25 de junio de 2011

Casablanca tiene nombre de película

Venir a Marruecos siempre es lo mismo: cuscús, Mezquita, zoco y compras… siempre igual, llego a casa con un arsenal de especias que no tiene ningún sentido comprar, porque  no, no tengo un restaurante. Pero yo insisto. Las compro, e incluso dejo que pase el tiempo para que algunas de ellas caduquen (¿caducan?), y caducadas o no, tiempo después (hablo de años), las cosas no saben igual. Pasado un tiempo, nada es igual… ni en la cocina, ni fuera de ella.

Hubo un instante, antes de anteayer, en el que al llegar aquí me sentía segura, tranquila y conocedora de cualquier lugar por el que decidiera perderme. Ningún miedo por encontrarme en territorio extranjero, ni por perderme en cualquier zoco laberíntico… pero no nos engañemos, estamos en Morolandia, y aquí cualquier sorpresa, aroma, o cántico religioso te espera a la vuelta de la esquina. Me esperó la sorpresa, y me encontró. Corrijo: nos encontró. Pues éramos tres once again, y cual mosqueteros fuimos sorprendidos… ¡emboscada!... empiezo a desviarme del tema y nada se entenderá como no enderece estas letras torcidas.

Aclaración: Morolandia no es en ningún caso un apelativo despectivo, es como Disneylandia: la tierra de Disney, pues Morolandia: tierra de moros… y no sigo porque con Finlandia se me fastidia el planteamiento…

Sigo.
Marrakech: bien, Fez: bien, Tánger: bien, Meknes: bien… ¿Casablanca?: tocado, pero no hundido. Sabía que Sam no estaría, pues hace mucho que la nostalgia del blanco y negro cedió paso a los colores, pero no me quedé sin visitar el Rick’s café, aún sabiendo que estaba visitando un lugar falso, copia de un eterno escenario inventado e idolatrado en el Hollywood de la añoranza. Imaginé a Lauren, y la vi, soñé a Bogart, y me sorprendió: tan grande en la pantalla, tan diminuto en la realidad… todo se presentaba bien, divertido, una nueva película rodada por mi memoria adelantada. Un paseo por un rincón de Marruecos desconocido para mí.

Y una vez más cualquier anécdota vivida en vuelo  pasó a segundo plano, pues la anécdota esperaba en el destino. Así que despegamos para aterrizar, aterrizamos para descansar, descansamos para pasear… y paseamos para ser sorprendidos. Y aquí es donde empieza el espectáculo: “mi espectáculo”, la adaptación de cualquier película de Bourne al mundo real, con todos los ingredientes necesarios para empezar a rodar: Bourne (gilipollez si no estuviera), una chica (¡esa soy yo!, ¡yupiii!), el “gran jefe”, el cauto que todo lo observa desde la distancia, dejando que sea la estrella la que solucione los problemas, el malo, la trama, y el final… faltaba la banda sonora, así que para inspirarme mientras escribo esto, le doy al play y dejo que Nina Simone elija el tema que crea conveniente entonar…

