9 de junio de 2011

China y cómo sentirse insignificante en un lugar infinito


Estudié chino durante seis meses. El curso acabó, el profesor regresó a su país (sí, debe de ser el único que ha regresado voluntariamente), y me quedé igual que estaba, pero con un diccionario de bolsillo de premio. El curso fue interesante mientras duró, incluso instructivo, diría yo, pues pronuncio Ni hao y Xie xie (para los interesados: hola y gracias) con un estilo que ya quisieran algunos. Puede que sólo sean dos palabras, pero ¡vaya palabras!, ¡qué soltura!...

Anoche regresé de China. El vuelo no fue largo, más bien eterno. El poco descanso que he tenido en 72 horas no sólo me ha robado el sueño, sino que también se ha quedado mi Jet Lag; esto de ir a Oriente me gusta. No cansa tanto, solo agota un poco, un poquito, casi nada. Ya en Madrid, durante el rodaje sólo podía pensar en una cosa: ¿cuántas veces habré dicho Ni hao y xie xie en tres días?, mi profesor estaría orgulloso de mí. Gracias Andrés (era profundamente chino, del interior de China vaya, apenas sabía español y se llamaba Andrés, el por qué de la elección de este nombre es una de esas preguntas sin respuesta…).  

Cada vez que llego a algún lugar nuevo, me meto en el papel de tal manera que consigo formar parte del escenario en cuestión de segundos; mentiría si dijera que en esta ocasión he hecho lo mismo. Me explico: en China no se pueden meter en el papel ni los chinos, su idioma es una farsa, un invento para despistarnos, y fingen no entender nuestros gestos, también para despistar. Hubo una camarera que me advirtió de no hacer una foto a su restaurante haciéndome un gesto que no veía desde que abandoné las canchas de baloncesto, me miraba cruzando sus manos, ¿por qué me pedía un cambio?, ¿querría que cambiara de mesa?, ¿de restaurante?, ¿de forma de vestir?... apagué la cámara y se relajó. Ahora le doy las gracias: sé decir no hagas fotos en chino, ¡qué pasada!, ¡qué fácil resulta todo cuando te mezclas con ellos!

Decir que estuve en China es ser bastante flipada. Las dimensiones del país son tales, que ni en cinco películas se la recorrería Forrest con sus carreritas. Estuve en Beijing, o Pekín (tanto monta, monta tanto). Si empiezo diciendo que hay una calle que mide 34 kilómetros (aunque soy de letras lo pongo en números porque impresiona más), pues creo que básicamente lo he dicho todo (¡corre ahora Forrest, venga valiente!), y en las escasas horas que estuve allí, aproveché el tiempo como si de un concurso se tratara. Tan solo tuve un ratito para descansar piernas, pies, espalda, cabeza, vista, oído, olfato… y por las cosas de la magia, también en ese momento de paz pude disfrutar de la compañía de dos personitas que se cruzaron en mi camino, para regalarme una conversación más propia de viejos conocidos que de desconocidos sin apellido. Quise despedirme en su catalán nativo, pero las dos palabras que sé de chino ocuparon con egoísmo esa parte del cerebro que tan agotada está siempre. Así que me despedí sin más, y creí que un hasta luego bastaría. Y bastó.

No planeé mi viaje. No suelo hacerlo sino es de placer (¡me encanta esta palabra!). El trabajo me convoca y yo me preparo: pido instrucciones a quien estime oportuno, hago la maleta, ducha, uniforme, sonrisa y despegue. Sorpresa. Me gustan las sorpresas, me encantan. Si bien es cierto que hay lugares en los que no están de más algunas instrucciones, China es el lugar en el que cualquier instrucción es necesaria, vital diría yo. Del hotel uno no puede salir sin una tarjeta del mismo, para que el taxista de regreso sepa dónde te hospedas; la pelea por los precios es cultura y/o rutina, ocurre en cualquier lugar, tal es la normalidad del regateo que a punto estuve de entrar en un banco a ver si conseguía mejorar mi hipoteca, pero no lo hice. ¿Y ahora me pregunto por qué?... para regatear hay que valer, y a mí me cansa, pero tengo suerte, pues gracias a mis ojos redondos, mi altura para ellos excesiva,  mi voz poco discreta y mi teatrera gesticulación conseguí hacer del regateo un arte, y llevar el control (o eso me creo yo, mi orgullo no me dejaría creer otra cosa).

