicidad a veces encuentra en la soledad su mejor definición.

Paseando po NY

El día ha amanecido soleado en NY. Son las 7 de la mañana, y el nerviosismo me mantiene en vela casi toda la noche. Quiero que amanezca ya para lanzarme a las calles como si de mi primera visita a esta ciudad se tratara. Siempre hay que guardar el recuerdo de la primera vez, lo hace todo más emocionante, o tierno, o mágico (¿de qué primera vez hablamos?)  Estoy emocionada y canto sin parar, la, la, la, la (sin que este lalaleo se parezca nada al de Massiel, pero no sé cómo contagiar mi música) Hoy es la primera vez que vengo a este lugar después de decidir convertirme en la Carrie Bradshaw madrileña, puede que algunos crean que el  papel protagonista de Sexo en NY me quede grande; empezando por la talla 34 de ropa se entiende que mejor dicho puede que me quede  pequeño, pero estos son nimiedades. Hoy soy quién me dé la gana ser ahora que veo NY desde la ventana de la habitación de mi hotel, y mis ruegos antes de dormir de algo han servido pues el día ha amanecido soleado; mientras JFK me sonríe desde la pared (¡guapo!), y Jackie vigila celosa desde otro rincón. En un rato me pondré leggins y botitas de colores, rizaré mi pelo al máximo e incluso me atreveré con un gorrito para  caminar por la ciudad al ritmo de la música que Sinatra canta desde algún escondite secreto de mi cabeza. El rincón de las nostalgias, imagino.
Ayer llovió y me dio igual. Paseé y me senté a tomar un café durante 3 horas, aquí los cafés son muy largos; y gracias a ello las conversaciones se hacen eternas. Si hoy llueve otra vez no me importa, pero el día pinta heladito y soleadito, ¡mis días preferidos! Pienso pasear por cada rincón hasta que mis huesos se hielen o se empapen, y pienso disfrutar de ese hot dog que siempre me da la bienvenida desde la entrada de Central Park. Me faltan dos amigas para ser las cuatro de la pandi. Pero Rocío me basta y me sobra, vale por dos o por tres diría yo. Se ha convertido en mi paseante en mis días aquí perdida, me lleva y me trae como si yo fuera una persona importante,  y yo pues me dejo querer. 
Cada dos frases la palabra shopping se cuela en mi conversación, no entiendo muy bien la razón por la que nada más pisar suelo americano empiezo a meter palabras yanquis en mi vocabulario  y a adquirir actitudes yanquis (por ejemplo consumismo, ¡un, dos, tres responda otra vez!);  aunque el fast food se resista, le damos al sushi y a las salad, los gustos son los gustos. Aunque para no sentirme culpable he encontrado las excusas perfectas (y hablo en plural), para darle a la tarjeta visa sin miedo: en primer lugar la cercanía de las Christmas, después tenemos las recién estrenadas rebajas que ya se pasean por los escaparates (las famosas sales conocidas en todo el mundo), y por último pero para mí la mejor de todas, es que en estas fechas del mes los números de la cuenta corriente aún no han empezado a coger esa tonalidad rojiza a la que últimamente están acostumbrados. Así que, dadas las excusas y consiguiendo sentirme menos culpable aún, no encuentro mayor  placer que irme de shopping y convertirme en Papá Noel antes de tiempo. Aunque esta vez intentaré ser generosa y llevarme algo para mí.
De momento he llenado mi maleta de chocolatinas, puede que sea una catetada, pues sé que en mi querida España, esa España mía esa España nuestra, también venden estas cositas. Pero no voy a engañar a nadie, llego aquí y soy cateta, compro lo que puedo comprar en casita porque no hay mayor placer que abrir la maleta y empezar a sacar el mayor número de gilipolleces posibles perdidas entre la ropa. Y mis sobrinos encantados de la vida. ¡Mas gilipolleces tía, más gilipolleces!, parecen gritarme desde algún lugar mientras me paseo por los pasillos repletos de bolsas gigantes llenas de todo tipo de dulces. Y yo, ante esos gritos, pues no me puedo resistir.
(¡Oh, shit!, ¿estoy motivada o estoy motivada) Me estoy quedando sin batería, tengo que comprar el adaptator para el enchufe. Nunca he entendido porque no se le ha ocurrido a nadie utilizar los mismos enchufes en todo el mundo ¡Qué obsesión con ser diferentes! Así que mi búsqueda de tienda en tienda tiene otro objetivo: adaptator;  compraré mi café y me pasearé por las calles de la city como si de los pasillos de mi casa se tratara, no sé por qué,  pero eso de pasear  con café en mano es algo necesario. Vital, diría yo, para que las compras salgan bien. Me convierto en otra persona, es algo raro. Pero me encanta, porque se me pone una sonrisa de tonta en la cara que incluso algunos me miran por la calle y me devuelven el guiño… ¡he ligado en NY!, (¿no queda súper  chic esto?). Luego me iré al Soho a cenar y entonces se desatará mi locura, empezaré a hablar en inglés y a disfrutar de mi dry Martini como si fuera algo que hago todos los días. Para llegar a la habitación y empezar a hacer malabarismos para meter todo en la maleta, llegando a la conclusión una vez más, que mañana me tengo que ir a comprar una bolsa de viaje, creo que ya acumulo unas diez en mi hogar. Intentaré traerla la próxima vez, lo de comprar es muy divertido pero comprar cosas innecesarias y repetidas es algo estúpido.
Me voy a elegir el modelito del día, enchufo el Ipod y pongo a Sinatra mientras me contoneo por la habitación con un té recién hecho en mano rebuscando en mi maleta el conjunto perfecto para ir de shopping con my friend¡aghhh! ¿Se puede ser más Carrie en este momento? Me voy corriendo, mañana os cuento qué tal me ha ido…
I want to be a part of you, New York, New Yooooork……
(Parte II)