Empieza la movie: camino de un restaurante español (¿por qué me hacéis esto compañeros?, ¿por qué me priváis de mi cuscús?), iba uno de nosotros, J., o sea Bourne, charlando con su Iphone nuevo por la calle, y el “jefe” y la chica, o sea F. y yo misma, andábamos dos pasos por delante, así que fuimos "semitestigos" (vimos pero no vimos) de lo ocurrido. Recuerdo poco, pues fue rápido, pero sé que escuché: “¡Hijo de putaaaaa!”, grito ahogado, “¡qué me ha robado el teléfonoooo!”, otro grito… me giré y vi a J. Bourne corriendo cual  gacela detrás de un diminuto personaje ( el malo, claro), “¡police!, ¡police!”, gritos desesperados… y así empezó todo, con un ladronzuelo de metro sesenta y minoría de edad, el robo de un Iphone 4 (¿habría sido diferente de haber sido uno de primera generación?), y un compañero convertido en estrella de acción por una tarde, eterna tarde, en la que descubrí el maravilloso mundo de los ladronzuelos, de la policía secreta (¡tremendo lo de la policía secreta!, por un momento creí que eran actores de verdad…), y la eficiencia (¿risas de fondo?) de un trabajo bien hecho (¿más risas?), en una comisaría de policía marroquí… buen comienzo, sí señor, ¿me quería perder yo tremendo capítulo?...
Sorprendida me quedé por varias cosas; en primer lugar porque el ladronzuelo fue capturado después de una carrera olímpica de unos 800 metros entre calles, bulevares y callejones que no existen ni en los mapas, porque mi Bourne repentino no agotó fuerzas hasta alcanzarlo (eligió buen mes para dejar de fumar), porque no hubo testigo de la persecución que no se uniera a la “buena causa” para ayudar a J. a coger al ladrón, porque una vez capturado todos quisieron retenerlo hasta la llegada de los “tremendos” polis (suspiro en la sala)… y porque el resto de la historia es surrealista… primero una comisaría, luego se decide que no, que mejor otra, nos sientan en un coche oficial con bufanda del Barça incluida, no dije mucho, lo justo, no estaba nadie para aguantar mis coñitas; llegamos a un edificio tan vetusto como la historia de esta ciudad, y resulta que no era la casa de nadie, sino la comisaría en cuestión, con el comisario cabrón, que no podía faltar, y sus secuaces gritando (¿quién dice que los españoles gritamos?, ¿han estado en una comisaría del mundo árabe, señores?), y allí llegamos, a una hora más o menos prudencial, para pasar la tarde-noche rodeados de los personajes más surrealistas que mi imaginación haya creado nunca… el poli cabrón, repartidor de collejas, el ladronzuelo atrapado esposado a un “colega” que resultó ser una copia mora del Dioni (por la mirada perdida), los padres de la criatura, que nos rogaban el perdón regalándonos sus llantos, sus abrazos húmedos, y su súplica (¿ensayada?), la mirada de “nuestro” pequeño delincuente que seguramente (según fuentes oficiales, y de estas conocí a unas cuantas) pasaría al menos un año en la cárcel (era la séptima vez que había sido atrapado), el respeto por ser turistas que era directamente proporcional al castigo que iba a recibir el “criminal”, la atracción que sintieron los chinches de mi mugrienta silla por probar mi pierna izquierda, la redacción de la denuncia escrita en árabe, con la rapidez con la que un invidente sin nociones de teclados puede escribir una simple frase, el agotamiento de la impresora, la cena que tuvimos que ¿disfrutar? a medianoche, la imagen que los hermanos Cohen habrían soñado inventar: dos delincuentes esposados, dos padres lloriqueando, tres turistas flipando, y una sala sin policías… pasa un ratín y J. está más relajado, así que empieza a  hacer fotos disimuladamente con su Iphone recuperado, mientras relata una y otra vez (hasta 136 veces) lo ocurrido, nuestro “jefe”, F., sigue mirando acojonado todo lo que pasaba a su alrededor, sorteando con la agilidad de una cobra los abrazos y besos de la madre compungida, la chica, o sea yo, comportándose como se habría comportado cualquier mujer en mi lugar: con cambios de humor repentinos; golpeando mis piernas para acabar con el chinche invisible, sonriendo al poli cañón, dando golpes a la impresora atascada, soltando una lágrima de pena al ver la despedida de una madre que manda a su pequeño delincuente a la cárcel, tengo hambre, ahora no, ahora frío, ahora calor… pues eso: hormonas para qué os quiero…

Salimos de allí por fin, no sin antes haber firmado una denuncia en la que J. además de poner su nombre escribió “I DON’T UNDERSTAND WHAT I AM SIGNING”, ¡con dos pelotas!, a nosotros nos van a vacilar… y allí dejamos a uno de los cincuenta y cuatro policías que pasaron por aquélla sala, que aún no sé si era la casa de alguien o una comisaría, mirando fijamente la firma y frase de Bourne, y rodeado de toda la familia del Vaquilla. Y si digo toda, es toda. Hasta la joven embarazada que decía ser su mujer… mis dudas tengo, y eso que me tocaron la fibra sensible. Pero el “jefe” dijo que no se creía nada, y del “jefe” hay que aprender…

Me quedé sin cuscús. Pero tuve vino, y cena. Fue un día largo, para volver a fumar en caso de haberlo deseado…

Hay ocasiones en las que me despierto en los hoteles desubicada, y me cuesta un poco recordar dónde estoy, y poco a poco me sitúo en mi realidad… en el caso de ayer, desperté y me costó entender que la noche anterior no había visto ninguna película, que no soy una estrella de cine (¡cachis!), y que los polis eran reales… los guapos y los inútiles; todos eran reales… y el recuerdo de la silla en la que me sentaron durante horas me empujó hasta la ducha, donde pasé gran parte de la mañana, intentando borrar cualquier huella de la noche pasada… y ahora, desde la distancia, no puedo sino sonreír al recordarnos a los tres, agradecer que nada grave nos pasara, sentir lástima por la familia rota, y preguntarme si en esta película mía también hubo una frase memorable… ¿será este el principio de una gran amistad?...
No sé si se espera moraleja de esta historia. Diría que hablar por teléfono y andar a la vez puede tener consecuencias desagradables… por alguna razón el hombre fue educado para no hacer dos cosas a la vez…