Hablar del pato pequinés, del impresionante paisaje de una Villa Olímpica abandonada, de la estética de la ciudad, de las imitaciones, de los paraguas, la contaminación, el picante aderezo de las comidas, los atascos infinitos… hablar de todo lo vivido o imaginado es casi imposible, y sé que el lector desistirá dentro de dos renglones como no le dé alguna pista, alguna instrucción que él considere interesante para planear su próximo viaje. Así que me pongo manos a la obra. Me preparo una copa de vino, trago un relajante muscular y empiezo: la Gran Muralla es tan larga que por eso lo escribo con mayúsculas, dicen que se ve desde el espacio, yo digo que me importa un bledo, sólo sé que es una Obra maravillosa, y que merece la pena visitarla; pues sólo subiendo a lo alto uno es capaz de leer entrelíneas los pasajes de las historias que nos han contado.
Y como pasan los años y sigo sin hacer el Camino de Santiago, convertí mi espontánea visita a la Gran Muralla en una promesa: llegar hasta el puesto 13 (se supone el más alto), así que respiré profundamente dentro de mi vestidito de playa (apropiada, lo sé), y animé a mis piececillos de anticenicienta a cabalgar con ilusión los 1600 peldaños que tenía por delante (esta es la razón del relajante muscular y mi vino). Mis bailarinas suspiraron, gimieron, lloraron y se ganaron la vitrina en la que ahora descansan hasta que el Himalaya llegue a mi vida… ¿a quién se le ocurre ir con bailarinas a visitar la Gran Muralla?: a mí, una azafata. Está claro. ¿Antes muerta que sencilla?... No busquemos respuestas que puedan doler… y no, no me quejé ni una vez, no di muestras de agotamiento, mantuve la cabeza erguida (todo lo que me dejaba la pendiente de la subida), y sonreí al posar en cada foto. Sí, hacía calor, sí, hacía Sol, y sí, subí los 1600 peldaños. Me despido definitivamente del Camino de Santiago. Mañana me planto en la Plaza del Obradoiro con mi relato en mano y a ver quién se atreve a decirme algo… ¡venga esos percebes para celebrarlo!
Abandoné la Gran Muralla con la nostalgia que se siente cuando nos despedimos de aquello que anhelamos antes incluso de conocerlo. Y emprendí mi regreso al hotel, haciendo una fugaz visita a los fantasmas de las Olimpiadas del año 2008. Impresionante construcción, impresionante paseo, impresionante piscina, impresionante abandono. En China todo es impresionante: lo bueno y lo malo, lo nuevo y lo viejo, el ayer y el mañana.
Después de mi vuelta al hotel, los garabatos en mi Moleskine, y la ropa limpia sobre la piel recién duchada, volví a mi aventura, a los taxis y mis tarjetas escritas por los recepcionistas que se convirtieron en mis aliados.
De pronto regresé al pasado. A una pequeña sala de cine en la que mi madre y yo vimos una película cuya belleza no pude entender hasta pasados unos años, cuando volví a verla. Y gracias a Bertolucci descubrí la Ciudad Prohibida, paseándome por sus suelos empedrados, y dejando que la energía positiva de su enrojecido decorado me llenara de nuevas y grandes sensaciones. Siempre que voy a un lugar con historia me imagino cómo sería todo ahora si la historia de antaño siguiera viva. En mi imaginación puedo elegir ser quien quiera, pero nunca escojo el papel protagonista, puede que la historia nos haya enseñado la importancia de determinados papeles secundarios; decidí convertirme en concubina del Emperador, puede que en la preferida de las muchas que por allí pasearon, pero fui una de ellas… y entonces pude entender un poco más la magia del lugar.

Junto a la Ciudad Prohibida: Tiananmen. Una plaza. Tan solo una plaza. Ésa que el destino eligió de entre todas, para convertirla en un lugar histórico, otorgándole su espíritu de lucha, su alma estudiantil, su grito reivindicativo… un lugar que jamás descansa, pues aunque desértico, se escucha el murmullo del eco de las voces pasadas sin temor de romper el silencio…

Palacios, jardines, historias y leyendas de tiempos pasados. Hay mucho que ver, vivir y sentir… poco tiempo tuve, por eso sé que volveré. Y no es un pálpito el que habla ahora, sino la realidad, mi realidad, la de haber descubierto un lugar en el que sé que aún hay mucho por descubrir... un país que renace cuando ni siquiera ha muerto.

Wo ai ni… ¡toma ya!, esto no lo esperaba nadie ¿eh?...

(Junto las palmas de mis manos, agacho la cabeza con suavidad y sonrío, el papel es  mío, lo tengo claro…)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

La proxima vez nos llevas ;). Jorge.

Laura Riñón Sirera dijo...

¡Hecho!

Anónimo dijo...

Me lleváis??? Sigue escribiendo, cada relato te superas!!!
No me equivocaba antes de descubrir lo que significaba..... Love u 2!!!!!

Anónimo dijo...

我去中国
迷人
感谢美丽
兄弟

Angel dijo...

Excelente
Es una pena no haber estado contigo
En la próxima ocasión ... Lo intentare
Angel Marin