25 de septiembre de 2011

Nada empieza hasta después de la Novatada en el primer día

Mi escritorio está delante de una ventana. La ventana está abierta. Así como lo está la de mi vecina del piso de abajo. Esta mañana se ha despertado con ganas de estudiar inglés con su hija. Conjuga los verbos, y lo hace gritando… TO BE, WAS, WERE, BEEN!!!! No sé porque algunos se empeñan en gritar cuando hablan en otro idioma. Soy extranjero, no sordo, pensarán muchos de ellos. Soy española no sorda, he pensado yo en alguna ocasión. Lo mejor es utilizar otro idioma a voz en grito, como si así nos entendieran: ¡¡mi hermano ha estado viviendo en In-gla-te-rra muchos años!!, y el inglés sigue sin entender el grito. Incluso se cambia la entonación para dar más autenticidad. Como dice mi diminuto sobrino: ¿árbol?, arboleishon, ¿piscina?, piscish… y sin gritar.

La vuelta al cole ya está aquí. Y todos, hijos y padres, la empiezan con disciplina, con ganas de estudiar desde el primer día. Emoción que disminuye con el paso de las semanas, emoción casi perdida después de las vacaciones de Navidad. Lo importante no es como se empieza, sino como se acaba…
Parte del encanto de la vuelta al cole, ahora estoy recordando, era el momento del gran salto, del paso de EGB a BUP (siglas que ahora suenan a clásico), y el temido primer día de clase. Novatada inevitable. Caras pintadas o camisetas garabateadas. Nada duro, nada en plan Marines de la US NAVY. No hubo novatada para mí. Imaginé entonces que mi altura por encima de la media me convirtió en persona temida por el diminuto cabroncete de turno, aunque también ayudara tener a un hermano en COU y a una hermana en Tercero. Estaba protegida.

Las novatadas es una tradición que nunca debería perderse. No he visto a niños con las caras pintadas por la calle en estos días. Así que intuyo que hay cosas que pasan de moda simplemente para dar la bienvenida a otras modas nuevas.

En aviación, y aquí es cuando se empieza a entender el por qué de estas letras en este cuaderno de a bordo que escribo, también existía una tradición de dar la bienvenida en el primer día de vuelo. Y una vez más me quedé con las ganas. Mis compañeros de promoción las tuvieron. Yo no. ¿Sería la altura?, ¿sería mi chulería?, ¿sería mi apellido?, me quedé sin ser el divertimento de la tripulación en mi primer dia. Y me dolió… aunque sigo esperando, pues no hace mucho, un Comandante amigo mío me dijo que nunca dejamos de ser nuevos, “cualquier día tendrás tu novatada”, y nerviosita me voy a volar… después de quince años, ¿se llama novatada o putada?...