Está decidido. Me vengo a vivir a NY para montar un restaurante en el Soho, y está claro que no será un restaurante cualquiera, porque el mío estará montado súper mono y además será un sitio al que vengan todas las celebrities a tomar el brunch; y huelga decir que por supuesto se comerá súper bien (hay que pronunciar mucho las eses para que este absurdo párrafo tenga algún sentido). Y como me irá fenomenal pues no tendré problemas para irme de visita a Madrid una vez al mes… ¿He dicho que además iré vestida súper fashion?, ¿y que mis amigas serán súper guays?, (de repente tengo ganas de vomitar, ¿qué me pasa doctor?)… y hasta aquí mi frívola versión moderna del cuento de la lechera. Así soy yo. Soñando mi vida al ritmo de la música que toca mi imaginación. Mañana me iré a ver una exposición de arte ecuestre a Cuenca (¿quería decir rupestre?) y decidiré que quiero abrir una galería en el rincón más recóndito de la ciudad; y me viene Cuenca así de repente, sin pensar, podría haber dicho Kuala Lumpur, pero no, he dicho Cuenca. ¿Será por lo de las colgadas?, las casas digo. Y sin tener muy claro cómo he llegado hasta Cuenca cuando empecé hablando del Soho neoyorkino, retomaré el hilo de la historia con disimulo mientras entono una canción... I want to be a part of you, New York, New Yoooork…
Si algo he sacado en claro en esta nueva visita a NY es que las actrices de las películas cuando se pasean cargadas de bolsas en realidad no llevan nada en ellas. ¡Ahí queda eso!, y ahora es cuando sin ser preguntada debo explicar esta extraña conclusión a la que mi inteligencia ha llegado sin necesidad de ser ayudada (¿inteligencia emocional?). He de confesar que yo hoy he sido una de ellas, sí, hoy me he convertido en una de esas actrices gracias a mi lucha por convertirme en estrella de mi propia película; y es así como he decidido transformarme en shopper (¿existirá ya este término?, ¿seré yo la descubridora de tremenda palabreja?). Me he paseado por la city cargada de bolsas, disfrutando al máximo de todos y cada uno de los cargos que me han hecho en la tarjeta, imaginando en cada compra la cara de cualquiera de los destinatarios de todas ellas… ¡bendito invento el de la Navidad!, ¿no es maravilloso regalar? (y el espíritu consumista sigue dentro de mí horas después, todavía sigo algo trastornada). Pues eso, que lo de pasear cargada de bolsas con una sonrisa de felicidad mientras un taxi se para frente a nosotras… todo mentira. Es una falsedad.  Y una gilipollez. La realidad es que los brazos se agotan, las manos se enrojecen y los dedos se ponen morados, hasta que nuestros cuerpos se retuercen para adoptar posturas imposibles con el único propósito de  repartir el peso de las compras por todas nuestras extremidades (¿son extremidades las orejas?);  los taxis no paran, ni los cabs, ni los taxis. Nadie para. Somos ignoradas. Y esta es la razón por la que he llegado a la conclusión de que las actrices que se pasean por las pelis cargaditas hasta las orejas, llevan las bolsas vacías o se han tomado un orfidal antes de lanzarse a las calles. No hay otra explicación para ello, así como tampoco la hay para entender de qué estoy hablando ahora mismo… será que estoy cansada, será efecto de, ¿cómo se llamaba eso?, ¿jet set?... ¡ah, no!, ¡jet lag! (curiosa confusión).
Mi regreso a casa es inminente, mis días aquí se han pasado volando. Y volando me voy a mi hogar. Comentaba con mi querida amiga lo rápido que se pasan los días aquí, será porque estamos pasándolo genial, le dije yo. No digo su nombre porque se enfada, pues nunca digo el nombre de mis amigas en mis escritos, yo intento convencerla de que es para hacerle publicidad, pero nada. No cuela. Así que no la nombraré (¿ves Rocío?, te dije que no diría tu nombre). Anoche cenamos en el Soho (sí, sí, al lado del local en el que voy a abrir mi restaurante, ¿voy?, ¿vamos?, ¿quiénes?... ¡cuántas preguntas!); un lindo lugar de comida italiana en el que faltaba la misma luz que falta en todos los locales neoyorkinos de moda, pero en los que se está muy a gusto. Creo que es porque siempre que se aterriza en esta ciudad venimos acompañados de quienes elegimos nosotros, y por eso siempre se está a gustito. Decidí darme un paseo para llegar hasta allí, la noche era perfecta; así que puse un pie delante del otro al ritmo de la banda sonora de este viaje mío, disfrutando de cada pasito, y cuál fue mi sorpresa cuando miré al cielo y me encontré con la Luna llena y con la puntita del Empire State a punto de acariciarla. Fue sin duda uno de esos momentos mágicos, en los que me sentí la persona más afortunada del mundo. Un instante de entusiasmo. ¡Qué a gustito me sentí por estar dentro de mí!, ¡con qué poco nos conformamos los que nos conformamos con poco!, (se me pone cara de tonta y todo al recordarlo, ¿estaré recuperando la cordura ahora que la locura amenaza con regresar?).
Imagino que muchos de los que me lean (¿muchos de los que me lean?, pero ¿qué me pasa?, ¿mamá?, ¿papá?, ¿hay alguien más ahí?... y luego dicen que no soy motivada) bueno como soñar  sigue siendo gratis, pues yo a lo mío; como iba diciendo muchos de todos los que me leen (¡toma ya!), estarán esperando mi lista de las compras. Así que os adelanto que si seguís leyéndome lo hagáis por placer, pues no habrá comentarios al respecto, porque son sorpresitas que meteré a Papá Noel en el saco el día 24 de Diciembre (Merry, merry Christmas, and a happy new year, la la la…, últimos latigazos en english antes de  entonar un verso en castellano antiguo). Pero lo que si confesaré es que en esta ocasión mi vestidor sí que tendrá nuevos inquilinos. He sucumbido a la tentación.  He caído. He consumido. He gastado. Me he homenajeado. Me he adelantado a mi cumpleaños y a la Navidad y me he hecho un regalo, o dos. Y no, no hablaré de ello… pero ¡cómo me quedan mis modelitos!, ahora es cuando Carrie debería saltar de la pantalla y plantarse delante de mí, asustada por sentirme cada vez más cerca, por sentirse cada vez menos única... ¡¡¡Por cierto!!! Que he olvidado lo más importante, anoche cuando llegué al hotel me puse a ordenar toda mi ropa en la maleta, cuando de repente  escuché una voz que me resultaba familiar… ¡mis chicas!, por fin un capítulo de Sex and the city, y además estando yo en la city… y no era uno de los tres que he visto… ¡era otro! Ahora es cuando alguien me preguntaría que cuál era, y yo avergonzada debería contestar que no me acuerdo, porque me quedé dormida en un instante… ¡aghhh! , no entiendo cómo puedo contar las cosas con tanta emoción si está claro que en el fondo me dan bastante igual (repito, ¿qué me pasa doctor?).
Hablaría del MOMA, del MET, o de la Ópera,  pero  no tengo intención de hacerme la interesante. Mi paseo por la Gran Manzana se ha centrado en mi amiga y en mis compras (por cierto, ¿la Gran Manzana de Apple tiene algo que ver con la de NY?, no es pregunta de Trivial, es que se me acaba de ocurrir) ¡Ay!, que triste me  voy de NY, he disfrutado tanto que hasta me ha dado tiempo a echar de menos a mi familia, ¿¡seré lelita!?; no, no pretendo que vengan a buscarme al aeropuerto con una pancarta, tampoco es para tanto. Y retomando el tono inicial de este monólogo, diría que simplemente lo he pasado súper, gracias a mi amiga sin nombre, gracias a mis compritas pagadas por Santa, gracias a  mis paseos solitarios en compañía de toda la ciudad, y gracias al empacho de tantos Starbucks bebidos sin sed (homenaje a Fito, los fans me entenderán).
Me quedé sin perrito caliente mientras paseo por Central Park en este viaje, y como tengo un poco de ansiedad cuando  esquivo alguno de mis rituales, estoy pensando que en cuanto aterrice en la capital me voy a ir corriendo al parque del Retiro, salchicha en mano, y me daré un paseo como quien no quiere la cosa. Total, si cada dos pasos en NY escuchas a alguien hablando en español, pues mucha diferencia no habrá entonces.
Se acerca mi maleta, me mira asustada, la cremallera está a punto de estallar. Me pregunto quién aguantará más; si ella o la de mi pantalón vaquero. Glub.

25 de septiembre de 2011

Nada empieza hasta después de la Novatada en el primer día

Mi escritorio está delante de una ventana. La ventana está abierta. Así como lo está la de mi vecina del piso de abajo. Esta mañana se ha despertado con ganas de estudiar inglés con su hija. Conjuga los verbos, y lo hace gritando… TO BE, WAS, WERE, BEEN!!!! No sé porque algunos se empeñan en gritar cuando hablan en otro idioma. Soy extranjero, no sordo, pensarán muchos de ellos. Soy española no sorda, he pensado yo en alguna ocasión. Lo mejor es utilizar otro idioma a voz en grito, como si así nos entendieran: ¡¡mi hermano ha estado viviendo en In-gla-te-rra muchos años!!, y el inglés sigue sin entender el grito. Incluso se cambia la entonación para dar más autenticidad. Como dice mi diminuto sobrino: ¿árbol?, arboleishon, ¿piscina?, piscish… y sin gritar.

La vuelta al cole ya está aquí. Y todos, hijos y padres, la empiezan con disciplina, con ganas de estudiar desde el primer día. Emoción que disminuye con el paso de las semanas, emoción casi perdida después de las vacaciones de Navidad. Lo importante no es como se empieza, sino como se acaba…
Parte del encanto de la vuelta al cole, ahora estoy recordando, era el momento del gran salto, del paso de EGB a BUP (siglas que ahora suenan a clásico), y el temido primer día de clase. Novatada inevitable. Caras pintadas o camisetas garabateadas. Nada duro, nada en plan Marines de la US NAVY. No hubo novatada para mí. Imaginé entonces que mi altura por encima de la media me convirtió en persona temida por el diminuto cabroncete de turno, aunque también ayudara tener a un hermano en COU y a una hermana en Tercero. Estaba protegida.

Las novatadas es una tradición que nunca debería perderse. No he visto a niños con las caras pintadas por la calle en estos días. Así que intuyo que hay cosas que pasan de moda simplemente para dar la bienvenida a otras modas nuevas.

En aviación, y aquí es cuando se empieza a entender el por qué de estas letras en este cuaderno de a bordo que escribo, también existía una tradición de dar la bienvenida en el primer día de vuelo. Y una vez más me quedé con las ganas. Mis compañeros de promoción las tuvieron. Yo no. ¿Sería la altura?, ¿sería mi chulería?, ¿sería mi apellido?, me quedé sin ser el divertimento de la tripulación en mi primer dia. Y me dolió… aunque sigo esperando, pues no hace mucho, un Comandante amigo mío me dijo que nunca dejamos de ser nuevos, “cualquier día tendrás tu novatada”, y nerviosita me voy a volar… después de quince años, ¿se llama novatada o putada?...

