6 de febrero de 2012

Ser tripulante, visitar USA y regresar con vida a casa.

En esta semana ha habido más de una persona (creo que han sido tres exactamente), que me han preguntado por qué razón no escribo con más asiduidad. Pues verán ustedes a veces trabajo, a veces descanso y en ocasiones incluso tengo vida personal, raro, lo sé. Pero lo que es, es. Y todo esto limita mucho mi tiempo de escritura. Pero yo siempre vuelvo, los que me conocéis lo sabéis y los que no pues ya lo aprenderéis…

En estos últimos días de tristeza contagiada he intentado hacer lo único que sé hacer: hablar y abrazar para animar, dar fuerzas para intentar convencer de algo en lo que creo firmemente: hay que mirar de frente a la vida, cara a cara, y no tener miedo a dar un paso más, sino seguir creyendo en nosotros sin dejar de hacer lo que nos gusta hacer. Y por eso estoy aquí, haciendo lo que me gusta hacer e inventando palabras para intentar regalar una sonrisa virtual, para intentar alejar a la tristeza de nuestros despertares. Todo pasa, todo, y mientras tanto nos hacemos personas…

He llegado de Estados Unidos, de USA para ser más exacta (es lo mismo, lo sé, ¿pero no queda mejor?), y durante el vuelo tuve un largo rato para escribir, no es que no cumpliera con mis obligaciones, un respeto por favor, simplemente aproveché el ratito en el que los pasajeros, léase pax, dormían para darle al papel y al boli. Y lo digo literalmente, pues en el día en el que partí rumbo al Nuevo Mundo estaba algo acelerada (no pregunten, no pregunten), y me olvidé el ordenador en mi casita. No tendría importancia este hecho sino fuera porque la consecuencia directa de esto es que ahora tengo delante de mí el folio escrito durante aquélla noche y cuya redacción estoy segura que no entendería ni el último Premio Nobel en Medicina…
Culparé a la inestabilidad de mi pulso allá arriba…

En más de una ocasión me han pedido que hable más de aviación y menos de gilipolleces (me rodeo de personas sinceras), pues aquí está Daniela para servirles a ustedes, a los pasajeros y a mi País, ¡Viva España, caramba! (¡maldito Jet Lag, abandona mi cuerpo!). Sigo leyendo el folio en cuestión y veo un párrafo en el que parece que mi letra sufrió un leve desmayo, pienso en las turbulencias, pero soy honesta conmigo misma: tengo un boñigo de letra que no descifrarían ni los más entendidos. Entendidos en caligrafía no en boñigos, está claro.

Si tengo que hablar de nuestro Mundo, y de algo ocurrido en mi último vuelo, imagino que lo único que a ustedes les puede interesar (¿por qué hablo hoy de usted?, ¿tanto me he distanciado de mis lectores?), pues no es otra cosa que la tranquila experiencia de volar como tripulante, viajar a USA y no morir en el intento. No ser ejecutado, vaya.

Tenemos visados especiales de Tripulantes (con mayúsculas porque me estoy viniendo arriba), previa cita en la Embajada (con mayúsculas porque sino recibo un toque de atención), entrevista, otra entrevista y después de hacerte quince fotos hasta que una de ellas sirva, conseguimos ser bienvenidos en los Estados Unidos de América (God bless us all!). Y así aterrizamos en suelo americano, con más papeles escritos, firmados, sellados y autorizados que en cualquier otro lugar del Planeta, con todo en regla y aún así sintiéndonos unos criminales sólo por la tierna mirada del Officer al que encomendamos nuestras almas nada más aterrizar. Prohibido abrir la puerta del avión hasta que nos autoricen a ello, prohibido hablar por el teléfono móvil en su presencia, prohibido mostrar en el pasaporte una foto con una sola oreja a la vista o con pendientes llamativos, prohibido sonreír, prohibido llorar. Allí, no hay excusas que valgan, básicamente a estas personas humanas les da bastante igual que seas hija del Presidente y que pertenezcas a la tribu gótica, dórica o corintia más de moda del momento. No sonrías y punto. Y por supuesto, la regla más importante: prohibido tener comida a bordo después de aterrizar, no, no consiste en zampar como bestias durante el descenso, si queda comida a bordo antes de aterrizar hay que tirarla y punto (una vergüenza, lo sé, pero vaya a ser que traigamos algún alimento “infectado” desde nuestro tercermundista country, estoy siendo irónica, of course). Todo a la basura. Y cuando digo todo: es todo. Porque puede ocurrir lo peor en caso de que algún alimento se quede bailoteando en algún rincón olvidado. A mí me pasó, otra vez soy protagonista de lo que escribo. Olvidé un limón en la nevera, me tocó el Officer más tocapelotas de todos los States, y volaba aquél día con un comandante que nos hacía cantar el himno americano mano en pecho nada más llegar a ese país. Y no estoy exagerando… era un motivado del american way of life…