Puede que sea la ausencia de haber vivido mi propia experiencia la que me hiciera cómplice a la hora de planear las novatadas a los nuevos que llegaron después de mí. De hecho, fui la cabeza pensante en muchas de ellas… con la única intención de arrancar una sonrisa, aclaro.
Una de las más utilizadas fue la de mandar al nuevo en cuestión a pedir leche al avión de al lado, siendo el avión de al lado de la compañía RAM (como la leche), que no es otra que Royal Air Maroc. Los marroquíes acabaron un poco hasta las pelotas de nosotros, puede que esta sea una de las razones de nuestros espontáneos enfrentamientos.
La cubitera de hielo tiene múltiples usos, aunque no lo parezca, pues con ella se puede pedir a la azafata que baje a enfriar los frenos después de un aterrizaje (en boca del Comandante siempre impone más y tiene más credibilidad), también puede servir para bajar a poner hielo a algún cadáver (inexistente por supuesto) que se lleva en la bodega del avión (bodega no es dónde guardamos el vino, sino el compartimiento en el que van las maletas), e incluso puede servir para pasearse por todo el avión ofreciendo más hielo a los pasajeros, “más hielo, quieren más hielo, más hielo”, sobra decir que la cubitera llega vacía, pues hay pasajeros que todo lo quieren, siempre que sea gratis.
Los fingidos enfrentamientos entre piloto y Jefe de Cabina (léase Sobrecargo) eran habituales. Habituales en el campo de las novatadas. Y la azafata nueva, generalmente joven y asustadiza, escuchaba aterrada como la Jefa se peleaba con el Comandante por no querer liarse con ella, o por no dejar a su mujer, o porque no dejaba de acosarla… a veces los enfrentamientos eran tan reales, que después de haber destapado la broma, los actores tenían (teníamos) que pedirnos perdón.
Cuando se mezcla zumo de manzana con un poco de agua en un vaso, se parece mucho a un trago de whiskey, y emborracharse durante el vuelo no es normal. No, no lo es. Así que cuando una azafata nueva sube a un avión, y es testigo de los copazos que se consumen durante el  vuelo se asusta, pero se asusta más cuando se le pide que no diga nada al Comandante. Entonces el Comandante en cuestión (que está al tanto de todo), la llama a Cockpit (que es ni más ni menos que la cabina de los pilotos), para preguntarle. Ella se sonroja se pone nerviosa, murmura, se asusta y acaba confesando. ¡Chivata!, y empieza la segunda parte en la que el Comandante exige una prueba a la Jefa de Cabina de la tripulación, como el botiquín del aeropuerto está cerrado cuando lleguemos haremos la prueba de la uña (¿la prueba de la uña?, la Jefa tiene que fingir saber de qué habla, aunque le moleste no saberse el guión), la nueva mira a la Jefa, la Jefa aprieta las muelas para no reírse, ¡díselo tú, si quieres la maldita prueba se lo dices tú!, dice al final la Jefa para así saber de qué coño habla el Comandante; y éste, metido más que nunca en su papel, mirando al horizonte para no perder el semblante serio, le dice a la nueva que coja un trozo de uña y lo meta en un vaso, que luego los llevará a analizar. La Jefa que escucha todo desde detrás suspira, sabe que para seguir con la broma ella también tendrá que hacerlo. Se reúne la tripulación en el Galley delantero, y antes de empezar a explicar las órdenes del Comandante, es testigo de un momento que no puede enternecerla más: la nueva ha escrito en un vaso su nombre y está mordisqueándose la uña para obtener la prueba de su inocencia. La tripulación no puede aguantar la risa y desaparece detrás de la cortina. El Comandante sentado en su asiento no está presenciando la escena. Están las dos solas. Hay que terminar lo que ha empezado. Vamos a aterrizar. Adiós pasajeros. Adiós avión. Hola oficina. Y es en ese momento, sentados todos en una sala cuando se destapa la broma que no puede sino acabar con lágrimas en los ojos de la nueva. Lo ha pasado mal. Nos hemos pasado. Pedimos perdón. Muchas veces. Ella sonríe al fin. Todos tranquilos.
Las novatadas pueden afectar más de la cuenta, a veces la línea es muy fácil de traspasar.
Dos meses después nos hicimos amigas. Y trece años después ya se ríe de todo. En la vida todo es cuestión de tiempo.

Hay tradiciones que no deberían perderse, y hay días que no deberían olvidarse…

¡¡¡TO BREAK, BROKE, BROKEN!!!... los gritos no cesan, ¿y aún hay que llegar a TO WRITE!!!!?

 Cerraré la window…

10 de septiembre de 2011

Cualquier tiempo pasado, ¿fué mejor?

