7 de enero de 2012

Mujer, blanca, soltera y azafata

Me llamo Daniela desde hace trece meses. Rara forma de empezar, pero quiero empezar bien, y nada como la verdad para tener un buen comienzo. Lo que bien empieza…

¿Cómo explicarlo? Durante 35 años he sido Daniel. Y no por estar atrapada en un cuerpo equivocado, sino porque aquél 11 de Enero en el que mi padre fue a inscribirme al Registro, la funcionaria encargada de escribir mi nombre, debía andar algo escasa de letras (malos tiempos para la economía), y olvidó escribir la última vocal de mi nombre. Esta circunstancia, unida a la emoción de mi padre por la llegada de su primera niña (después de tres varones), fueron las razones por las que nadie se percató de mi  “doble personalidad” hasta pasadas unas semanas (sí, he dicho semanas). Así que después de este principio, cualquier cosa puede pasar… yo advierto.

El año pasado, días antes de mi cumpleaños, decidí que después de haber sido mitad mujer-mitad errata durante 35 años, ya había llegado el momento de definirme como lo que realmente era (¿definirme?): mujer. Y aunque podría haber elegido entre muchos nombres (¿Paz, Esperanza, Justa?), tenía claro que parte de mi personalidad se la debía a mi nombre erróneo, así que después de muchas noches de insomnio dándole vueltas al tema, había decidido quedarme con él para siempre, por lo que únicamente tendría que añadir la letra “a”. Y así nació Daniela. Complejo, lo sé.

Las fuerzas de la naturaleza (y de mi familia), parecían haber conspirado para que mi lado femenino jamás despertara. Crecí presentándome con nombre de chico, jugando al fútbol con mis hermanos, y heredando pantalones con rodilleras en lugar de vestidos de nido de abeja. No iba a ser fácil, no importa el nombre, sino la actitud: me gustan los tacones, llorar una vez al mes sin razón aparente, los bolsos, hablar de hombres, pintarme los labios, retocarme el pelo cada vez que paso por delante de un espejo, y cambiar de opinión más de cuatro veces en la misma hora…

Tras un comienzo como este, haré lo posible por mirar hacia adelante y no echar la vista atrás (¡corre Forrest, corre!, me jalean mis personalidades), y rescataré anécdotas del ayer para entender mejor el presente, pero sólo lo haré para encontrar la explicación al hoy, a este tiempo que es el que nos incumbe. Pues como buena sicóloga (que nunca ha ejercido), puedo llegar a encontrar la explicación a mis repentinas crisis actuales en mis años de infancia y/o juventud. Y en las escasas ocasiones en las que no he encontrado una respuesta convincente, ni sentada en el diván de Woody, entonces decido que la funcionaria del Registro es la culpable de mi inestabilidad emocional.  Asumo mis errores, pero no soy culpable de todos ellos… ¿o si?

Estudiar Psicología no fue por casualidad, básicamente era la facultad más cercana a mi casa, y yo tampoco presumía de estar ilusionada por nada en concreto. Ganó la pereza, perdió la vocación. Tremenda frase, tremenda batalla. Me matriculé, aprendí a jugar al mus, me gradué (con media de Notable, he de añadir), y por caprichos del destino, sin saber cómo, meses después estaba vestida con un uniforme, soplando por los tubos de inflado de un chaleco salvavidas en medio del pasillo de un avión. La aviación llegó a mi vida. Empecé a trabajar de azafata de vuelo, que bien escrito sería: empecé a trabajar  como tripulante de cabina de pasajeros (“poteito”, “potato”, leer tal cual). Aún me pregunto cómo llegué aquí… ¿cómo, Dios mío, cómo?...
Lo que sí que entendí a los dos meses de empezar mi nueva aventura, fue que en la vida NO todo pasa por algo, pues cuál fue mi sorpresa al descubrir que lo aprendido en las aulas durante cuatro años, de nada servía en el mundo real. Ni para  lidiar con los retrasos de los vuelos, ni con los pasajeros conflictivos (borrachos, drogados, acojonados, maleducados, famosos…), ni afrontar las huelgas de los colectivos, ni para culpar a las “causas ajenas a la compañía”, ni para convivir con desconocidos… y milagrosamente, catorce años después sigo aquí ¡¡Sigo aquí!! Misterio: sigo dibujando mi sonrisa cada vez que subo a un avión, paseando mis tacones por los aeropuertos de medio mundo, dando tranquilidad a pasajeros más o menos asustados, regalando caramelos a niños desconocidos, y disfrutando de un trabajo que se ha convertido en una forma de vida. Viviendo los martes como domingos, comiendo las uvas en fin de año con personas sin apellido, y empezando una nueva vida el día uno de cada mes.

Soy una mujer soltera por convicción, sin hijos ni ganas de tenerlos; la vida son opciones, y esta es otra opción. La mía. Voy a las bodas y bautizos, llego, felicito, beso, regalo y huyo sin opinar. Son opciones: las otras. Y hablaré de esto, ¡tengo que hablar de esto!, y de lo que pasa a mí alrededor, ya sea en mi mundo real o en mis viajes regalados; y descubriré, para sorpresa de no muchos, que todo lo que pasa aquí, pasa también allí, aunque las explicaciones tengan otro acento. Mientras tanto, diré que Madrid es el rincón desde el que me inspiro, aunque las letras estén escritas desde cualquier otro lugar, desde cualquier café, desde el sitio en el que soñé estar algún día. Y sí, los sueños se cumplen, pero antes hay que tenerlos…

Hoy comeré salchichas, y no lo digo por alimentar el mito azafata-piloto, sino porque estoy en Alemania… los mitos nacen, crecen en bocas chismosas y cohabitan entre nosotros…
Llevo catorce años en este mundo. Sobran las explicaciones. De momento.

(Sonrisa y guiño de ojo.)

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