14 de mayo de 2011

Café, té o Eurovisión en Dusseldorf


No es que los auxiliares de vuelo pensemos menos que el resto o que utilicemos menos la cabeza, no, no es esto. Simplemente tenemos la suerte de tener un trabajo en el que se nos permite en determinados momentos no pensar en nada, relajar la mente, alejarnos de las preocupaciones. Por eso nuestro cerebro a veces funciona como el de un niño, y cualquier cosa que se nos dice la asimilamos y repetimos sin pensar, pues en ese instante no tenemos NADA en la cabeza. Si estuviera aquí una amiga mía me diría: ¡venga esa metáfora!, según ella siempre hablo con metáforas. Será por mi incapacidad de hablar de las cosas tal y como son.
Lo ejemplificaré para aquéllos que no saben de lo que hablo, porque los que lo han vivido como yo lo entenderán en seguida. A veces, cuando paseamos por los pasillos ofreciendo algo, digamos café, nos paseamos con lentitud (salvo casos de turbulencia que sufrimos espasmos), y miramos a un lado y a otro hablando al aire: café, café, café, café… ¿quieren café por favor? (de vez en cuando una preguntita educada para romper el ritmo agresivo de la repetición) café, café, café (¿cuántas filas me quedan para el final?)… y la misma historia con el pan, con la prensa, con las infusiones (¿tiene té de jazmín?, pues no, señora, hoy no… “¿tiene usted en su casa?” una de las preguntas que nunca se hacen, pero que siempre se piensan). Bien, pues en este momento, en el que no pensamos en nada, y sólo repetimos una palabra a lo largo de treinta y tantas filas, si hay alguien que te dice algo, por ejemplo: “¡azúcar!”, no es que Celia Cruz nos esté animando desde el más allá, no, es simplemente que ha aparecido la persona del día, ésa que nos hace darnos cuenta de la parte autómata de nuestro trabajo, pues después de ese gritito la reacción suele ser: pararnos junto a su asiento, acercar la bandeja con el azúcar, sonreír, y emprender la marcha, pero algo ha cambiado, pues todo es tan rápido que no nos da tiempo a reaccionar y proseguimos nuestro camino gritando al aire presurizado: azúcar, azúcar, azúcar, azúcar… y tan en nuestro mundo estamos que ignoramos las sonrisas de los que nos miran divertidos, viendo nuestra cafetera en la mano y la bandejita en la otra… sólo una palabra y nuestro prestigio otra vez se pone en duda… ¡cachis! (obvia decir que generalmente, el cambio de palabra hace que muchos curiosos te pidan lo que ofreces, aún siendo diabéticos)…
Ayer me pasó esto mismo. Y también fue a la hora del café. Los pasajeros hablaban, no quise interrumpir, y hablaban acerca del maldito cáncer (lo de maldito es de mi cosecha, original, I know), así que esperé un instante, y cuando hubo una décima de segundo rescaté a mi sonrisa de su descanso y pregunté: ¿quieren cáncer, por favor?, me miraron asustados, me puse roja, sonreí, y me disculpé, perdón, ¿tomarán café, por favor?... cagada, lo sé, pero este es ése momento en el que mi cerebro estaba pensando en avestruces azules bailando la lambada con Jennifer López (por pensar en algo normal), y una se convierte en animal de repetición.
Me escondí en el Galley (cocina diminuta para la humanidad, para nosotros es un apartamento de 3 metros cuadrados que convertimos en segunda residencia, ¿por qué no desgrava entonces?), y empecé a pensar en cosas peores que me podrían haber pasado. Es un truco que aprendí hace tiempo, cuando algo malo me pasa, pienso en algo peor y así lo anterior se quedará en una banalidad. (Guiño de ojo)

Lo cierto es que hoy me había sentado dispuesta a hablar de la noche anterior a esta. Estuve en Dusseldorf, y tengo mucho que contar, pero como no quiero alargarme más de la cuenta, intentaré centrarme en lo más importante. Veamos: Dusseldorf está en Alemania (¡vaya forma de empezar mi resumen!), sigamos, en Dusseldorf  se celebra este año el Festival de Eurovisión, la ciudad estaba tomada por millones de banderitas y por fans de todas las nacionalidades (frikis en su mayoría),gracias a los cuales me aprendí la canción española, que ahora no recuerdo, pero... estaba bien, creo, bueno, no sé...¡Spain ten points y punto! y el tema de Eurovisión da para un capítulo entero, así que me lo reservo.