Resumo, todo lo que pueda resumir aquélla experiencia con la única intención de ser leída y aprendida por aquéllos que vuelen a partir de hoy. Cualquier precaución es buena… y aquí llega mi historia: subió el Officer después de aterrizar aquélla noche, investigó mi galley (cocinita por si aún no lo he aclarado) y cuando ya mostraba yo mi sonrisa orgullosa de “no me vas a pillar”, ¡zas!, ahí estaba, observándonos desde un lejano rincón de la nevera, tembloroso diría yo, allí estaba aquél limón luciendo brillo y color como si acabara de ser arrancado del limonero. El Officer me miró de reojo, miró el limón, miró al Comandante que me miró a mí con cara de haba (ya que hablamos de comida), mientras el segundo le ponía caritas de play-boy de tres al cuarto a una azafata con uniforme y piernas inspirados en la ya comentada serie de Pan Am, que paseaba por la pista con la seguridad de ser la dueña del aeropuerto. Yo miré al limón con naturalidad, como si fuera lo más normal del Mundo entrar en los States con un limón procedente de Spain… ¡qué cosas tengo!
Después de este instante todo sucede muy rápido en mi memoria, pero en aquél momento fue leeento, muuuuy leeeento… el Officer miró a su colega que esperaba a pie de avión vigilando la entrada y salida al aparato, con un sutil gesto le indicó algo desconocido para nosotros, pero recuerdo pensar ¿cuarentena?, ¡no me jo…!, segundos después llega el colega en cuestión con una bolsita perfectamente organizada, perfectamente profesional y perfecta para hacer de extra en CSI, y saca una bolsa de dentro de la bolsa, y después una funda de dentro de esta segunda bolsa y por fin podemos ver el aparato en cuestión. Si hubiera sido una pregunta del Trivial diría que era una lupa, pero como no se me permitía ni hablar, ni sonreír, ni respirar, no dije ni mu. Miré y me callé. Y sí, el Comandante seguía ahí, hablando en un inglés rarísimo a mi enemigo, que lo ignoraba (o puede que no lo entendiera, no sé yo). Y con su extraño artilugio (¡era una lupa!) empezó a investigar toda la piel celulítica del limoncito indefenso, ¿qué buscaba?, ¡yo qué sé!, un misil Tomahawk quizás… nunca lo sabremos. Pero horas más tarde no consiguió encontrar nada. Y tres horas más tarde, por fín pudimos desembarcar, coger nuestro equipaje libre de sospechas, y pasar el control de pasaporte superando las preguntas de rigor, tales como ¿¿lleva usted más de 10,000 dólares encima??, pero ¿está de coña?, nunca he visto tantos billetes juntos… ¡uff! Empiezo a estar agotada. Sólo me quedaba resolver una cosa: la mala leche del Capi (nombre del Comandante cuando nos sentimos más enrollados), así que aún agotada y aburrida de tanta tontería me tocó seguir sonriendo, decir muchas chorradas, invitarle a tres copas y disculparme unas cuarenta veces hasta que logré que se sintiera el hombre más importante del planeta, aún después de quitarse los galones. ¡Prueba superada!, we love America!, Borned on the 4th of July!, ¿de qué leches estoy hablando?... ¿qué me pasa?