Puede que sea la ausencia de haber vivido mi propia experiencia la que me hiciera cómplice a la hora de planear las novatadas a los nuevos que llegaron después de mí. De hecho, fui la cabeza pensante en muchas de ellas… con la única intención de arrancar una sonrisa, aclaro.
Una de las más utilizadas fue la de mandar al nuevo en cuestión a pedir leche al avión de al lado, siendo el avión de al lado de la compañía RAM (como la leche), que no es otra que Royal Air Maroc. Los marroquíes acabaron un poco hasta las pelotas de nosotros, puede que esta sea una de las razones de nuestros espontáneos enfrentamientos.
La cubitera de hielo tiene múltiples usos, aunque no lo parezca, pues con ella se puede pedir a la azafata que baje a enfriar los frenos después de un aterrizaje (en boca del Comandante siempre impone más y tiene más credibilidad), también puede servir para bajar a poner hielo a algún cadáver (inexistente por supuesto) que se lleva en la bodega del avión (bodega no es dónde guardamos el vino, sino el compartimiento en el que van las maletas), e incluso puede servir para pasearse por todo el avión ofreciendo más hielo a los pasajeros, “más hielo, quieren más hielo, más hielo”, sobra decir que la cubitera llega vacía, pues hay pasajeros que todo lo quieren, siempre que sea gratis.
Los fingidos enfrentamientos entre piloto y Jefe de Cabina (léase Sobrecargo) eran habituales. Habituales en el campo de las novatadas. Y la azafata nueva, generalmente joven y asustadiza, escuchaba aterrada como la Jefa se peleaba con el Comandante por no querer liarse con ella, o por no dejar a su mujer, o porque no dejaba de acosarla… a veces los enfrentamientos eran tan reales, que después de haber destapado la broma, los actores tenían (teníamos) que pedirnos perdón.
Cuando se mezcla zumo de manzana con un poco de agua en un vaso, se parece mucho a un trago de whiskey, y emborracharse durante el vuelo no es normal. No, no lo es. Así que cuando una azafata nueva sube a un avión, y es testigo de los copazos que se consumen durante el  vuelo se asusta, pero se asusta más cuando se le pide que no diga nada al Comandante. Entonces el Comandante en cuestión (que está al tanto de todo), la llama a Cockpit (que es ni más ni menos que la cabina de los pilotos), para preguntarle. Ella se sonroja se pone nerviosa, murmura, se asusta y acaba confesando. ¡Chivata!, y empieza la segunda parte en la que el Comandante exige una prueba a la Jefa de Cabina de la tripulación, como el botiquín del aeropuerto está cerrado cuando lleguemos haremos la prueba de la uña (¿la prueba de la uña?, la Jefa tiene que fingir saber de qué habla, aunque le moleste no saberse el guión), la nueva mira a la Jefa, la Jefa aprieta las muelas para no reírse, ¡díselo tú, si quieres la maldita prueba se lo dices tú!, dice al final la Jefa para así saber de qué coño habla el Comandante; y éste, metido más que nunca en su papel, mirando al horizonte para no perder el semblante serio, le dice a la nueva que coja un trozo de uña y lo meta en un vaso, que luego los llevará a analizar. La Jefa que escucha todo desde detrás suspira, sabe que para seguir con la broma ella también tendrá que hacerlo. Se reúne la tripulación en el Galley delantero, y antes de empezar a explicar las órdenes del Comandante, es testigo de un momento que no puede enternecerla más: la nueva ha escrito en un vaso su nombre y está mordisqueándose la uña para obtener la prueba de su inocencia. La tripulación no puede aguantar la risa y desaparece detrás de la cortina. El Comandante sentado en su asiento no está presenciando la escena. Están las dos solas. Hay que terminar lo que ha empezado. Vamos a aterrizar. Adiós pasajeros. Adiós avión. Hola oficina. Y es en ese momento, sentados todos en una sala cuando se destapa la broma que no puede sino acabar con lágrimas en los ojos de la nueva. Lo ha pasado mal. Nos hemos pasado. Pedimos perdón. Muchas veces. Ella sonríe al fin. Todos tranquilos.
Las novatadas pueden afectar más de la cuenta, a veces la línea es muy fácil de traspasar.
Dos meses después nos hicimos amigas. Y trece años después ya se ríe de todo. En la vida todo es cuestión de tiempo.

Hay tradiciones que no deberían perderse, y hay días que no deberían olvidarse…

¡¡¡TO BREAK, BROKE, BROKEN!!!... los gritos no cesan, ¿y aún hay que llegar a TO WRITE!!!!?

 Cerraré la window…

10 de septiembre de 2011

Cualquier tiempo pasado, ¿fué mejor?

He estado con una amiga. Hemos compartido mesa y charla, y ha habido un momento en el que me ha confesado que cada día tiene más claro que ha nacido en la época equivocada. Yo siempre lo he creído, no de ella, sino de mí. Son conversaciones a las que llegas sin saber cómo, pero el vino te ayuda a llegar a rincones desconocidos de tu cabeza.
Ahora, al estar sola en casa, disfrutando de una taza de té, y con la única compañía de un silencio que a veces habla más de la cuenta, pienso en ello, y no puedo encontrar ésa época pasada a la que creo pertenecer, no hay un ayer que satisfaga mi deseo de viajar en el tiempo.
No me voy hasta las cavernas, que podría ser, ni tampoco a jalear a los gladiadores (a no ser que Russel fuera la estrella invitada, claro), la verdad es que no dejo de darle vueltas y no tengo ni la más remota idea de la época a la que me transportaría en caso de tener una máquina del tiempo en el salón de mi casa. Pues hay que asumir que aunque todos tengamos una personalidad y un carácter formado por el entorno en el que vivimos, hay algo que nos hace diferentes, un minúsculo detalle que nos convierte en personas conformistas o revolucionarias pasionales. Así que, cuando sigo perdida en mis pensamientos, me voy de paseo por otros Mundos (reales o no), y me imagino paseando luciendo una letra escarlata cosida en mi vestido con los hilos intransigentes del momento (¿quién me ha puesto en este escenario?). O puede que me convierta en la sombra de Manuela Malasaña… o simplemente me tocara ordenar el desorden en el estudio de Virginia Wolf (por dejar de lado el espíritu revolucionario de mis pensamientos). No lo tengo claro. Sabemos de épocas anteriores por lo que leemos, y gracias a los personajes famosos que alcanzaron la eternidad. Nada sé del hombre anónimo de antaño, así como sé que nada se sabrá de mí cuando haya desaparecido.
En ocasiones encontramos la tranquilidad al hablar de los tiempos pasados, pues creemos que fueron mejores, y llegamos a esta conclusión por lo que vemos a nuestro alrededor; por la falta de valores de la que tanto hablamos últimamente, y por la frivolidad egoísta que parece ser la última moda. Son las relaciones personales las que nos hacen querer salir corriendo, de nuestros hogares o de la era en la que vivimos. Parece que cada vez se respeta menos al prójimo, y pensar en uno mismo se está convirtiendo en una característica de la personalidad de los que paseamos por este recién estrenado siglo XXI. Puede que mañana, cuando alguien estudie los días en los que ahora vivimos, haga lo que hago yo, fijándose en personas destacadas de la Historia, en sus decisiones, en el entorno en el que vivieron, y descubran algo de mis años vividos que yo soy incapaz de ver ahora.
Puede que pensar en cualquier tiempo pasado, para encontrar la válvula de escape a este presente que nos ha tocado vivir, no sea más que una salida de emergencia virtual que creamos simplemente por nuestra incapacidad de valorar lo que tenemos hoy, disfrutar de nuestros días presentes e intentar vivir para recordar luego con una sonrisa.
Al final, por mucho que nos empeñemos en hacer de nuestra vida una aventura, tengo claro que no sólo contamos nosotros en nuestra propia historia, pues esta se escribe gracias a los que tenemos alrededor, todo influye en nuestras decisiones y en los caminos que tomamos. Si estuviéramos solos, estaríamos perdidos, pues hablar para escucharnos no nos permitiría ver más allá de nuestros ojos, necesitamos de alguien cerca de nosotros, necesitamos conocer a una persona egoísta para poder definir el egoísmo con certeza, necesitamos del cariño de otros para sentirnos queridos, necesitamos sentirnos importantes para alguien para así sentirnos útiles, necesitamos valores en los que creer para no perdernos en nuestro propio camino, necesitamos amar para descubrir lo grande que es nuestro corazón, necesitamos el abrazo de un ser querido para saber que no estamos solos…
Necesitamos ser consecuentes con las decisiones que tomamos…

A veces, mirando a nuestro alrededor, descubrimos una hipocresía que nos asusta, y en ocasiones intentamos tirar la toalla haciendo de la absurda moda del momento una rutina que ya vemos normal. De nosotros depende el mañana, cada uno de nosotros somos importantes, al margen de ser o no un nombre propio que se estudie en el futuro.

