24 de julio de 2014

Los vuelos perdidos


Hace más de dos años que no paso por aquí. Y hoy, caprichos del destino, decido volver.

Empecé a escribir en este blog alentada por algunos amigos y compañeros, con la única intención de meter al lector en mi maleta de azafata, TCP para los entendidos, y contar todo lo que nos pasa en el día a día.  Por suerte, normalmente casi todo lo que se cuenta es divertido, y mucho, anécdotas que no crees reales hasta que te toca vivirlas. Pero por desgracia, no siempre sonríes cuando te pasas la vida viajando por este mundo nuestro…

El otro día alguien me preguntó acerca de todos los comentarios de Spanair que había en una red social en la que estoy, y yo contesté con seguridad y orgullo, porque yo volé en Spanair, y él, no contento con mi respuesta me replicó ya, ya, pero esa compañía cerró, ¿no? Y entonces dejé de hablar. No me enfadé, ni mucho menos, simplemente entendí que hay cosas que sólo se entienden cuando las vives en primera persona. Con mayor o menor intensidad, pero vivencias que sólo tú conoces al fin y al cabo.

Spanair fue una experiencia, un primer trabajo, un me voy de casa, un primer encuentro con futuros amigos del alma, una familia, una emoción, un hacerse mayor por cojones, un sentimiento de tener miedo por primera vez, y respeto, y… y una lista infinita, me temo.

Volar no es un trabajo, es una forma de vida. Elegimos enfundarnos en un uniforme para pasear por el mundo, para conocer a personas tan diferentes como iguales a nosotros, y en nuestra aventura muchos compartimos la experiencia de empezar a descubrir quiénes somos realmente.

Hoy me siento triste. Tristeza por las últimas noticias. Tristeza por haber elegido esta fecha del calendario para volver. Pero creo que se lo debo a ellos. A todos. A los que están y a los que no. Les debo mi capacidad de emocionarme, de añorar y de indignarme. Porque cuando ocurren accidentes, cuando se pierden almas por el camino, entonces te descubres vagabundeando por tu memoria, encontrando esos ratos compartidos, y no puedes evitar sonreír. Y piensas ¡joder, qué suerte!, yo estuve allí. En ese día, en ese vuelo… sí, yo estuve allí.

Soy hija de piloto. Piloto de los antiguos, que no viejos, de los que han perdido a casi todos los compañeros de su promoción por el camino. Y desde hace mucho he escuchado la tristeza en sus palabras cuando algún accidente fatídico se ha llevado a algún compañero para siempre. Ahora lo entiendo. Comprendo su aparente tranquilidad, su resignación y su aceptación. Entiendo que él sabía que esta vida que elegimos tiene sus riesgos, y que vivir a veces es apostar con el destino. Y que el destino a veces gana. Me apena mucho que ocurran catástrofes como las que están ocurriendo, me apena poner cara, nombre y voz a aquellos que han desaparecido, pero de repente un instante de lucidez me visita, y me digo que no pasa nada. Que es la vida. Y que somos privilegiados si nos marchamos de este mundo haciendo lo que más nos gusta hacer.

A veces tengo miedo. Y confieso, algo que nunca he hecho, que cada vez que el avión toma tierra hay un instante en el que me pregunto si será hoy. Pero una voz secreta me habla antes de que el miedo se apodere de mí, y me dice que no, hoy no será… y sonrío, y pienso ¡joder! Soy una privilegiada, veo el Mundo desde allí, desde aquí, paseo, me pierdo, hablo, callo, floto, me aterro, disfruto… soy una privilegiada, porque no todos pueden vivir la vida con la misma intensidad. Porque no todos tuvieron la suerte de vivir lo que yo he vivido. Y seguiré viviendo. Aunque Spanair ya no exista, porque aquella vida fue una de las más importantes de las muchas vidas que he vivido.

Y sí, soy una privilegiada, porque no conozco a muchos que, fuera de esta vida nuestra, hablen con la emoción con la que hablamos los que caminamos en el aire. Es magia. Ni más, ni menos.

Espero que el periodismo no escriba con tinta amarilla ahora, que no se busquen culpables, que no se castigue a los que no pueden defenderse. Al menos esperen, esperen un instante, porque al final la verdad siempre sale a la luz, y hay daños que son muy difíciles de reparar. 

Gracias a todos. A los que seguís cerca, aunque a kilómetros de distancia de este país que os dejó marchar, y a los que estáis lejos, muy lejos, allí dónde un avión nunca nos podrá llevar. De momento. Gracias por todo lo aprendido.
Eternamente agradecida.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por todo. Eres un gran recuerdo.

Anónimo dijo...

Precioso Laura... gracias por esa reflexión y por esos bonitos recuerdos de nuestra Spanair. TCP San José

Anónimo dijo...

Yo te guardo mucho cariño.
Tú me enaeñaste a volar. Recuerdo la admiración con la que te miraba con mis 22 años y pensaba "que tía más lista que se sabe donde va todo el material de emergencia, como se usa, todos estos procedimientos de emergencias..." Luego yo también aprendí y cuando en algún vuelo hablaban de instructores, yo decía contentísima "la mía fue Laura Rinon, una alta muy mona" y siempre respondían "ah Laurita!" o "la Riñón, que bien!"
Y recuerdo al sabiondo de Gabi comentar lo buena que estabas 😉. Recuerdo tus palabras "que no estás en un bar con una copita en Málaga" cuando yo no era capaz de lanzar la ventana de overwings en la visita al md. Recuerdo los "from lost to the river" tu historia de las ganaderas... Y ya no digo más que parezco una friki fan! Un beso!

Laura Riñón Sirera dijo...

Gracias a vosotros... no habría sido la misma vida sin vuestra aportación.