En fín, que me estoy enrollando mucho, y tengo que parar un poco, no sin antes hacer un estudio acerca de lo que puedo sacar en claro del escrito de hoy, imagino que en primer lugar me queda claro que los cuadernos Rubio con los que aprendí caligrafía tienen fecha de caducidad (caducidad por la letra, no por el cuaderno), y que si tengo que ir a Estados Unidos trabajando, mejor pasar antes por Mc Auto, y Mc Menú para todos, la fruta is not welcome

Os dejo. Prometo volver tan pronto como vuelva a pisar mi hogar, porque no, no vivo en el avión… aunque pase la mayor parte de mi vida perdida entre las nubes…


27 de enero de 2012

Spanair tiene nombre de Familia

Hoy es un día diferente. Hoy haré lo que nunca hago, y pondré nombre a lo que nunca nombro. Hoy Spanair es protagonista, no como empresa, sino como Alma de algo que pocos pueden entender. Hoy estas letras os las dedico a todos vosotros…
En este tiempo que a veces parece eterno y que otras parece efímero muchas personas me han preguntado si no echo de menos Spanair. Y mi respuesta siempre ha sido la misma: echo de menos a la gente que allí conocí.
Entré cuando aún era una niña, me despedí cuando aún soñaba con ser una mujer. Me sigo tambaleando entre ambas, nunca quise crecer aunque siempre quisiera hacerlo, mis paradojas y yo, ¡tremenda lucha! Pensamientos de esta loca dama cuerda que hoy escribe, con pocas ganas de sonreír, con pocas ganas de ironizar, con ninguna gana de contar anécdotas del recuerdo para que arranquen una sonrisa al que me lea…

Alguien me dijo en una ocasión que muy pocas personas tienen la suerte de formar su propia familia en el lugar de trabajo. No lo entendí en su momento, lo entiendo ahora. Entiendo que hay personitas que se cruzaron en mi camino, personitas que me ayudaron a madurar, a crecer y a ser mejor persona, personitas sin nombre ni apellido, cuyo único cometido era hacer que cada día contara, que cada día fuera importante, o al menos inolvidable. Y sinceramente, creo que casi todos esos días lo son. Así como lo son casi todas las personas con las que compartí viajes regalados, veladas infinitas e insomnios eternos.

Hoy no me pondré triste, aunque las cuentas, las pérdidas, los cierres y las malas noticias quieran desdibujar esta sonrisa eterna que la ilusión me ha regalado. Hoy me siento a escribir a todas y cada una de las personas que un día se cruzaron en mi camino, para decirles que por alguna razón siempre serán recordados, para demostrar que aquél lugar en el que crecí e intenté madurar tuve el privilegio de toparme con personas únicas, y siempre recordadas. Hoy, queridos amigos, me siento para que mis humildes dedos os hablen, para contaros que todos sois importantes, que todos habéis creado un lugar único, una familia indestructible, y para deciros algo que yo ya sé… nunca os olvidaréis, nunca dejaréis de existir en vuestra memoria, porque algo mágico se inventó en el momento en el que vuestro primer destino se escribió en vuestros meses programados, y ése algo nunca jamás será olvidado. Lo digo porque lo sé. Esto sí que lo sé.

Hoy es un día triste. Hoy empieza a escribirse la despedida. y si desde este rinconcito desde el que escribo algo puedo hacer, sólo os digo que las despedidas sólo son tristes cuando hay en ellas rabia, rencor o desconsuelo, y sé que en esta despedida sólo puede haber lágrimas de emoción contenida… seguiréis con vuestras vidas, muchos volaréis lejos de este lugar en el que parece que nadie quiere ya que sigamos viviendo, y empezaréis de cero. Pero si algo puedo recomendaros es que no intentéis empezar de cero olvidando el ayer. Pues si algo debe marchar con todos vosotros son las amistades a las que les dedicáis este hasta luego obligado, y sobretodo la sabiduría personal y profesional que tan dentro de vosotros lleváis. Esa sabiduría que se quedará con vosotros para siempre…

A todos os di las gracias en una ocasión. A todos os he seguido saludando desde la distancia. Y a todos os digo ahora que ahí afuera hay un Mundo Enorme que está ansioso de conocer a personitas como vosotros…
Desearos toda la suerte del Mundo sería desearos demasiado poco, así que sólo os pediré que nunca olvidéis este lugar en el que muchos habéis crecido, pues al margen de despachos, directivos más o menos competentes, accionistas, ganadores y perdedores, en Spanair hay algo que no he vuelto a ver nunca, y que creo que no volveré a ver en un tiempo eterno: grandes personas, grandes sueños y grandes ilusiones compartidas. Un cariño incondicional y verdadero.