Siempre lo he dicho: no hay lugar más seguro que un avión…

9 de junio de 2011

China y cómo sentirse insignificante en un lugar infinito


Estudié chino durante seis meses. El curso acabó, el profesor regresó a su país (sí, debe de ser el único que ha regresado voluntariamente), y me quedé igual que estaba, pero con un diccionario de bolsillo de premio. El curso fue interesante mientras duró, incluso instructivo, diría yo, pues pronuncio Ni hao y Xie xie (para los interesados: hola y gracias) con un estilo que ya quisieran algunos. Puede que sólo sean dos palabras, pero ¡vaya palabras!, ¡qué soltura!...

Anoche regresé de China. El vuelo no fue largo, más bien eterno. El poco descanso que he tenido en 72 horas no sólo me ha robado el sueño, sino que también se ha quedado mi Jet Lag; esto de ir a Oriente me gusta. No cansa tanto, solo agota un poco, un poquito, casi nada. Ya en Madrid, durante el rodaje sólo podía pensar en una cosa: ¿cuántas veces habré dicho Ni hao y xie xie en tres días?, mi profesor estaría orgulloso de mí. Gracias Andrés (era profundamente chino, del interior de China vaya, apenas sabía español y se llamaba Andrés, el por qué de la elección de este nombre es una de esas preguntas sin respuesta…).  

Cada vez que llego a algún lugar nuevo, me meto en el papel de tal manera que consigo formar parte del escenario en cuestión de segundos; mentiría si dijera que en esta ocasión he hecho lo mismo. Me explico: en China no se pueden meter en el papel ni los chinos, su idioma es una farsa, un invento para despistarnos, y fingen no entender nuestros gestos, también para despistar. Hubo una camarera que me advirtió de no hacer una foto a su restaurante haciéndome un gesto que no veía desde que abandoné las canchas de baloncesto, me miraba cruzando sus manos, ¿por qué me pedía un cambio?, ¿querría que cambiara de mesa?, ¿de restaurante?, ¿de forma de vestir?... apagué la cámara y se relajó. Ahora le doy las gracias: sé decir no hagas fotos en chino, ¡qué pasada!, ¡qué fácil resulta todo cuando te mezclas con ellos!

Decir que estuve en China es ser bastante flipada. Las dimensiones del país son tales, que ni en cinco películas se la recorrería Forrest con sus carreritas. Estuve en Beijing, o Pekín (tanto monta, monta tanto). Si empiezo diciendo que hay una calle que mide 34 kilómetros (aunque soy de letras lo pongo en números porque impresiona más), pues creo que básicamente lo he dicho todo (¡corre ahora Forrest, venga valiente!), y en las escasas horas que estuve allí, aproveché el tiempo como si de un concurso se tratara. Tan solo tuve un ratito para descansar piernas, pies, espalda, cabeza, vista, oído, olfato… y por las cosas de la magia, también en ese momento de paz pude disfrutar de la compañía de dos personitas que se cruzaron en mi camino, para regalarme una conversación más propia de viejos conocidos que de desconocidos sin apellido. Quise despedirme en su catalán nativo, pero las dos palabras que sé de chino ocuparon con egoísmo esa parte del cerebro que tan agotada está siempre. Así que me despedí sin más, y creí que un hasta luego bastaría. Y bastó.

No planeé mi viaje. No suelo hacerlo sino es de placer (¡me encanta esta palabra!). El trabajo me convoca y yo me preparo: pido instrucciones a quien estime oportuno, hago la maleta, ducha, uniforme, sonrisa y despegue. Sorpresa. Me gustan las sorpresas, me encantan. Si bien es cierto que hay lugares en los que no están de más algunas instrucciones, China es el lugar en el que cualquier instrucción es necesaria, vital diría yo. Del hotel uno no puede salir sin una tarjeta del mismo, para que el taxista de regreso sepa dónde te hospedas; la pelea por los precios es cultura y/o rutina, ocurre en cualquier lugar, tal es la normalidad del regateo que a punto estuve de entrar en un banco a ver si conseguía mejorar mi hipoteca, pero no lo hice. ¿Y ahora me pregunto por qué?... para regatear hay que valer, y a mí me cansa, pero tengo suerte, pues gracias a mis ojos redondos, mi altura para ellos excesiva,  mi voz poco discreta y mi teatrera gesticulación conseguí hacer del regateo un arte, y llevar el control (o eso me creo yo, mi orgullo no me dejaría creer otra cosa).