La cordura y la locura pueden ir de la mano (véase el nombre de este libro virtual en el que escribo), pero el secreto está en saber cuando debemos hacer uso de la una o la otra. No doy lecciones de nada, sólo pienso, escribo y comparto. Puede que más de la cuenta (por lo de pensar, digo), pero ayer, disfrutando de una copa de vino con una amiga, sentadas en una tranquila terraza, y compartiendo anécdotas entrañables, no pude sino preguntarme cuál era la razón por la que ambas quisiéramos vivir en un tiempo pasado… ¡lo teníamos todo!, la tranquilidad, la complicidad, el divertimento y hasta el vino… ¿qué faltaba entonces en nuestro presente para querer largarnos al pasado?... sigo sin saberlo. Aunque ahora, cuando mi silencio es el que habla, sólo se me ocurre que nuestra huída estuviera planeada por nuestra incapacidad de asumir que este tiempo en el que vivimos es el que nos ha tocado, y que si algo no nos gusta de nuestro entorno tenemos que intentar cambiarlo. No normalizarlo…

Llevo dos días sin subirme a un avión, puede que no sea bueno pasearse tan cerca de la realidad, pues desde allí arriba todo se ve diferente, todo se ve más pequeño, incluso los absurdos problemas que inventamos son tan diminutos que incluso desaparecen… puede que el secreto de estar allí arriba no sea otro que darnos otra perspectiva de las cosas.

Si cualquier tiempo pasado dicen que fue mejor, me esforzaré en vivir el presente, pues lo que hoy viva será el pasado de mi mañana…

Pensar no es bueno… no ayuda nada.

26 de agosto de 2011

Señores pasajeros, muchas gracias

“Ha sido un placer volar con usted, espero verla más a menudo,” así se despidió un pasajero en una ocasión. Me bajé del avión encantada, ¡bien hecho Daniela!, llegué a casa, me puse mis mejores galas, y un par de horas después ya estaba disfrutando de mi primer gin de la noche con mis amigos. Cuando de repente, ¡sorpresa!, el pasajero en cuestión se planta junto a mí en la barra, me mira de reojo, pide su copazo (hay copas, copitas, o copazos), y me vuelve a mirar… “perdona, pero es que me suena mucho tu cara, ¿nos conocemos?”, fingí la mejor de mis sonrisas, “no, creo que no, lo siento”, y regresé cabizbaja con mi grupo de amigos. Tres horas habían pasado, ¡tres horas!, y ya se había olvidado de mí... ¿espero volver a verla?, ¡mentiroso!...

Moraleja: los pasajeros tienen mala memoria.

Hay un catálogo tan extenso de frases en el Mundo de la aviación que cuesta elegir los mejores momentos (vividos o robados). Este primero es un claro ejemplo de lo poco que dura la emoción de hacer un trabajo bien hecho. Y por trabajo se entiende, servir, sonreír, y seguir sirviendo. A sus pies mi cliente… le haré creer que usted siempre tiene la razón.

Cuando hace unos días hablé acerca de recordar anécdotas vividas en los aviones, una amiga me recordó una que extrañamente no recordaba, “¿te acuerdas de la del murito?”, me dijo… y después de darme un par de pistas, me acordé. “¿Cómo había podido olvidarla?, ¿cómo pude olvidar a aquélla familia?”... viajaban por primera vez a las Islas Canarias, una hora después del despegue nos llaman con cara de emoción, “¿dígame señor?”, y el señor en cuestión, muy educado pide que por favor los avisemos al llegar al murito, “¿murito?, ¿qué murito?” (are we flying to Berlín?), “sí, sí, el murito”, dice convencido, coge la revista del asiento delantero, busca el mapa de España, y señala la delgada línea que se dibuja en los mapas para acercar las mencionadas Islas a la península… sorpresa (no te rías, no te rías, no te rías…), el problema no es si reírse o no, el problemas es cómo le explicas a esa persona el por qué del no-murito… y  yo, profesional dónde las haya, me disculpé y me fui a buscar a la Jefa de Cabina del vuelo para que atendiera al señor de la fila 16… la explicación que le dio no la recuerdo, o puede que no quiera recordarla. Era una familia entrañable, hay preguntas que enternecen a cualquiera.

Moraleja: los mapas tienen trampa.

Tenemos que ser agradables, hasta cuando el insulto se planta a pocos centímetros de nuestra maquillada cara. Puta puede ser un insulto o una profesión, yo considero que es un insulto cuando estás vestida de uniforme, trabajando en un avión. Puta-guantazo. Acción-reacción. Pero no, no puede ser… ¿o sí? En aquél momento la reacción aguantó al guantazo y se conformó con un simple: fuck you! Insultar en otro idioma parece menos grave. Y ser insultado sin razón no merece una respuesta o enfado… somos culpables de lo que no somos culpables, es parte de nuestro trabajo… Me contengo, intento que la última palabra no sea la mía, pero a veces es imposible, nos lo ponen fácil para caer en la tentación, y la respuesta es inevitable.

Recuerdo un vuelo en el que después del aterrizaje, una pasajera abandonó el avión dando tumbos, diría que iba borracha, pero sería más gráfico decir que llevaba un pedo que no se mantenía en pie. Minutos después de abandonar el avión vuelve a toda velocidad (casi rodando creo recordar), “¿olvidó el brindis de la despedida?”, pensé intrigada. Saludó mirando al horizonte, y sin responder a mi interés por saber qué quería, se dirigió a su asiento abrió el bin (maletero-compartimiento superior) y sacó una sillita de bebé (rebautizada por la nueva generación de madres como maxi-cosi), yo recé en silencio porque fuera vacía. Mis plegarias no fueron atendidas, allí estaba su bebé, mirando alucinado a su alrededor… nos quedamos todos tan alucinados que no dijimos nada, el Comandante me miró con cara de pocos amigos (a veces “los de delante” piden explicaciones ilógicas), y la señora se esfumó. Con su bebé y con su pedo…

Moraleja: si bebes, no viajes con bebés.

Lo del zumo de tomate es para escribir un capítulo entero (prometo hacerlo), pues nunca he entendido por qué hay personas que beben zumo de tomate SÓLO cuando suben al avión. “¿Lo quiere preparado?”, preguntamos, “sí”, contestan. Sin saber qué significa la pregunta, pero claro, no se suben a un avión para encima tener que prepararse ellos la bebida…

Moraleja: la mancha de zumo de tomate es difícil de limpiar, yo aviso.

Hay un compañero al que no puedo olvidar por una frase memorable. Fila 25 ó 26, vuelo a Las Palmas de Gran Canaria, pasajera con bandeja de comida, carne estofada con patatas (por definirlo de alguna manera), se gira buscando al compañero en cuestión, “disculpe, es que la patata está mala”, el compañero en cuestión coge la patata, la mira intrigado, y le dice (a la patata): “patata mala, mala patata”, devuelve la patata a su plato anhelado, “ahora patata buena”, añade, sonríe y sigue su camino. No hubo respuesta. Hay situaciones que nos dejan sin palabras…  

Moraleja: ¿somos lo que comemos?

Hay frases que sacadas de contexto son simplemente: extraordinarias… “Disculpe, es que vengo empalmado de Palma y no tuve tiempo… ¿me calentás la mamadera?”, ¿ofende que nos digan algo así?, seamos justos, a nosotros también nos pasan por alto algunos detalles: "Señores pajeros, bienvenidos a bordo..." (hablar por el micrófono a la multitud no es fácil, y menos la primera vez...)

Moraleja: Un fuck you! a tiempo puede ser una victoria…

20 de agosto de 2011

El 20 de Agosto de nuestros calendarios




A veces la vida decide por nosotros. Y nada podemos hacer para llevarle la contraria…

Dicen que es más fácil hacer reír que hacer llorar, yo no intento ni lo uno ni lo otro. Pero sí que sé que es más fácil escribir letras simpáticas que letras tristes, aunque a veces una sonrisa sea tan complicada de dibujar o de describir… hoy es un día triste para escribir, para recordar, para pensar y para sonreír. Hoy volaremos hasta ayer, hasta un 20 de Agosto. Hoy recordaré sin querer recordar…

Recuerdo mucho calor en mi terraza, un zumo de tomate y la música gritando desde mi altavoz, conversaciones infinitas con Anita en mi casa, mucho ruido y muchas palabras… una llamada de teléfono.

Silencio.

…una columna de humo negro a lo lejos manchando el cielo ya entristecido… llamada de teléfono. Grito ensordecedor de mi amiga. Incredulidad, confusión y miedo. Mucho miedo…

Desolación.