De corazón os escribo, y de corazón me despido.
Hoy, cinco años después, aún os recuerdo  cada día… gracias por haber formado parte de nuestras vidas.
Os seguiré recordando, buscando y sé que seguiré encontrándome con vosotros. Y sé que será un feliz reencuentro.
Puede que hoy fuera un día perfecto para criticar y juzgar lo mal hecho, pero no hablaré de lo que no quiero hablar, no mancharé este lindo folio con palabras rabiosas, porque hoy lo importante son las personas que suspiran sus recuerdos recientes o lejanos en este precioso tiempo compartido...

Gracias por no dejar que los números y las ambiciones ajenas destruyan vuestra ilusión por seguir creciendo.

Hasta siempre, hasta luego…

7 de enero de 2012

Mujer, blanca, soltera y azafata

Me llamo Daniela desde hace trece meses. Rara forma de empezar, pero quiero empezar bien, y nada como la verdad para tener un buen comienzo. Lo que bien empieza…

¿Cómo explicarlo? Durante 35 años he sido Daniel. Y no por estar atrapada en un cuerpo equivocado, sino porque aquél 11 de Enero en el que mi padre fue a inscribirme al Registro, la funcionaria encargada de escribir mi nombre, debía andar algo escasa de letras (malos tiempos para la economía), y olvidó escribir la última vocal de mi nombre. Esta circunstancia, unida a la emoción de mi padre por la llegada de su primera niña (después de tres varones), fueron las razones por las que nadie se percató de mi  “doble personalidad” hasta pasadas unas semanas (sí, he dicho semanas). Así que después de este principio, cualquier cosa puede pasar… yo advierto.

El año pasado, días antes de mi cumpleaños, decidí que después de haber sido mitad mujer-mitad errata durante 35 años, ya había llegado el momento de definirme como lo que realmente era (¿definirme?): mujer. Y aunque podría haber elegido entre muchos nombres (¿Paz, Esperanza, Justa?), tenía claro que parte de mi personalidad se la debía a mi nombre erróneo, así que después de muchas noches de insomnio dándole vueltas al tema, había decidido quedarme con él para siempre, por lo que únicamente tendría que añadir la letra “a”. Y así nació Daniela. Complejo, lo sé.

Las fuerzas de la naturaleza (y de mi familia), parecían haber conspirado para que mi lado femenino jamás despertara. Crecí presentándome con nombre de chico, jugando al fútbol con mis hermanos, y heredando pantalones con rodilleras en lugar de vestidos de nido de abeja. No iba a ser fácil, no importa el nombre, sino la actitud: me gustan los tacones, llorar una vez al mes sin razón aparente, los bolsos, hablar de hombres, pintarme los labios, retocarme el pelo cada vez que paso por delante de un espejo, y cambiar de opinión más de cuatro veces en la misma hora…

Tras un comienzo como este, haré lo posible por mirar hacia adelante y no echar la vista atrás (¡corre Forrest, corre!, me jalean mis personalidades), y rescataré anécdotas del ayer para entender mejor el presente, pero sólo lo haré para encontrar la explicación al hoy, a este tiempo que es el que nos incumbe. Pues como buena sicóloga (que nunca ha ejercido), puedo llegar a encontrar la explicación a mis repentinas crisis actuales en mis años de infancia y/o juventud. Y en las escasas ocasiones en las que no he encontrado una respuesta convincente, ni sentada en el diván de Woody, entonces decido que la funcionaria del Registro es la culpable de mi inestabilidad emocional.  Asumo mis errores, pero no soy culpable de todos ellos… ¿o si?

