7 de enero de 2012

Azafata y soltera: la Leyenda de ser una Priviliegiada

Los solteros no tenemos problemas, y las azafatas vivimos fenomenal. No podemos (¿debemos?) quejarnos.

Esta frase no es mía, esta es la frase de todos (o casi). Aquellos que viven en el único mundo que parece ser el real, compartiendo sus vidas con familias a las que no quieren como el primer día, los que no duermen por culpa de niños insomnes en la habitación de al lado, los que no encuentran un hueco para acostarse con sus parejas (let’s talk about sex, babe!), todos los que trabajan en una oficina, levantándose temprano para llegar tarde, todos los que desearían escapar dos días de sus realidades, sólo para respirar.

La soltería es una elección (con L de Libertad), una elección que paradójicamente puede ser voluntaria o no. Y lo digo con conocimiento de causa, pues llevo vinculada a este estado mucho tiempo, y sé que de haber querido, podría estar ahora hablando de mi maridito y de mis niños. Y diré algo que a lo mejor os duele: las parejas no sólo existen por amor, sino también por resignación. Es duro, lo sé. Puede que yo amara en el pasado, creo que sí, pero no fue suficiente, pero sé que la resignación llamó a mi puerta en un par de ocasiones, y yo nunca abrí. No estaba arreglada para la ocasión. Siempre creí que algo mejor llegaría, y no es por creer en los cuentos de princesas, sino porque lo que tenía me parecía mejorable. Y punto.

Llevo días metida en conversaciones (no siempre voluntariamente), en las que se habla de las relaciones, pero también se habla de mí, por ser lo opuesto a sus vidas, soy alguien que no se puede quejar de nada porque lo tengo todo… ¡a la mierda! Pues se equivocan, que asumamos la soltería y convivamos con ella ilusionadas no significa que no sintamos, tengamos problemas o lloremos en silencio de vez en cuando. Pero mejor vivir con esta actitud optimista (MI actitud), que sentarnos cada tarde a beber ginebra, para emborrachar los recuerdos, con la única ilusión de pasar la resaca pensando en lo que podría haber sido…
Ser consecuente: esta es la respuesta a muchas preguntas no formuladas. Una amiga mía a veces habla de los casados que quieren ser solteros, y le robo esta frase para explicar lo que quiero decir, somos muchos los solteros que elegimos este estado pues el miedo a la soledad no es tan grande como para vivir la vida que “se espera” que vivamos, mientras seguimos actuando como si esta no existiera…

El trabajo de azafata no me llegó gracias a un cupón premiado (¿o si?). Lo elegí yo, y por eso lo disfruto. Si me comparo con lo malo siempre seré una privilegiada, pero también tengo que aguantar mucha gilipollez en mi día a día, mucho insulto de desconocidos, vuelos eternos despierta, peticiones absurdas que debo cumplir, y tengo que irme cuando lo único que quiero es quedarme. No, no todo es bueno, ¿lo es algo en la vida? El privilegio de mi trabajo es una cuestión de actitud, no creo tener el derecho de quejarme porque me gusta mi trabajo, me gusta salir y entrar (¿qué frase es esta?), despertar sin horarios establecidos, alejarme de rutinas, y discutir cada día en los controles de seguridad del aeropuerto…
Soy una privilegiada, porque me da la gana a mí. No porque me lo digan los demás. Y si centro mis problemas en no poder comprarme unos zapatos porque no tienen mi número, es mi problema, el que a mí me afecta, aunque no haya hijos, maridos, colegios y bancos de por medio…

No saldré a la ventana a gritar ¡soy feliz! porque tengo vecinos, y pueden tomarme como algo que no soy…
Cuando dices que eres soltera, que no estás separada, que no tienes hijos, muchos miran a lo alto de la cabeza con disimulo, no sé si buscarán antenas verdes o cornamenta regalada, yo de antenas poco, pero de cornamenta… ¡voy sobrada!, algunos intuyen que la rara soy yo, pues sí, puede ser… ¿por qué llevarles la contraria?

Me gusta la soltería, me gusta mi soltería, es el estado en el que me siento más a gusto ahora mismo, aunque a veces anhele las maripositas de colores… me gusta ser azafata, me gusta mi trabajo, porque además de cobrar (dinero, se entiende) y volar todos los meses, tenemos la suerte de lucir un uniforme que lo único que hace es protegernos. Protegernos del mal ajeno, y proteger nuestras emociones de los dardos disparados desde nuestro entorno…

Sé mucho de niños, del primer diente, de los pañales, de colegios, de maridos, de mujeres, de hipotecas compartidas, de separaciones, de menús escolares, de uniformes de colegio, de despertadores rutinarios, de obligaciones y derechos de la familia… sé mucho (pero no todo), porque me interesa la vida de la gente que quiero, e intento entender el por qué de sus quebraderos de cabeza. Me esfuerzo por entenderlos a ellos, y por entender la escala de valores de sus vidas… ¿por qué es tan difícil que nuestra escala de valores sea malinterpretada?, la frivolidad no es cosa de solteros, ni las azafatas somos frívolas… ¡caramba!, es que yo también… se lo pongo a huevo a mi entorno para que crean lo que no es… Mujer blanca soltera y azafata… es el primer artículo de estos que comparto con vosotros, allí encontraréis más respuestas. O no. Yo que sé.


¡Malditos cuentos de princesas!, y yo que me subí a un avión para ponérselo difícil al príncipe y a su caballo blanco… lo sé, puede que la complicada sea yo, ¿para qué creéis que escribo entonces si no es para buscar respuestas?

¿Empiezo a pensar que puede que las preguntas sean inadecuadas?...

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