Han pasado ya tres años. Y hoy aún parece imposible creer que un día cualquiera el horror decidiera vestirse de azul y naranja, con la única intención de recordarnos que él tiene el control, y que no importan nuestros planes, ni nuestro esfuerzo por ganarle la batalla al destino… somos las marionetas que bailan a su antojo. A veces premiadas, a veces castigadas. Simples marionetas… y todo nos puede pasar. Allí arriba, o aquí abajo, la sorpresa a veces es maldita, y no nos da la oportunidad de abrazar a los seres queridos para despedirnos…

Esta loca dama cuerda que escribe, lo hace con la intención de ironizar y arrancar sonrisas a los que me lean. Intento que muchos se vean identificados con lo que cuento. A veces intento distorsionar la realidad, buscando el lado positivo de cualquier situación. Pero ni siquiera el optimismo es suficiente en contadas ocasiones, y esta es una de ellas… hoy intuyo que el insomnio tendrá una razón para acostarse a mi vera. Y sé que también lo hará junto a muchos de los que me lean…

Recuerdo la primera vez que me subí a un avión, ¡cuánto ha pasado desde entonces!, estaba asustada y nerviosa, hasta que apareció una Jefa de Cabina con rostro de muñeca y voz grave que se sentó a mi lado, para enseñarme mucho de lo que ahora sé. Casi todo. Los principios siempre nos marcan. Recuerdo años después, cuando era yo entonces la jefa de cabina, y senté a una compañera desconocida a mi lado, hablamos sin parar, “no quiero hacerme mayor”, fue una frase suya que se me quedó grabada. Maldito destino, que a veces escucha nuestras plegarias. Recuerdo a una joven compañera de sonrisa eterna, a la que veía dentro y fuera del avión, disfrutando de la noche con sus amigas, hablando de los hombrecitos y de la vida, intentando encontrar su lugar en el mundo adulto. Recuerdo aquél alumno, su primer día de clase, su voz cantante, su simpatía andaluza, su madurez escondida… recuerdo un relevo por Italia con aquél piloto que conocía la normativa casi de memoria, y a aquél otro piloto que siempre aparecía con su sonrisa de medio lado... recuerdo a aquélla que sonreía con su mirada al hablar de su primer hijo, recuerdo incluso a los que no llegué a conocer… recuerdo, recuerdo, recuerdo…

Recuerdo la rabia del día después. La indignación al encontrarme con las portadas de periódicos crueles, que ya empezaban a amarillear. La necesidad de encontrar culpables cuando aún no se había asumido la pérdida… ¡qué cruel puede llegar a ser el ser humano cuando no es víctima de un dolor que afecta a una multitud!

Ha pasado el tiempo. Han pasado los juicios. Y las series de televisión ignoradas. Y a pesar de mi interés por saber, y por aprender siempre algo nuevo, diré que en este caso: no me interesa nada el informe de la Comisión de Investigación de Accidentes, no me interesa hablar del estado de los aviones, ni tampoco culparé a aquéllos que ya no se pueden defender. No quiero leer párrafos y conclusiones que dibujen los rostros de las personas a las que tuve la suerte de conocer. La ignorancia lo hace todo más fácil en ocasiones. En este caso puede que sea ignorante, quiero serlo. Todo está muy cercano. Cercano en el tiempo, cercano en el espacio. En un Mundo en el que un criminal cobarde asesina por la espalda para pasearse después impune por nuestras calles, no creo que sea justo castigar al que nunca tuvo la oportunidad de defender su inocencia. La vida es jodidamente cruel. Jodidamente injusta.

Resignación.

De nada sirven mis letras, lo sé. No necesito un calendario que me recuerde los días pasados. Pero si inventé este lugar para compartir todo lo bueno vivido, día tras día, en este Mundo nuestro de la vida aeronáutica, no me parecía justo obviar esta fecha, y dejar pasar la oportunidad de regalarles unas letras que sé que leerán, estén dónde estén, y sé que sonreirán al recordarnos con el mismo cariño que nosotros los recordamos…

Mi cariño para todos mis compañeros, para los que seguís ahí, y para los que elegisteis tomar otro camino, mi cariño para los familiares de los desaparecidos pasajeros desconocidos. Ellos son parte de nuestras vidas por un instante, y en este caso, ese instante nunca será olvidado.

El recuerdo mantiene con vida a los que perdimos en el camino, y en este caso, su recuerdo además nos regala una sonrisa… Nunca sabemos cuando será la última vez…, nunca debemos dejar palabras sin decir, a veces la vida no da segundas oportunidades. Hoy aprovecharé la inevitable melancolía del momento para dar las gracias a todos los que me regalasteis recuerdos imposibles de olvidar…  

Sé que cuando la vida lo decida, volveré a veros… a vosotros y a Ellos…

Y ahora, me tomaré un Dry Martini a Tu salud… te prepararé uno, por si acaso…

Hasta siempre. Hasta pronto…






8 de agosto de 2011

Compartiendo mesa y monólogo

Sí, sigo sin veranear. Pero tengo la suerte de salir de vez en cuando de mi ciudad maleta en mano, y además me pagan por ello. Puede que mi destino sea, en muchas ocasiones, pasearme por aeropuertos si más. Pero al menos salgo, veo el Mundo desde mis tacones, y cambio de escenario cuando la película ya empieza a aburrirme. ¡Qué suerte la mía!

He estado “por ahí”, no importa el destino en este caso, porque es más de lo mismo. Me he ido unos días a mi segunda casa, léase “la habitación de “ese” hotel” (¿hoy estoy misteriosa?). Suerte que coincidí con otros compañeros, compañeros que a veces son completos desconocidos en las distancias cortas, cuando el uniforme se queda descansando en el hotel, pero con los que sales a cenar porque la situación te invita a hacerlo. Y así, una noche cualquiera, se convierte en otra noche diferente.

Los que trabajamos en este mundillo, sea o no por vocación, tenemos la capacidad de tejer lazos invisibles que nos unen a personas anónimas que por un instante se convierten en algo más que simples compañeros de trabajo. Puede que sea porque en esta vida de idas y venidas, encontremos en el de al lado la complicidad o la amistad que dejamos en nuestros hogares, a veces durante muchos días. Somos, de alguna manera, la familia que echamos en falta. Curiosidades de este mundillo que algunos definen como frívolo… ¡ay la envidia, qué mala es!

Sigamos. Mi noche fue divertida. Pero desde este rincón mío, me disculpo ante todos mis acompañantes de anoche (no nos asustemos, nada grave), pues soy consciente  de que me marqué un monólogo durante la cena que no pude controlar... Puede que después de tantos días rodeada de mis sobrinos necesitara hablar de algo que no fueran sirenas de mar, fantasías de princesas y castillos en la arena… o puede que sencillamente, sea un poco cotorra. Sí, creo que lo segundo. Asumo la culpa. No hay excusas que valgan. Aunque he de decir que la suerte estuvo de su parte, pues de haber habido algo más de vino en mi copa, no sé qué habría sido de ellos… ¿me habría quedado sola?, ¿con la cabra? (aclaro: había una cabra en la puerta del restaurante, no pidan explicaciones, no las tengo)… su paciencia bien mereció un gin-tonic, se lo ganaron gracias a mi incontinencia verbal… ¿dónde está el freno de mano del cerebro?

Es habitual que las personas ajenas a nuestro Mundo (sí, con mayúsculas, que me estoy viniendo arriba), nos conviertan en las estrellas de la noche, pues las anécdotas aeronáuticas dan mucho juego… pero ayer no era el caso. Todos los allí presentes estamos metidos en este Mundo, volamos, o estamos volados, según quién defina la escena. Y cada uno teníamos una historia más simpática que contar que el de al lado. Alguien me dijo que tenía que haber escrito un libro de anécdotas, yo asentí, y mientras la conversación seguía en el otro lado de la mesa, yo hice uso de mi capacidad de evasión disimulada de la conversación, y pensé en las razones por las que no escribí todas y cada una de las anécdotas vividas on board (el bilingüismo, ya sabéis), y llegué a mi propia conclusión: tardé mucho en descubrir que me gusta compartir lo que escribo. Contar historias, inventar, entretener o aburrir, lo que sea. Aunque llevo haciéndolo toda la vida, no fui capaz de compartir mis escritos hasta hace bien poco. Y ser leída por otros, es lo que me gusta de estar aquí sentada, pues creo que mis letras a veces ayudan a otros a poner nombre a algo que ellos no saben nombrar, o a buscar respuestas para los que no son capaces de preguntar. Como yo. O simplemente espero que, por un instante, puedan evadirse de sus preocupaciones gracias a la sonrisa que dibujo para ellos… (me estoy poniendo tierna, cambio de párrafo)

Si volviera atrás lo haría. Escribiría tantas historias que tendría que inventar folios para que todas ellas cupieran… pero hacerlo ahora, no sé… el paso del tiempo distorsiona la realidad, y puede que al contar algo, las palabras hablen de lo que me hubiera gustado que pasara, aunque no fuera la verdad. Aunque pensándolo bien, allí arriba todo es posible. Todo.