Estudiar Psicología no fue por casualidad, básicamente era la facultad más cercana a mi casa, y yo tampoco presumía de estar ilusionada por nada en concreto. Ganó la pereza, perdió la vocación. Tremenda frase, tremenda batalla. Me matriculé, aprendí a jugar al mus, me gradué (con media de Notable, he de añadir), y por caprichos del destino, sin saber cómo, meses después estaba vestida con un uniforme, soplando por los tubos de inflado de un chaleco salvavidas en medio del pasillo de un avión. La aviación llegó a mi vida. Empecé a trabajar de azafata de vuelo, que bien escrito sería: empecé a trabajar  como tripulante de cabina de pasajeros (“poteito”, “potato”, leer tal cual). Aún me pregunto cómo llegué aquí… ¿cómo, Dios mío, cómo?...
Lo que sí que entendí a los dos meses de empezar mi nueva aventura, fue que en la vida NO todo pasa por algo, pues cuál fue mi sorpresa al descubrir que lo aprendido en las aulas durante cuatro años, de nada servía en el mundo real. Ni para  lidiar con los retrasos de los vuelos, ni con los pasajeros conflictivos (borrachos, drogados, acojonados, maleducados, famosos…), ni afrontar las huelgas de los colectivos, ni para culpar a las “causas ajenas a la compañía”, ni para convivir con desconocidos… y milagrosamente, catorce años después sigo aquí ¡¡Sigo aquí!! Misterio: sigo dibujando mi sonrisa cada vez que subo a un avión, paseando mis tacones por los aeropuertos de medio mundo, dando tranquilidad a pasajeros más o menos asustados, regalando caramelos a niños desconocidos, y disfrutando de un trabajo que se ha convertido en una forma de vida. Viviendo los martes como domingos, comiendo las uvas en fin de año con personas sin apellido, y empezando una nueva vida el día uno de cada mes.

Soy una mujer soltera por convicción, sin hijos ni ganas de tenerlos; la vida son opciones, y esta es otra opción. La mía. Voy a las bodas y bautizos, llego, felicito, beso, regalo y huyo sin opinar. Son opciones: las otras. Y hablaré de esto, ¡tengo que hablar de esto!, y de lo que pasa a mí alrededor, ya sea en mi mundo real o en mis viajes regalados; y descubriré, para sorpresa de no muchos, que todo lo que pasa aquí, pasa también allí, aunque las explicaciones tengan otro acento. Mientras tanto, diré que Madrid es el rincón desde el que me inspiro, aunque las letras estén escritas desde cualquier otro lugar, desde cualquier café, desde el sitio en el que soñé estar algún día. Y sí, los sueños se cumplen, pero antes hay que tenerlos…

Hoy comeré salchichas, y no lo digo por alimentar el mito azafata-piloto, sino porque estoy en Alemania… los mitos nacen, crecen en bocas chismosas y cohabitan entre nosotros…
Llevo catorce años en este mundo. Sobran las explicaciones. De momento.

(Sonrisa y guiño de ojo.)

Azafata y soltera: la Leyenda de ser una Priviliegiada

Los solteros no tenemos problemas, y las azafatas vivimos fenomenal. No podemos (¿debemos?) quejarnos.

Esta frase no es mía, esta es la frase de todos (o casi). Aquellos que viven en el único mundo que parece ser el real, compartiendo sus vidas con familias a las que no quieren como el primer día, los que no duermen por culpa de niños insomnes en la habitación de al lado, los que no encuentran un hueco para acostarse con sus parejas (let’s talk about sex, babe!), todos los que trabajan en una oficina, levantándose temprano para llegar tarde, todos los que desearían escapar dos días de sus realidades, sólo para respirar.

La soltería es una elección (con L de Libertad), una elección que paradójicamente puede ser voluntaria o no. Y lo digo con conocimiento de causa, pues llevo vinculada a este estado mucho tiempo, y sé que de haber querido, podría estar ahora hablando de mi maridito y de mis niños. Y diré algo que a lo mejor os duele: las parejas no sólo existen por amor, sino también por resignación. Es duro, lo sé. Puede que yo amara en el pasado, creo que sí, pero no fue suficiente, pero sé que la resignación llamó a mi puerta en un par de ocasiones, y yo nunca abrí. No estaba arreglada para la ocasión. Siempre creí que algo mejor llegaría, y no es por creer en los cuentos de princesas, sino porque lo que tenía me parecía mejorable. Y punto.