Hablar del pato pequinés, del impresionante paisaje de una Villa Olímpica abandonada, de la estética de la ciudad, de las imitaciones, de los paraguas, la contaminación, el picante aderezo de las comidas, los atascos infinitos… hablar de todo lo vivido o imaginado es casi imposible, y sé que el lector desistirá dentro de dos renglones como no le dé alguna pista, alguna instrucción que él considere interesante para planear su próximo viaje. Así que me pongo manos a la obra. Me preparo una copa de vino, trago un relajante muscular y empiezo: la Gran Muralla es tan larga que por eso lo escribo con mayúsculas, dicen que se ve desde el espacio, yo digo que me importa un bledo, sólo sé que es una Obra maravillosa, y que merece la pena visitarla; pues sólo subiendo a lo alto uno es capaz de leer entrelíneas los pasajes de las historias que nos han contado.
Y como pasan los años y sigo sin hacer el Camino de Santiago, convertí mi espontánea visita a la Gran Muralla en una promesa: llegar hasta el puesto 13 (se supone el más alto), así que respiré profundamente dentro de mi vestidito de playa (apropiada, lo sé), y animé a mis piececillos de anticenicienta a cabalgar con ilusión los 1600 peldaños que tenía por delante (esta es la razón del relajante muscular y mi vino). Mis bailarinas suspiraron, gimieron, lloraron y se ganaron la vitrina en la que ahora descansan hasta que el Himalaya llegue a mi vida… ¿a quién se le ocurre ir con bailarinas a visitar la Gran Muralla?: a mí, una azafata. Está claro. ¿Antes muerta que sencilla?... No busquemos respuestas que puedan doler… y no, no me quejé ni una vez, no di muestras de agotamiento, mantuve la cabeza erguida (todo lo que me dejaba la pendiente de la subida), y sonreí al posar en cada foto. Sí, hacía calor, sí, hacía Sol, y sí, subí los 1600 peldaños. Me despido definitivamente del Camino de Santiago. Mañana me planto en la Plaza del Obradoiro con mi relato en mano y a ver quién se atreve a decirme algo… ¡venga esos percebes para celebrarlo!
Abandoné la Gran Muralla con la nostalgia que se siente cuando nos despedimos de aquello que anhelamos antes incluso de conocerlo. Y emprendí mi regreso al hotel, haciendo una fugaz visita a los fantasmas de las Olimpiadas del año 2008. Impresionante construcción, impresionante paseo, impresionante piscina, impresionante abandono. En China todo es impresionante: lo bueno y lo malo, lo nuevo y lo viejo, el ayer y el mañana.
Después de mi vuelta al hotel, los garabatos en mi Moleskine, y la ropa limpia sobre la piel recién duchada, volví a mi aventura, a los taxis y mis tarjetas escritas por los recepcionistas que se convirtieron en mis aliados.
De pronto regresé al pasado. A una pequeña sala de cine en la que mi madre y yo vimos una película cuya belleza no pude entender hasta pasados unos años, cuando volví a verla. Y gracias a Bertolucci descubrí la Ciudad Prohibida, paseándome por sus suelos empedrados, y dejando que la energía positiva de su enrojecido decorado me llenara de nuevas y grandes sensaciones. Siempre que voy a un lugar con historia me imagino cómo sería todo ahora si la historia de antaño siguiera viva. En mi imaginación puedo elegir ser quien quiera, pero nunca escojo el papel protagonista, puede que la historia nos haya enseñado la importancia de determinados papeles secundarios; decidí convertirme en concubina del Emperador, puede que en la preferida de las muchas que por allí pasearon, pero fui una de ellas… y entonces pude entender un poco más la magia del lugar.

Junto a la Ciudad Prohibida: Tiananmen. Una plaza. Tan solo una plaza. Ésa que el destino eligió de entre todas, para convertirla en un lugar histórico, otorgándole su espíritu de lucha, su alma estudiantil, su grito reivindicativo… un lugar que jamás descansa, pues aunque desértico, se escucha el murmullo del eco de las voces pasadas sin temor de romper el silencio…

Palacios, jardines, historias y leyendas de tiempos pasados. Hay mucho que ver, vivir y sentir… poco tiempo tuve, por eso sé que volveré. Y no es un pálpito el que habla ahora, sino la realidad, mi realidad, la de haber descubierto un lugar en el que sé que aún hay mucho por descubrir... un país que renace cuando ni siquiera ha muerto.

Wo ai ni… ¡toma ya!, esto no lo esperaba nadie ¿eh?...

(Junto las palmas de mis manos, agacho la cabeza con suavidad y sonrío, el papel es  mío, lo tengo claro…)