Sí. Creo que lo haré. Pero no llenaré de páginas un libro infinito. Prefiero hacerlo poco a poco. Contando lo vivido, o robando lo que otros me cuenten… porque si hay algo que sé es que cuando una historia se convierte en leyenda, todos queremos ser los protagonistas, y siempre hay alguien que te dice “yo iba en ése vuelo”, “mi mejor amiga iba en ése vuelo”, “eso le pasó a mi novio”… así que no creo que pase nada si robo anécdotas que otros me regalan… siempre podré decir que yo estaba en ése vuelo, pues es una suerte que la misma situación se pueda repetir varias veces… porque ¿a cuántos se nos ha levantado un pasajero en mitad de vuelo para pedirnos que abramos la puerta que ellos se quieren bajar ya? (y no hablo de histeria, sino de naturalidad absoluta: “no, por favor, abra la puerta que yo me bajo aquí”, a 36000 pies de altura, ¡con dos pelotas!), ¿y la azafata que se queda en el país de destino, sea por la razón que sea, y desaparece sin más, por amor o por locura?, ¿y el que se mete en el baño a fumarse un cigarrillo de la alegría y sale con el colocón de su vida?, ¿y esos pasajeros rurales que salen del pueblo y aparecen gallina en mano en el primer vuelo de sus vidas?, ¿y la señora que habla al aireador creyendo que es un micro para llamar a la azafata?, ¿y por qué no hay paracaídas?, ¿y por qué los aviones vuelan? (“Dios es grande, señora”, es la mejor respuesta)… hay mucho, mucho que contar, así que si me disculpáis, os mando un saludito, acabo estas letras y me pongo a ello. Seguro que alguien me recuerda algo que olvidé, “¿no te acuerdas Daniela?, si tú ibas en ese vuelo”… tanto hablar, tanto hablar, y no cuento lo que me pasó a mí, ¡joder!, para una vez que soy protagonista de algo…

Recordando, recordando, recuerdo aquélla vez que después de aterrizar le pedí a una azafata que bajara a enfriar los frenos del avión cubitera en mano. Y bajó. Como bajó aquélla a la que le pedí que fuera al avión de al lado de la RAM (Royal Air Maroc) a pedirles leche… pero esto entra en el capítulo de novatadas, una tradición que no debería perderse nunca…

Me largo con mis recuerdos, a pensar en mi primer vuelo y en la novatada vivida (¿sufrida?), ¡vaya!, me quedé sin tinta… la cuento next time

27 de julio de 2011

Veranos en uniforme

La gente me dice que me echa de menos, y mi sonrisa desaparece cuando entiendo que no es a mí, sino a mis letras. Mi alter ego tiene más éxito que yo, ¡lo que me faltaba!, estoy perdida…

Pues bien, como algunos sabéis soy azafata de vuelo (el otro día una chica en la tele dijo “soy personal de vuelo”, ¿nos llamamos así ahora?), y en ocasiones me siento delante de un folio virtual a explicar el por qué de mi trabajo, el cómo de la soltería a los treinta y tantos, y el cuándo podemos tener una cita a ciegas (nunca se sabe…)

Queridos todos, sólo hay una razón por la que en estos días me he alejado un poco de vosotros: mi trabajo, sé que habéis echado de menos mi compañía, lo siento. Podría engañaros con estos deditos que tanto inventan, pero soy incapaz de traicionar a nuestra amistad, así que seré franca: es verano, y en verano el “personal de vuelo” está jodido (hay palabras que aunque sean mal sonantes, tienen su lugar asignado en cada párrafo, y con mal sonantes no me refiero a “personal de vuelo”, no). No diré que de repente tengo plumas, porque el chiste es muy fácil, y como diría mi lindo sobrinito, quiero que uséis la almendrita para pensar, no voy a darlo todo hecho; pero que me despierto sin saber dónde estoy es una realidad, y no por haber trasnochado, sino por haber paseado mi trolley por todos los aeropuertos posibles y por la recepción de distintos hoteles, para caer rendida en cualquier cama, despertando con el uniforme puesto… yo también quiero ser una indignada, where is my plaza?
 
La otra noche manteniendo una conversación con un lindo desconocido sin nombre y con mirada para recordar (¡toma frase!), me dijo que me cambiaba el trabajo, pero cobrando lo que él cobraba y trabajando lo que yo trabajaba. En aquél momento no me quedó otra que sonreír (asumo que no entendí muy bien la frase, thanks gin), pero el día después, cuando los gin-tonic en cuestión nadaban lejos de mi cabecita, recordé la frase y llegué a la conclusión a la que él llegó solito: cobro una mierda por no hacer nada… o al menos eso es lo que parece que se percibe desde el asiento desde el que nos sonríen los pasajeros desganados (llamémoslos clientes), suplicándonos una bolsa de cacahuetes gratis con resignación... ¡qué hoy día se cobra hasta por dar los buenos días!, ¿no hay nadie que lo entienda?

No hablaré de dinero, no lo hago con los allegados, no lo haré con los desconocidos; y tampoco voy a entrar en si trabajamos poco o mucho (¿con quién me comparo?). Pero si hay algo de lo que quiero hablar, es de por qué muchos me habéis echado de menos, a mí no, a mis letras (tanto monta, monta tanto), e intentando encontrar una razón que también me convenciera a mí, he llegado a la conclusión perfecta: es verano, trabajamos mucho, más de lo normal, las personas viajan más, y nosotros vamos con ellos. El resto del año puede ser diferente, pero ahora todo cambia, la gente quiere irse, se agolpan sin miedo a la manada, están acalorados, tienen sed, se enfadan, no se duchan, quieren llegar ¡ya!, y a la vuelta se enfadan porque tienen que regresar, no soportan a su familia y nos hacen partícipe de ello, algunas se creen las más guapas de la playa y se lo siguen creyendo on board adoptando una actitud de estrellita de Tele 5, los grupos de chicos que han conseguido ligarse a la guiri borracha suben creciditos, sintiéndose el dandy de moda por un instante, y se creen su papel hasta tomar tierra en destino (vuelta a su “yo” real)… somos testigos de todo… por favor abróchense  los cinturones, y cállense un poquito (ésas frases prohibidas y pensadas). Su retraso es el nuestro (y además los acumulamos, uno detrás de otro), y el aire acondicionado tampoco funciona para nosotros… pero claro, es nuestro trabajo y “debemos” asumir las broncas, he aquí una de las razones del uniforme: escudo protector…

El verano nos gusta a todos, a mí me encanta (¿debería decir me encantaba?), sobretodo por sus recuerdos: aquéllos días en los que nos metíamos toda la familia numerosa en un coche camino del apartamento y de los treinta días de vacaciones que nos esperaban… para pasar un otoño entero entristecidos por separarnos de aquél amor estival… cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Dicen. Lo corroboro, en este caso.

Ahora, desde hace más de una década, los veranos no son más que escapadas efímeras, ir y venir (gratis, sí, ¿y?), para disfrutar de algún día de Sol, playa, montaña, desconexión, tinto de verano… porque una vez enfundada en tu primer uniforme asumes que tus vacaciones ya no serán como tú quieras, que los fines de año no siempre te abrazarás a tu familia, y que ese concierto al que querías ir seguramente lo tendrás que ver gracias al video grabado por tus amigos… volar es una forma de vida, y como tal hay que asumir lo bueno y lo malo. Yo opto por disfrutar de lo menos malo, siempre hay alguien que te recuerda lo que no quieres oír…

No se me ocurre una anécdota vivida en estos días, sino muchas, así que lo dejo para mañana o pasado. Mientras tanto pensaré en la frase de aquél desconocido de linda mirada, y planearé un encuentro con fotocopia de la programación del mes y nómina en mano, puede que al menos una persona ajena a nuestro mundo nos entienda un poco mejor, o puede que acabe el verano con idilio que recordar en otoño… nunca se sabe, en esta vida de sorpresas todo es posible…

¿Y lo lindas que son las puestas de Sol desde aquí arriba?, me río yo de las puestas de Sol frente al mar… be positive my friend!

25 de junio de 2011

Casablanca tiene nombre de película

Venir a Marruecos siempre es lo mismo: cuscús, Mezquita, zoco y compras… siempre igual, llego a casa con un arsenal de especias que no tiene ningún sentido comprar, porque  no, no tengo un restaurante. Pero yo insisto. Las compro, e incluso dejo que pase el tiempo para que algunas de ellas caduquen (¿caducan?), y caducadas o no, tiempo después (hablo de años), las cosas no saben igual. Pasado un tiempo, nada es igual… ni en la cocina, ni fuera de ella.