Llevo días metida en conversaciones (no siempre voluntariamente), en las que se habla de las relaciones, pero también se habla de mí, por ser lo opuesto a sus vidas, soy alguien que no se puede quejar de nada porque lo tengo todo… ¡a la mierda! Pues se equivocan, que asumamos la soltería y convivamos con ella ilusionadas no significa que no sintamos, tengamos problemas o lloremos en silencio de vez en cuando. Pero mejor vivir con esta actitud optimista (MI actitud), que sentarnos cada tarde a beber ginebra, para emborrachar los recuerdos, con la única ilusión de pasar la resaca pensando en lo que podría haber sido…
Ser consecuente: esta es la respuesta a muchas preguntas no formuladas. Una amiga mía a veces habla de los casados que quieren ser solteros, y le robo esta frase para explicar lo que quiero decir, somos muchos los solteros que elegimos este estado pues el miedo a la soledad no es tan grande como para vivir la vida que “se espera” que vivamos, mientras seguimos actuando como si esta no existiera…

El trabajo de azafata no me llegó gracias a un cupón premiado (¿o si?). Lo elegí yo, y por eso lo disfruto. Si me comparo con lo malo siempre seré una privilegiada, pero también tengo que aguantar mucha gilipollez en mi día a día, mucho insulto de desconocidos, vuelos eternos despierta, peticiones absurdas que debo cumplir, y tengo que irme cuando lo único que quiero es quedarme. No, no todo es bueno, ¿lo es algo en la vida? El privilegio de mi trabajo es una cuestión de actitud, no creo tener el derecho de quejarme porque me gusta mi trabajo, me gusta salir y entrar (¿qué frase es esta?), despertar sin horarios establecidos, alejarme de rutinas, y discutir cada día en los controles de seguridad del aeropuerto…
Soy una privilegiada, porque me da la gana a mí. No porque me lo digan los demás. Y si centro mis problemas en no poder comprarme unos zapatos porque no tienen mi número, es mi problema, el que a mí me afecta, aunque no haya hijos, maridos, colegios y bancos de por medio…

No saldré a la ventana a gritar ¡soy feliz! porque tengo vecinos, y pueden tomarme como algo que no soy…
Cuando dices que eres soltera, que no estás separada, que no tienes hijos, muchos miran a lo alto de la cabeza con disimulo, no sé si buscarán antenas verdes o cornamenta regalada, yo de antenas poco, pero de cornamenta… ¡voy sobrada!, algunos intuyen que la rara soy yo, pues sí, puede ser… ¿por qué llevarles la contraria?

Me gusta la soltería, me gusta mi soltería, es el estado en el que me siento más a gusto ahora mismo, aunque a veces anhele las maripositas de colores… me gusta ser azafata, me gusta mi trabajo, porque además de cobrar (dinero, se entiende) y volar todos los meses, tenemos la suerte de lucir un uniforme que lo único que hace es protegernos. Protegernos del mal ajeno, y proteger nuestras emociones de los dardos disparados desde nuestro entorno…

Sé mucho de niños, del primer diente, de los pañales, de colegios, de maridos, de mujeres, de hipotecas compartidas, de separaciones, de menús escolares, de uniformes de colegio, de despertadores rutinarios, de obligaciones y derechos de la familia… sé mucho (pero no todo), porque me interesa la vida de la gente que quiero, e intento entender el por qué de sus quebraderos de cabeza. Me esfuerzo por entenderlos a ellos, y por entender la escala de valores de sus vidas… ¿por qué es tan difícil que nuestra escala de valores sea malinterpretada?, la frivolidad no es cosa de solteros, ni las azafatas somos frívolas… ¡caramba!, es que yo también… se lo pongo a huevo a mi entorno para que crean lo que no es… Mujer blanca soltera y azafata… es el primer artículo de estos que comparto con vosotros, allí encontraréis más respuestas. O no. Yo que sé.


¡Malditos cuentos de princesas!, y yo que me subí a un avión para ponérselo difícil al príncipe y a su caballo blanco… lo sé, puede que la complicada sea yo, ¿para qué creéis que escribo entonces si no es para buscar respuestas?

