26 de diciembre de 2011

París en mi moleskine

En la Rue Lepic hay un café. Marta se sienta en él, pide una copa de vino, y observa los carteles que cuelgan de sus paredes. Sabe que Amelie nació allí, y no piensa en ella como en un personaje de ficción, simplemente imagina al creador de tan dulce mujercita sentado en el sitio en el que ella está sentada ahora. Quiere encontrar la inspiración para inventar también ella un nuevo personaje, o para al menos inventarse a ella misma una vez más. Saca de su bolso la moleskine recién regalada por una amiga, y acaricia sus virginales hojas durante un rato. Deja de escuchar las voces de la gente, la música, los coches e incluso el sonido del vino al caer sobre su copa. Decide entonces que lo intentará hacer bien, que esta vez hablará con el corazón, y que todo lo que cuente en este cuaderno será real. La realidad de su ilusión utópica: su realidad, al fin y al cabo.

París. Escribe. Levanta la mirada al cielo, ¡vamos allá!, suspira al aire. Y se inclina sobre el cuaderno sin levantar la mirada de sus letras. Luce el Sol cuando empieza. Brillará la Luna cuando termine. París es sin duda una historia infinita.

Marta nunca eligió París. Fue París quién siempre la eligió a ella. No camina nunca por sus calles, flota por ellas subida en su alfombra mágica. Pasea a orillas del Sena aunque el camino se haga más largo, pero al zambullirse en el agua, descubre los secretos y las penas lanzadas antaño en él por almas deseosas de verlas ahogarse con rapidez, ¡ay corazones rotos que siempre encuentran en el olvido la mejor de las respuestas! Observa la Catedral desde abajo, y mira al cielo imaginando las manos que la construyeron, siente envidia de las razones que movieron a aquéllos hombres a levantar un templo con la única ilusión de verlo terminado. Se pregunta cuántos secretos se guardarán entre los muros de Notre Dame, y cuántos pecados habrán sido tragados por las gárgolas, protectoras de las eternas amenazas de los que no ven más allá del cielo. Pasea jardines, acaricia flores, y a lo lejos ve como la Torre asoma y se esconde constantemente. Se pregunta cómo puede tanto hierro moverse con tanta facilidad. Sonríe al pensar en esto, y mientras se dirige hacia ella, elige el lugar en el que sueña ser otra persona. La librería que cubre sus paredes con libros manoseados y leídos por conocidos y desconocidos; y escucha en sus rincones el eco de voces que antaño crearon las letras que hoy decoran nuestras librerías. El tiempo corre, Marta quiere quedarse, pero quiere irse, quisiera estar en todos los rincones al mismo tiempo. Se despide con un hasta pronto, y sigue buscando el espíritu de las almas inmortales vagando por los suelos empedrados hasta llegar al café donde el calvados volvía locos a los que en realidad, nunca se sintieron cuerdos. Una gran dama luce un gran sombrero, un gran collar y un gran cigarrillo, observa a su alrededor sin mirar a nadie, y en su mirada nostálgica se presume el anhelo de un tiempo pasado. Un tiempo que para ella, seguramente fuera mejor.

Deja edificios, monumentos, puentes, puentes y más puentes, hasta pisar el suelo que sostiene la férrea Torre que todos buscan y a la que es imposible no saludar con una sonrisa. El Mundo desde allí, es sin duda diferente. La belleza está en lo alto, enfrente, detrás… desde allí, no se puede ni siquiera presumir un rincón vacío. Marta se pregunta si no será todo un escenario, y si no será ella el personaje de una obra que alguien escribió para ella, para ellos, para todos…
El Sena bajo sus pies, ya flota sobre él. Deja el Arco del Triunfo, el Obelisco regalado, hurtado o prestado, según quién cuente la historia, y dirige sus pasos hacia el lugar en el que ahora disfruta de su copa de vino, de su moleskine y de su propia historia.
La escalera del Sacre Coeur, está repleta de gente, personas que como Marta se sientan a observar, a sentir, a pensar, o a no pensar por fin, a soñar… y hay un instante, efímero pero real, en el que todas sus almas se conectan. Y entonces la Magia vuelve a recuperar su vida.
En Montmartre los artistas desconocidos observan a todos los que admiran sus cuadros, sentados en sus vetustos tronos envidiados, ven pasar a la gente que busca en sus pinturas el lugar soñado para decorar las paredes de sus hogares ¡Cuántas caras nuevas verán cada día!, se dice Marta asombrada, ¡cuántas historias que contar!... y desaparece por uno de los callejones dispuesta a despedirse del día sentada en uno de sus rincones favoritos. La ciudad está a sus pies, por un instante ha estado en lo más alto, y piensa que ahora es el momento de volver a la realidad…

Callejea como si en un laberinto estuviera, observa a muchos que arrastran los pies encaminándose a sus hogares después de un largo día de trabajo, intuye sonrisas en muchos rostros que, como ella, han dejado que sean sus imaginaciones las que los saquen a pasear, observa las buhardillas que empiezan a iluminarse, y se pregunta acerca de los que allí viven. Amantes eternos, artistas bohemios, desconocidos solitarios, sueños rotos, putas resignadas, árboles caídos, ilusionistas en paro, Juana de Arco… imagina si alguno de ellos también inventará una historia al verla a ella. Sin quererlo forma parte del escenario que alguien elige fotografiar, e imagina el revelado de aquélla foto, ¿quién será esta mujer?, se preguntará él. Y Marta, al escribir ahora acerca del fotógrafo desconocido, se pregunta ¿quién será este hombre? La vida no es tan diferente para unos y otros.

París es un buen lugar para empezar un capitulo. París es un buen lugar para vivir una historia. París es un buen lugar para decir adiós… La historia termina, la moleskine se cierra y Marta emprende su marcha. Desaparece al final de la calle, deseosa de descubrir nuevos rincones para volver mañana.

La felicidad a veces encuentra en la soledad su mejor definición.

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