17 de marzo de 2011

La gente normal no lleva uniforme


A partir de hoy me referiré a los auxiliares de vuelo como azafatas, y aclaro que utilizo este término por varias razones; la primera es que es una palabra que está unida a la nostalgia de los inicios del mundo de la aviación, el glamour del ayer (“Café, té o yo”); la segunda es que aunque también haya auxiliares de vuelo del género masculino, la Real Academia de la Lengua me ha dado permiso para utilizar el femenino, si hay mayoría de féminas; y la tercera es porque me gustan las frases cortas y las palabras concretas y prefiero azafata que auxiliar de vuelo o tripulante de cabina de pasajeros. Y punto.

En aviación, nos referimos a la gente que no trabaja en nuestro mundo como “gente normal”. Así que la ofensa en determinados momentos no es tal, pues somos nosotros mismos los que nos estamos definiendo con tremenda afirmación. ¿En que nos convierte esto?, ¿en gente diferente?, ¿en únicos?, ¿en anormales?, ¿en marcianos?...

Intento analizar el por qué de esta definición, y repaso los días pasados, pero no encuentro en mis rutinas muchas características que me hagan diferente al resto, veamos; nuestros lunes los vivimos como domingos, dormimos en diferentes camas a lo largo del mes (y no necesariamente por promiscuidad), besamos a nuestros compañeros de trabajo cada día que nos encontramos (¡incluso al jefe!), nos referimos a alguien de cuarenta años como una “niña encantadora”, comemos de pie aún teniendo sitio para sentarnos, hacemos una maleta en tiempo récord (y sin apuntar en una lista lo que en ella metemos), sonreímos aunque no tengamos ganas… (¿Sigo?...)

Muchos de nosotros empezamos diciendo que “este es un trabajo para un tiempo”, “yo no voy a estar toda mi vida volando”, “si encuentro algo “de lo mío” lo dejo”… pero años después, aquí seguimos la mayoría, dejando que sea el azar el que programe nuestros meses, y viviendo cada día como una sorpresa; esta vida engancha, lo digo… pero también es cierto que algunos abandonan el barco (¡valientes!), con la única ilusión de empezar una nueva aventura. Y no hablo de irse a una playa desierta a montar un chiringuito (y esta frase está basada en hechos reales), sino a cambiar de vida. Sorprendería saber que debajo de cada uniforme hay personas de todo tipo (y no me refiero a desnudar a la multitud), hay pianistas, artistas, bailarines, abogados, empresarios, militares, cocineros, profesores… y más, mucho más. Así que no es tan raro que algunos quieran vivir una “vida normal”, después de haber disfrutado durante un tiempo de este trabajo en el que sin duda, mucho se aprende, sobretodo de relaciones personales que para mi gusto, son la base de todo...

Recuerdo un verano hace muchos años, en una terraza del Paseo de la Castellana (¿tengo que decir de Madrid?), que me encontré con una ex compañera. Estaba yo con mis normales amigas, y ella rodeada de chicos bronceados y con flequillito de falso surfero (¿de dónde ha salido esta definición?); las dos llevábamos el mismo bolso, pero ella era más guapa, lo asumo; por eso yo estaba con mis amigas, y ella con sus niños en camisa de lino… me hablaba de su nueva vida como pasante en un despacho de abogados, y de repente dice “es que el día que tuve que limpiar una mierda de un baño dije: este trabajo no es para mí”, se hizo el silencio, todos sus “fans” me miraron boquiabiertos, y yo me quedé tan flipada que no hubo contraataque (¡cuánto me ha enseñado este trabajo!). Sí, podría haber recordado el miedo que pasó en su último vuelo, y las lágrimas descontroladas por culpa de una turbulencia (para ser abogada, no tenía mucha memoria: yo estaba en ese vuelo), pero no dije nada. Me callé. La vi tan mona, tan futura abogada, tan estrella de la noche, tan linda con sus perlas de ex azafata… “ya hija”, contesté,  “a mí me toca seguir limpiando mierda”. Sonrisa de azafata y despedida.
Regresé con mis amigas, que aún siendo normales alucinaron tanto como yo, y me pedí otro gin tónic. Podría no decirlo pero… si mal no recuerdo acabé haciendo pandilla con los niños de lino. La diversión ganó a la belleza...  

Hay personas que se avergüenzan de haber trabajado aquí, y no lo entiendo. No es necesario criticar a nadie, “no me gustaba el trabajo”, sería suficiente. Pero son pocos los que reniegan, y yo he de confesar, que si algo he conocido en los aviones, además de gente fantástica, son personas muy interesantes, gracias a las que he aprendido mucho. Pues a pesar de venir de mundos diferentes, y tener educaciones distintas, el uniforme nos hace iguales, y como iguales nos sentamos a hablar, a veces de banalidades, a veces de cosas importantes, pero siempre hay un punto de vista que te hace pensar y que te enseña algo nuevo… porque sí, lo confieso: a pesar de ser azafatas también pensamos. Siento haber acabado con el mito de azafata-tonta de manera tan radical, pero es lo que hay. Aquí no venimos a engañar a nadie…

Y dicho esto soy consciente del daño que estoy causando: en dos artículos he acabado con el mito piloto-azafata, y con el de azafata-tonta… ¡Dios mío!, ¿seremos normales?…