¿Empiezo a pensar que puede que las preguntas sean inadecuadas?...

6 de enero de 2012

Somos azafatas, ¿estamos de moda?

¡Estoy aquí! Sé que llevo un tiempo con este rincón abandonado, pero como no quiero inventar excusas diré lo que digo siempre: lo siento, he estado volando sin parar.

Sé que la vida es caprichosa, casi tanto como lo es el destino, ¿será que tienen mucho en común vida y destino? Comentaba yo el otro día con unas amigas el estreno de una nueva serie de televisión (no digo el nombre porque la serie es americana y miedo tengo a ser demandada por cualquier palabra mal dicha, sólo diré que empieza por PAN y acaba por AM, no digo más). Se cuentan en esta telenovela (llamemos a las cosas por su nombre) historias acerca de la vida de las azafatas, o sea de nuestra vida. Puede que no tenga mucha semejanza con la realidad de hoy día, pues está ambientada algunas décadas atrás en el tiempo (y en el espacio...), no, algunas no habíamos nacido aún. Y evidentemente poco tiene que ver con la vida que hoy día vivimos on board (¡ay!, estas coletillas tan nuestras…).

Pero por llevar la contraria al resto de mi grupo de amigas, diré que tampoco difiere tanto de la realidad, todo es según de los puntos de vista que tengamos. Algo tiene esta profesión en la que la nostalgia de tiempos pasados siempre está presente en nuestras conversaciones, y soñamos sin querer queriendo (¡tremendo juego de palabras!) con lo que nos gustaría que volviera a ser...
Nos vamos a poner de moda, dije yo con la chulería que mi ciudad me otorga, y no me equivoqué...

No sé si las modelos se enfundarán en uniformes en la próxima semana de la moda que se aventure a experimentar, ni tampoco creo que a estas alturas nos ganemos el respeto de aquéllos que nunca nos respetaron... Pero lo cierto es que en tiempos como éste, en los que todos necesitamos dejar volar (que apropiado) nuestra imaginación, algunas nos miramos de reojo y nos sentimos estrellas por un instante. Me pregunto si los que nos miran harán lo que yo hago cuando miro a mi alrededor, si imaginarán cómo es mi vida. No lo sé, pero lo que tengo claro es que al menos una de esas personas anónimas que nos observa sin disimulo desearía estar metida en nuestros uniformes, despegar de su rutina y volar hacia cualquier destino que le haga imaginar una vida soñada. Esa vida que creen que tenemos gracias a lo que de nosotras cuentan series como ésta de la que hablo...

No pretendo creerme la estrella de la fiesta, pero no nos engañemos, muchos intentamos (me incluyo) encontrar nuestra historia en las vidas ajenas, inventadas o no... Pues si hay que sincerarse confesaré que yo  me imaginé ebria bailando dentro de la Fontana de Trevi (véase mi sueño en la Dolce Vita), y también viajé a Africa para empezar una nueva vida (Memorias de Africa), y no hablo de Pretty Woman porque es complicado de explicar... Las historias se inventan para hacernos soñar con otras vidas, y desde Café, Té o yo, hay un antes y un después en nuestras profesiones.

Esta es la razón por la que creo que debemos creer que somos importantes; por el simple hecho de que hay personas que sueñan con llevar la vida que creen que llevamos (repito: que creen que llevamos), o simplemente porque alguien ha encontrado algo interesante en este mundo para ser contado... Por el simple hecho de lucir un uniforme, entrar en los hoteles como si fueran nuestros, pasear por el pasillo de un avión con seguridad y perdernos por los aeropuertos aún pareciendo que son nuestra segunda casa...
Puede que la ficción nos haya presentado un mundo que ahora parece irreal... Pero no nos engañemos, es un mundo que existió, y no hace tanto de ello, y quiero creer que algo debe de quedar de aquéllos días de glamour y encanto.
A veces creer mucho en algo hace que se haga realidad…

Somos lo que mostramos, así que sigamos mostrando al mundo la esencia de este Universo en el que vivimos, aunque siempre hablemos de él con nostalgia...