Hubo un instante, antes de anteayer, en el que al llegar aquí me sentía segura, tranquila y conocedora de cualquier lugar por el que decidiera perderme. Ningún miedo por encontrarme en territorio extranjero, ni por perderme en cualquier zoco laberíntico… pero no nos engañemos, estamos en Morolandia, y aquí cualquier sorpresa, aroma, o cántico religioso te espera a la vuelta de la esquina. Me esperó la sorpresa, y me encontró. Corrijo: nos encontró. Pues éramos tres once again, y cual mosqueteros fuimos sorprendidos… ¡emboscada!... empiezo a desviarme del tema y nada se entenderá como no enderece estas letras torcidas.

Aclaración: Morolandia no es en ningún caso un apelativo despectivo, es como Disneylandia: la tierra de Disney, pues Morolandia: tierra de moros… y no sigo porque con Finlandia se me fastidia el planteamiento…

Sigo.
Marrakech: bien, Fez: bien, Tánger: bien, Meknes: bien… ¿Casablanca?: tocado, pero no hundido. Sabía que Sam no estaría, pues hace mucho que la nostalgia del blanco y negro cedió paso a los colores, pero no me quedé sin visitar el Rick’s café, aún sabiendo que estaba visitando un lugar falso, copia de un eterno escenario inventado e idolatrado en el Hollywood de la añoranza. Imaginé a Lauren, y la vi, soñé a Bogart, y me sorprendió: tan grande en la pantalla, tan diminuto en la realidad… todo se presentaba bien, divertido, una nueva película rodada por mi memoria adelantada. Un paseo por un rincón de Marruecos desconocido para mí.

Y una vez más cualquier anécdota vivida en vuelo  pasó a segundo plano, pues la anécdota esperaba en el destino. Así que despegamos para aterrizar, aterrizamos para descansar, descansamos para pasear… y paseamos para ser sorprendidos. Y aquí es donde empieza el espectáculo: “mi espectáculo”, la adaptación de cualquier película de Bourne al mundo real, con todos los ingredientes necesarios para empezar a rodar: Bourne (gilipollez si no estuviera), una chica (¡esa soy yo!, ¡yupiii!), el “gran jefe”, el cauto que todo lo observa desde la distancia, dejando que sea la estrella la que solucione los problemas, el malo, la trama, y el final… faltaba la banda sonora, así que para inspirarme mientras escribo esto, le doy al play y dejo que Nina Simone elija el tema que crea conveniente entonar…

Empieza la movie: camino de un restaurante español (¿por qué me hacéis esto compañeros?, ¿por qué me priváis de mi cuscús?), iba uno de nosotros, J., o sea Bourne, charlando con su Iphone nuevo por la calle, y el “jefe” y la chica, o sea F. y yo misma, andábamos dos pasos por delante, así que fuimos "semitestigos" (vimos pero no vimos) de lo ocurrido. Recuerdo poco, pues fue rápido, pero sé que escuché: “¡Hijo de putaaaaa!”, grito ahogado, “¡qué me ha robado el teléfonoooo!”, otro grito… me giré y vi a J. Bourne corriendo cual  gacela detrás de un diminuto personaje ( el malo, claro), “¡police!, ¡police!”, gritos desesperados… y así empezó todo, con un ladronzuelo de metro sesenta y minoría de edad, el robo de un Iphone 4 (¿habría sido diferente de haber sido uno de primera generación?), y un compañero convertido en estrella de acción por una tarde, eterna tarde, en la que descubrí el maravilloso mundo de los ladronzuelos, de la policía secreta (¡tremendo lo de la policía secreta!, por un momento creí que eran actores de verdad…), y la eficiencia (¿risas de fondo?) de un trabajo bien hecho (¿más risas?), en una comisaría de policía marroquí… buen comienzo, sí señor, ¿me quería perder yo tremendo capítulo?...
Sorprendida me quedé por varias cosas; en primer lugar porque el ladronzuelo fue capturado después de una carrera olímpica de unos 800 metros entre calles, bulevares y callejones que no existen ni en los mapas, porque mi Bourne repentino no agotó fuerzas hasta alcanzarlo (eligió buen mes para dejar de fumar), porque no hubo testigo de la persecución que no se uniera a la “buena causa” para ayudar a J. a coger al ladrón, porque una vez capturado todos quisieron retenerlo hasta la llegada de los “tremendos” polis (suspiro en la sala)… y porque el resto de la historia es surrealista… primero una comisaría, luego se decide que no, que mejor otra, nos sientan en un coche oficial con bufanda del Barça incluida, no dije mucho, lo justo, no estaba nadie para aguantar mis coñitas; llegamos a un edificio tan vetusto como la historia de esta ciudad, y resulta que no era la casa de nadie, sino la comisaría en cuestión, con el comisario cabrón, que no podía faltar, y sus secuaces gritando (¿quién dice que los españoles gritamos?, ¿han estado en una comisaría del mundo árabe, señores?), y allí llegamos, a una hora más o menos prudencial, para pasar la tarde-noche rodeados de los personajes más surrealistas que mi imaginación haya creado nunca… el poli cabrón, repartidor de collejas, el ladronzuelo atrapado esposado a un “colega” que resultó ser una copia mora del Dioni (por la mirada perdida), los padres de la criatura, que nos rogaban el perdón regalándonos sus llantos, sus abrazos húmedos, y su súplica (¿ensayada?), la mirada de “nuestro” pequeño delincuente que seguramente (según fuentes oficiales, y de estas conocí a unas cuantas) pasaría al menos un año en la cárcel (era la séptima vez que había sido atrapado), el respeto por ser turistas que era directamente proporcional al castigo que iba a recibir el “criminal”, la atracción que sintieron los chinches de mi mugrienta silla por probar mi pierna izquierda, la redacción de la denuncia escrita en árabe, con la rapidez con la que un invidente sin nociones de teclados puede escribir una simple frase, el agotamiento de la impresora, la cena que tuvimos que ¿disfrutar? a medianoche, la imagen que los hermanos Cohen habrían soñado inventar: dos delincuentes esposados, dos padres lloriqueando, tres turistas flipando, y una sala sin policías… pasa un ratín y J. está más relajado, así que empieza a  hacer fotos disimuladamente con su Iphone recuperado, mientras relata una y otra vez (hasta 136 veces) lo ocurrido, nuestro “jefe”, F., sigue mirando acojonado todo lo que pasaba a su alrededor, sorteando con la agilidad de una cobra los abrazos y besos de la madre compungida, la chica, o sea yo, comportándose como se habría comportado cualquier mujer en mi lugar: con cambios de humor repentinos; golpeando mis piernas para acabar con el chinche invisible, sonriendo al poli cañón, dando golpes a la impresora atascada, soltando una lágrima de pena al ver la despedida de una madre que manda a su pequeño delincuente a la cárcel, tengo hambre, ahora no, ahora frío, ahora calor… pues eso: hormonas para qué os quiero…

Salimos de allí por fin, no sin antes haber firmado una denuncia en la que J. además de poner su nombre escribió “I DON’T UNDERSTAND WHAT I AM SIGNING”, ¡con dos pelotas!, a nosotros nos van a vacilar… y allí dejamos a uno de los cincuenta y cuatro policías que pasaron por aquélla sala, que aún no sé si era la casa de alguien o una comisaría, mirando fijamente la firma y frase de Bourne, y rodeado de toda la familia del Vaquilla. Y si digo toda, es toda. Hasta la joven embarazada que decía ser su mujer… mis dudas tengo, y eso que me tocaron la fibra sensible. Pero el “jefe” dijo que no se creía nada, y del “jefe” hay que aprender…

Me quedé sin cuscús. Pero tuve vino, y cena. Fue un día largo, para volver a fumar en caso de haberlo deseado…

Hay ocasiones en las que me despierto en los hoteles desubicada, y me cuesta un poco recordar dónde estoy, y poco a poco me sitúo en mi realidad… en el caso de ayer, desperté y me costó entender que la noche anterior no había visto ninguna película, que no soy una estrella de cine (¡cachis!), y que los polis eran reales… los guapos y los inútiles; todos eran reales… y el recuerdo de la silla en la que me sentaron durante horas me empujó hasta la ducha, donde pasé gran parte de la mañana, intentando borrar cualquier huella de la noche pasada… y ahora, desde la distancia, no puedo sino sonreír al recordarnos a los tres, agradecer que nada grave nos pasara, sentir lástima por la familia rota, y preguntarme si en esta película mía también hubo una frase memorable… ¿será este el principio de una gran amistad?...
No sé si se espera moraleja de esta historia. Diría que hablar por teléfono y andar a la vez puede tener consecuencias desagradables… por alguna razón el hombre fue educado para no hacer dos cosas a la vez…

Siempre lo he dicho: no hay lugar más seguro que un avión…

9 de junio de 2011

China y cómo sentirse insignificante en un lugar infinito


Estudié chino durante seis meses. El curso acabó, el profesor regresó a su país (sí, debe de ser el único que ha regresado voluntariamente), y me quedé igual que estaba, pero con un diccionario de bolsillo de premio. El curso fue interesante mientras duró, incluso instructivo, diría yo, pues pronuncio Ni hao y Xie xie (para los interesados: hola y gracias) con un estilo que ya quisieran algunos. Puede que sólo sean dos palabras, pero ¡vaya palabras!, ¡qué soltura!...