Los pies de las alemanas son proporcionales a su altura, por lo que descubrí muchos escaparates llenos de zapatos bonitos y grandes, me puse más contenta aún. Me colé en una fiesta (no en la de Mecano) con mi amigo-piloto lo que allí vimos bien merece un recuerdo a Blade Runner (the movie): he visto cosas que no creeríais; para que os hagáis una idea os diré que estuve más de media hora hablando con la reencarnación alemana de Bob Marley (Rest In Peace) pero cuando la música dejó descansar a unos cuantos decibelios, y fui capaz de concentrarme en la conversación, descubrí que el reggae boy no hablaba inglés, y tengo claro que yo no hablo alemán… así que me pregunté asustada: ¡¿de qué llevo cuarenta minutos riéndome?!, pues de mí, sin duda me tengo que reír de mí…

Hay mucho más, pero este cuento-diario-chorrada ya tiene bastantes palabras por hoy. Sólo diré que recomiendo visita a esta ciudad cuando sea posible, dicen de ella que tiene la barra más larga de Europa, situada en Altstadt, algo así como el casco antiguo del lugar, situado junto al río Rin, repleto de calles empedradas y peatonales, fachadas perfectamente cuidadas y pintadas, y restaurantes y bares pegados pared con pared, todos con terraza. Se bebe cerveza y se come salchicha. Un tópico, lo sé, pero un tópico muy rico… y hay marcha nocturna muy animada (no sólo por frikieurovisionmoment)...

Así que pienso ahora en la suerte que tuvieron mis pasajeros, pues de haber estado inspirada, me habría marcado el baile del chiki chiki a la hora del café, y entonces la anécdota del vuelo habría sido la puntuación recibida a treinta y cuatro mil pies de altura… nunca se sabe...

¿He dicho que en Dusseldorf vive uno de los chicos más guapos que he visto en mi vida?... yo lo dejo caer, just in case!

5 de mayo de 2011

Nada es normal si en París nunca llueve


Tengo mucha suerte por varias razones, y por una en concreto: cuando voy a París nunca llueve. Todo el mundo se sorprende cuando digo esto, y me dicen siempre lo mismo: pues serás la única persona del mundo, pues qué raro, pues es imposible… lo sé, soy afortunada, nunca me llueve. Ayer estuve en París y no llovió. Sol y moscas, para ser más exactos, lo que viene a significar que el cielo estaba limpio y el día era relindo. Paseé hasta el Louvre, me tomé un vino en la terraza del Café de Marly (lugar recomendable para vino, thé o cena) donde decidimos quedarnos a cenar. Iba con un piloto, compañero y amigo.
Los días en mi trabajo a veces parecen un anuncio de la película de Los Inmortales: sólo puede quedar uno, pues la gente va “dándose de baja” a la hora de salir a comer y/o cenar, y al final ése uno que queda, tiene que salir solo. Pero a veces tienes la suerte de disfrutar en tu trabajo de buena compañía y de mejor conversación, lejos de palabras que hablen de Sindicatos, aviones nuevos, rumores de la empresa, Convenios… y te encuentras en MBI, palabra que ayer aprendí, y que tomaré prestada bastantes veces: Marco de Belleza Incomparable. ¡Ahí queda eso!... La cena rica, el queso rico, el foie rico, el vino francés… el cielo azul oscuro y el Louvre a punto de acostarse. Pues eso: MIB.

Cuando me preguntan si me gusta mi trabajo me callo… ¿qué debo contestar?