He estado con una amiga. Hemos compartido mesa y charla, y ha habido un momento en el que me ha confesado que cada día tiene más claro que ha nacido en la época equivocada. Yo siempre lo he creído, no de ella, sino de mí. Son conversaciones a las que llegas sin saber cómo, pero el vino te ayuda a llegar a rincones desconocidos de tu cabeza.
Ahora, al estar sola en casa, disfrutando de una taza de té, y con la única compañía de un silencio que a veces habla más de la cuenta, pienso en ello, y no puedo encontrar ésa época pasada a la que creo pertenecer, no hay un ayer que satisfaga mi deseo de viajar en el tiempo.
No me voy hasta las cavernas, que podría ser, ni tampoco a jalear a los gladiadores (a no ser que Russel fuera la estrella invitada, claro), la verdad es que no dejo de darle vueltas y no tengo ni la más remota idea de la época a la que me transportaría en caso de tener una máquina del tiempo en el salón de mi casa. Pues hay que asumir que aunque todos tengamos una personalidad y un carácter formado por el entorno en el que vivimos, hay algo que nos hace diferentes, un minúsculo detalle que nos convierte en personas conformistas o revolucionarias pasionales. Así que, cuando sigo perdida en mis pensamientos, me voy de paseo por otros Mundos (reales o no), y me imagino paseando luciendo una letra escarlata cosida en mi vestido con los hilos intransigentes del momento (¿quién me ha puesto en este escenario?). O puede que me convierta en la sombra de Manuela Malasaña… o simplemente me tocara ordenar el desorden en el estudio de Virginia Wolf (por dejar de lado el espíritu revolucionario de mis pensamientos). No lo tengo claro. Sabemos de épocas anteriores por lo que leemos, y gracias a los personajes famosos que alcanzaron la eternidad. Nada sé del hombre anónimo de antaño, así como sé que nada se sabrá de mí cuando haya desaparecido.
En ocasiones encontramos la tranquilidad al hablar de los tiempos pasados, pues creemos que fueron mejores, y llegamos a esta conclusión por lo que vemos a nuestro alrededor; por la falta de valores de la que tanto hablamos últimamente, y por la frivolidad egoísta que parece ser la última moda. Son las relaciones personales las que nos hacen querer salir corriendo, de nuestros hogares o de la era en la que vivimos. Parece que cada vez se respeta menos al prójimo, y pensar en uno mismo se está convirtiendo en una característica de la personalidad de los que paseamos por este recién estrenado siglo XXI. Puede que mañana, cuando alguien estudie los días en los que ahora vivimos, haga lo que hago yo, fijándose en personas destacadas de la Historia, en sus decisiones, en el entorno en el que vivieron, y descubran algo de mis años vividos que yo soy incapaz de ver ahora.
Puede que pensar en cualquier tiempo pasado, para encontrar la válvula de escape a este presente que nos ha tocado vivir, no sea más que una salida de emergencia virtual que creamos simplemente por nuestra incapacidad de valorar lo que tenemos hoy, disfrutar de nuestros días presentes e intentar vivir para recordar luego con una sonrisa.
Al final, por mucho que nos empeñemos en hacer de nuestra vida una aventura, tengo claro que no sólo contamos nosotros en nuestra propia historia, pues esta se escribe gracias a los que tenemos alrededor, todo influye en nuestras decisiones y en los caminos que tomamos. Si estuviéramos solos, estaríamos perdidos, pues hablar para escucharnos no nos permitiría ver más allá de nuestros ojos, necesitamos de alguien cerca de nosotros, necesitamos conocer a una persona egoísta para poder definir el egoísmo con certeza, necesitamos del cariño de otros para sentirnos queridos, necesitamos sentirnos importantes para alguien para así sentirnos útiles, necesitamos valores en los que creer para no perdernos en nuestro propio camino, necesitamos amar para descubrir lo grande que es nuestro corazón, necesitamos el abrazo de un ser querido para saber que no estamos solos…
Necesitamos ser consecuentes con las decisiones que tomamos…

A veces, mirando a nuestro alrededor, descubrimos una hipocresía que nos asusta, y en ocasiones intentamos tirar la toalla haciendo de la absurda moda del momento una rutina que ya vemos normal. De nosotros depende el mañana, cada uno de nosotros somos importantes, al margen de ser o no un nombre propio que se estudie en el futuro.

La cordura y la locura pueden ir de la mano (véase el nombre de este libro virtual en el que escribo), pero el secreto está en saber cuando debemos hacer uso de la una o la otra. No doy lecciones de nada, sólo pienso, escribo y comparto. Puede que más de la cuenta (por lo de pensar, digo), pero ayer, disfrutando de una copa de vino con una amiga, sentadas en una tranquila terraza, y compartiendo anécdotas entrañables, no pude sino preguntarme cuál era la razón por la que ambas quisiéramos vivir en un tiempo pasado… ¡lo teníamos todo!, la tranquilidad, la complicidad, el divertimento y hasta el vino… ¿qué faltaba entonces en nuestro presente para querer largarnos al pasado?... sigo sin saberlo. Aunque ahora, cuando mi silencio es el que habla, sólo se me ocurre que nuestra huída estuviera planeada por nuestra incapacidad de asumir que este tiempo en el que vivimos es el que nos ha tocado, y que si algo no nos gusta de nuestro entorno tenemos que intentar cambiarlo. No normalizarlo…

Llevo dos días sin subirme a un avión, puede que no sea bueno pasearse tan cerca de la realidad, pues desde allí arriba todo se ve diferente, todo se ve más pequeño, incluso los absurdos problemas que inventamos son tan diminutos que incluso desaparecen… puede que el secreto de estar allí arriba no sea otro que darnos otra perspectiva de las cosas.

Si cualquier tiempo pasado dicen que fue mejor, me esforzaré en vivir el presente, pues lo que hoy viva será el pasado de mi mañana…

Pensar no es bueno… no ayuda nada.