Anoche regresé de China. El vuelo no fue largo, más bien eterno. El poco descanso que he tenido en 72 horas no sólo me ha robado el sueño, sino que también se ha quedado mi Jet Lag; esto de ir a Oriente me gusta. No cansa tanto, solo agota un poco, un poquito, casi nada. Ya en Madrid, durante el rodaje sólo podía pensar en una cosa: ¿cuántas veces habré dicho Ni hao y xie xie en tres días?, mi profesor estaría orgulloso de mí. Gracias Andrés (era profundamente chino, del interior de China vaya, apenas sabía español y se llamaba Andrés, el por qué de la elección de este nombre es una de esas preguntas sin respuesta…).  

Cada vez que llego a algún lugar nuevo, me meto en el papel de tal manera que consigo formar parte del escenario en cuestión de segundos; mentiría si dijera que en esta ocasión he hecho lo mismo. Me explico: en China no se pueden meter en el papel ni los chinos, su idioma es una farsa, un invento para despistarnos, y fingen no entender nuestros gestos, también para despistar. Hubo una camarera que me advirtió de no hacer una foto a su restaurante haciéndome un gesto que no veía desde que abandoné las canchas de baloncesto, me miraba cruzando sus manos, ¿por qué me pedía un cambio?, ¿querría que cambiara de mesa?, ¿de restaurante?, ¿de forma de vestir?... apagué la cámara y se relajó. Ahora le doy las gracias: sé decir no hagas fotos en chino, ¡qué pasada!, ¡qué fácil resulta todo cuando te mezclas con ellos!

Decir que estuve en China es ser bastante flipada. Las dimensiones del país son tales, que ni en cinco películas se la recorrería Forrest con sus carreritas. Estuve en Beijing, o Pekín (tanto monta, monta tanto). Si empiezo diciendo que hay una calle que mide 34 kilómetros (aunque soy de letras lo pongo en números porque impresiona más), pues creo que básicamente lo he dicho todo (¡corre ahora Forrest, venga valiente!), y en las escasas horas que estuve allí, aproveché el tiempo como si de un concurso se tratara. Tan solo tuve un ratito para descansar piernas, pies, espalda, cabeza, vista, oído, olfato… y por las cosas de la magia, también en ese momento de paz pude disfrutar de la compañía de dos personitas que se cruzaron en mi camino, para regalarme una conversación más propia de viejos conocidos que de desconocidos sin apellido. Quise despedirme en su catalán nativo, pero las dos palabras que sé de chino ocuparon con egoísmo esa parte del cerebro que tan agotada está siempre. Así que me despedí sin más, y creí que un hasta luego bastaría. Y bastó.

No planeé mi viaje. No suelo hacerlo sino es de placer (¡me encanta esta palabra!). El trabajo me convoca y yo me preparo: pido instrucciones a quien estime oportuno, hago la maleta, ducha, uniforme, sonrisa y despegue. Sorpresa. Me gustan las sorpresas, me encantan. Si bien es cierto que hay lugares en los que no están de más algunas instrucciones, China es el lugar en el que cualquier instrucción es necesaria, vital diría yo. Del hotel uno no puede salir sin una tarjeta del mismo, para que el taxista de regreso sepa dónde te hospedas; la pelea por los precios es cultura y/o rutina, ocurre en cualquier lugar, tal es la normalidad del regateo que a punto estuve de entrar en un banco a ver si conseguía mejorar mi hipoteca, pero no lo hice. ¿Y ahora me pregunto por qué?... para regatear hay que valer, y a mí me cansa, pero tengo suerte, pues gracias a mis ojos redondos, mi altura para ellos excesiva,  mi voz poco discreta y mi teatrera gesticulación conseguí hacer del regateo un arte, y llevar el control (o eso me creo yo, mi orgullo no me dejaría creer otra cosa).

Hablar del pato pequinés, del impresionante paisaje de una Villa Olímpica abandonada, de la estética de la ciudad, de las imitaciones, de los paraguas, la contaminación, el picante aderezo de las comidas, los atascos infinitos… hablar de todo lo vivido o imaginado es casi imposible, y sé que el lector desistirá dentro de dos renglones como no le dé alguna pista, alguna instrucción que él considere interesante para planear su próximo viaje. Así que me pongo manos a la obra. Me preparo una copa de vino, trago un relajante muscular y empiezo: la Gran Muralla es tan larga que por eso lo escribo con mayúsculas, dicen que se ve desde el espacio, yo digo que me importa un bledo, sólo sé que es una Obra maravillosa, y que merece la pena visitarla; pues sólo subiendo a lo alto uno es capaz de leer entrelíneas los pasajes de las historias que nos han contado.
Y como pasan los años y sigo sin hacer el Camino de Santiago, convertí mi espontánea visita a la Gran Muralla en una promesa: llegar hasta el puesto 13 (se supone el más alto), así que respiré profundamente dentro de mi vestidito de playa (apropiada, lo sé), y animé a mis piececillos de anticenicienta a cabalgar con ilusión los 1600 peldaños que tenía por delante (esta es la razón del relajante muscular y mi vino). Mis bailarinas suspiraron, gimieron, lloraron y se ganaron la vitrina en la que ahora descansan hasta que el Himalaya llegue a mi vida… ¿a quién se le ocurre ir con bailarinas a visitar la Gran Muralla?: a mí, una azafata. Está claro. ¿Antes muerta que sencilla?... No busquemos respuestas que puedan doler… y no, no me quejé ni una vez, no di muestras de agotamiento, mantuve la cabeza erguida (todo lo que me dejaba la pendiente de la subida), y sonreí al posar en cada foto. Sí, hacía calor, sí, hacía Sol, y sí, subí los 1600 peldaños. Me despido definitivamente del Camino de Santiago. Mañana me planto en la Plaza del Obradoiro con mi relato en mano y a ver quién se atreve a decirme algo… ¡venga esos percebes para celebrarlo!
Abandoné la Gran Muralla con la nostalgia que se siente cuando nos despedimos de aquello que anhelamos antes incluso de conocerlo. Y emprendí mi regreso al hotel, haciendo una fugaz visita a los fantasmas de las Olimpiadas del año 2008. Impresionante construcción, impresionante paseo, impresionante piscina, impresionante abandono. En China todo es impresionante: lo bueno y lo malo, lo nuevo y lo viejo, el ayer y el mañana.
Después de mi vuelta al hotel, los garabatos en mi Moleskine, y la ropa limpia sobre la piel recién duchada, volví a mi aventura, a los taxis y mis tarjetas escritas por los recepcionistas que se convirtieron en mis aliados.
De pronto regresé al pasado. A una pequeña sala de cine en la que mi madre y yo vimos una película cuya belleza no pude entender hasta pasados unos años, cuando volví a verla. Y gracias a Bertolucci descubrí la Ciudad Prohibida, paseándome por sus suelos empedrados, y dejando que la energía positiva de su enrojecido decorado me llenara de nuevas y grandes sensaciones. Siempre que voy a un lugar con historia me imagino cómo sería todo ahora si la historia de antaño siguiera viva. En mi imaginación puedo elegir ser quien quiera, pero nunca escojo el papel protagonista, puede que la historia nos haya enseñado la importancia de determinados papeles secundarios; decidí convertirme en concubina del Emperador, puede que en la preferida de las muchas que por allí pasearon, pero fui una de ellas… y entonces pude entender un poco más la magia del lugar.

Junto a la Ciudad Prohibida: Tiananmen. Una plaza. Tan solo una plaza. Ésa que el destino eligió de entre todas, para convertirla en un lugar histórico, otorgándole su espíritu de lucha, su alma estudiantil, su grito reivindicativo… un lugar que jamás descansa, pues aunque desértico, se escucha el murmullo del eco de las voces pasadas sin temor de romper el silencio…

Palacios, jardines, historias y leyendas de tiempos pasados. Hay mucho que ver, vivir y sentir… poco tiempo tuve, por eso sé que volveré. Y no es un pálpito el que habla ahora, sino la realidad, mi realidad, la de haber descubierto un lugar en el que sé que aún hay mucho por descubrir... un país que renace cuando ni siquiera ha muerto.

Wo ai ni… ¡toma ya!, esto no lo esperaba nadie ¿eh?...

(Junto las palmas de mis manos, agacho la cabeza con suavidad y sonrío, el papel es  mío, lo tengo claro…)