He llegado esta mañana, Sol y moscas en Madrid, maleta deshecha, ducha y café en casa: MIB (¡¿dos días seguidos?!, ¡qué lujazo!) Reviso mi correo (el electrónico y el inevitable: facturas de principio de mes), y leo el mail de una amiga. Me pregunta por un conocido mío, pues puede ser que esté saliendo con su hermana, y está preocupada por ella. Resulta que a la hermana en cuestión, todos los hombres le salen rana (sonrío al leerlo), y siempre se fija en el mismo tipo de hombre (sonrío al leerlo), y no entiende como tiene ganas de estar con más hombres (asiento al leerlo).
He empezado a contestarle, pero no sé qué decir, después de “Hola amiga,” me he quedado en blanco. No conozco a su hermana, pero con tres frases intuyo que es una de las que se “enganchan” a las relaciones imposibles, al hombre crápula, y a las complicaciones absurdas. Si es la primera vez, es comprensible, te toman el pelo y no te das cuenta, pero cuando las historias se repiten una y otra vez… entonces hay que dejar de culpar a la generalidad de los hombres, y empezar a plantearse si no serás tú la que hace algo mal, por el mero hecho de dejarte seducir siempre con la misma historia. Con dos frases y dos gestos ya se intuye la personalidad del dandy de turno: te habla de sus relaciones pasadas con pena, se muestra dolido por el daño que le han hecho, desde el primer momento eres una mujer especial, y su relación contigo es diferente: “contigo me pasa algo que no me había pasado con nadie”, afirma que nunca miente sin que nadie le pregunte, y sorprendentemente, todas las mujeres de su pasado (o casi todas) se han portado mal, muy mal con él… hay muchos datos más, pero necesitaría un artículo entero. Lo escribiré, lo prometo.
Sé que entre nosotras, las mujeres, también hay muchos casos de locura emocional transitoria (o perpetua), pero a mí me preguntan por un hombre en concreto y yo contesto al caso.

Mi conclusión: cuando necesitas preguntar e investigar acerca de alguien es que algo malo intuyes. En el amor es lindo arriesgar si no, las emociones no tienen sentido. Pero una tiene que estar preparada, porque el guantazo (no físico, sino emocional) te puede llegar en cualquier momento. No sé qué es lo que mi amiga quiere que le cuente, ¿si lleva una doble vida?, ¿si es del Barça?, ¿si es buena persona?, ¿si toma el café solo?... no sé. Todos sabemos que un trabajo como el nuestro te lo pone muy fácil para divertirte lejos de las responsabilidades del hogar. Tengo amigos que saben de su incapacidad de no caer en la tentación, así que disfrutan de sus deslices y luego al llegar a casa se los cuentan a sus parejas (y viceversa, claro). Para algunos esto es una locura, para otros es el respeto hacia la otra persona por una simple razón: no mentirse.

Ayer, sin ir más lejos, confesaba yo una realidad: nunca he sido infiel. Nunca. Y la gente se sorprende, TODO el mundo se sorprende… y yo me sorprendo de que se sorprendan. No me siento rara, simplemente he sido fiel a mis valores y a la lealtad que creo imprescindible en una relación. Si en su momento, mi pareja me hubiera hablado de la posibilidad de estar con otras personas y no negarlo, puede que todo hubiera sido diferente. Pero al final siempre es lo mismo: la maldita mentira. Si todo el Mundo se sorprende de que nunca haya sido infiel, y a mi alrededor apenas hay personas solteras, ¿cuántas veces debo de poner los cuernos para que me pidan matrimonio?... ¡Tengo tanto que aprender!

Y aquí estoy ahora, hablando de relaciones (una vez más), y sin hacer caso a mi amiga… Sigo dándole vueltas al tema, ahora leerá esto y creerá que el hombrecito acerca del que me pregunta es el mayor de los crápulas… pero no es el caso. Es un hombre muy atractivo, divertido y viste fenomenal (esto puede ser tontería, pero es que es verdad: ¡viste fenomenal!), así que le diré que le diga a su hermana que disfrute, y que se lo pase diez sin pensar en mañana, porque hay hombres con los que simplemente no puedes pensar en mañana… pero el presente te deja un sabor de boca inolvidable… y si hay duda acerca de cómo es alguien, significa que no hay duda acerca de cómo es ese alguien...

Dicen que la boda es el final feliz de algunas relaciones, pero si es el final, muy feliz no será, ¿no?

¿Por qué será que cuando voy a París nunca llueve?...